jueves, 27 de agosto de 2009

Lo dicho de la Luna y Marte...


¡ A ver quién tiene narices de verla esta noche del mismo tamaño!

Pues como esto... la red está llena de bulos.

domingo, 23 de agosto de 2009

Vuelvo a sonreír (Cuento)


Aquí, en confianza, he de confesar que me encuentro preocupado. Una sensación extraña se está apoderando de mi diestra mano. Intento escribir y no hay señales de melancolía, desesperación, desamor. Los temas principales de mis relatos más populares y aclamados me han abandonado. Parezco, incluso, una persona mejor, más recomendable, menos misteriosa. Siento miedo de esta evolución y de las consecuencias que pueda tener en mi prolífica vida de trovador de mis desdichas, mis lamentos y mis preocupaciones.
El descubrimiento de esta nueva etapa se produjo a la medianoche, aunque quiero recordar que no brillaba la luna llena. Retornaba a mi domicilio conduciendo ese coche reflejo de mi estado de ánimo, repleto de polvo, telarañas y secretos. Me detuve en el semáforo que a cualquier hora del día se encuentra en violento rojo. Al otro lado del cristal, el conductor del vehículo contiguo me miraba desafiantemente, ardiendo en deseos de realizar una carrera clandestina y que su muerte pareciera un terrible e involuntario accidente. Otra noche hubiera sido capaz de entrar en su juego, pues existen momentos en los que no aprecias la vida y sólo deseas experimentar sensaciones que te la arrebaten. Pero esa noche era especial. Algo estaba creciendo dentro de mí...
El retrovisor me advirtió de la llegada de otro automóvil y de la presencia de una honesta, auténtica sonrisa. La canción de fondo, como casi siempre, trataba sobre qué iba a hacer el cantante sin su amada, lo mucho que iba a llorar y demás propaganda anti-romántica. Por una vez, sentí lástima por él y por lo mucho que estaba sufriendo. Esa sonrisa debía tener otro motivo...

Y lo tuvo…
No sé porque intuí que quería algo de mi o tal vez ella, la propietaria de esa hermosa sonrisa, adivinó la carrera de pique que estaba a punto de iniciarse y que debía hacer algo para impedirla. Puse mi intermitente a la derecha y me adelantó a la velocidad mínima a la que me podía rebasar, y me dije; -la he perdido.

A unos quinientos metros entró en una gasolinera y me pensé que si algo debía de pasar esa era mi oportunidad y que posiblemente no habría otra. Paré en paralelo y bajé del vehículo al mismo tiempo que mi vista escudriñaba el lugar buscando un cruce de miradas. En un momento dado siempre hay un cruce de miradas o de palabras o un “¿tomamos un café?”
Y reconforta ese cruce de miradas en el que reconoces que ese ser humano tiene algo que compartes, aunque no sabes todavía qué.
Desconcierta el descubrirlo, el que te empiecen a contar y que esa persona se convierta por unos momentos en un espejo tuyo.
Y uno se siente bien, con mucho removiéndose en su interior; ha estado con una desconocida con la que ha compartido lo indecible, y cuando vuelve a casa, piensa “no estamos tan solos”. Aunque rara vez he tenido la suerte de aquel día, pero de vez en cuando sucede, y sigue sorprendiéndome.
Retrocediendo por los acontecimientos de los últimos días es fácil adivinar y asegurar quién es la culpable de esa y tantas otras sonrisas, felicidades y confidencias.
Gracias por haber aparecido en mi vida en este preciso instante de desequilibrio y soledad. Tengo una cuenta pendiente contigo: hacerte tan feliz como tú me haces a mí cuando te observo con ese hermoso cabello rojo, cuando escucho tus batallitas de universidad, cuando me acaricias la mano sin pedir nada a cambio. Recuerdo ahora todos esos momentos y sonrío. No me equivocaba, eras tú la culpable.

viernes, 21 de agosto de 2009

A mi lectora anónima (y II)


¡¡¡ JOOOOEEERRRRR!!!

Está bien bien, te lo has ganado, tendrás tu relato de sentimiento o tal vez, si se tercia, tu relato sensual o erótico, te lo prometo.

Tus deseos son ordenes para mi que con sumo placer trataré de complacer.

Tú te lo mereces por lo que estoy seguro que eres, una mujer llena de sensibilidad por la que ardo en deseos de conocer.

lunes, 3 de agosto de 2009

No me resigno a nada

Llega un momento de la vida que todos caminamos por una cuerda floja con la posibilidad de caer de un lado o del otro.
A un lado se encuentra la
resignación y al otro la madurez. La diferencia entre ambas es tan sutil que no pocas veces, ante los demás -¡Horror!- nuestra resignación puede parecer una virtud.

Es lógico: El resignado ya no se queja tanto. Apenas si se siente. El maduro tampoco, pero por razones diferentes:

El resignado deja de intentar porque igual para qué, si va a fallar de nuevo. La persona madura deja de intentar porque se da cuenta que no hay nada que intentar: Este instante ya es perfecto. O mejor aún, no intenta, hace.

El resignado deja de hacer planes por miedo a que fallen. La persona madura deja de hacer planes, porque acepta el misterio, el abismo. O mejor aún, hace planes pero se ríe cuando estos fracasan, y sigue con su camino.

El resignado se deja llevar por las circunstancias porque se siente como "un juguete del destino", la persona madura se deja llevar por las circunstancias porque comprende que sólo es una gota en un océano.

Hoy paseaba tranquilamente, cuando ví en el suelo una pieza de puzzle. Era medio azul medio blanca, estaba rota y pisoteada. Supongo que nadie se había percatado de su existencia. Al fín y al cabo ahora era sólo eso, una simple pieza de puzzle, rota , sucia e inútil.

Me puse a pensar que parte del puzle representaría. ¿Sería parte de un mar grandioso? ¿O sería parte de una nube en un cielo hermoso? Quizás ese cielo o ese mar formáse parte de una obra de arte o de un edificio famoso. Hay muchos puzles sobre esos temas. ¿Y cuántas piezas tendría el puzzle, ¿1000? ¿2000? ¿3000? ¿Más?

Nunca me han gustado los puzles.

Quizás alguien, en alguna parte de esta ciudad había dedicado horas, días… incluso meses hasta completar el puzzle (el cuadro, el edificio, el mar o las nubes).

Y esta pieza, la que ahora era una simple pieza de puzle, rota, sucia e inútil, en su momento encajó perfectamente en su lugar. Y todas juntas, cada una de ellas en el lugar correcto, había logrado el milagro.

Muchas piezas inútiles que al encajar perfectamente habían formado un conjunto para satisfacción del coleccionista.

- Y ahora..¡Mírate!, le dije a la pieza.

-Que eres?… nada.

-Sin ellas, sin todas las piezas que forman el puzle, no eres nada.

-Una simple pieza, rota, pisoteada e inútil.

Y la tiré en la primera papelera que encontré. Unos metros más allá, una sonrisa cruzó mi cara de oreja a oreja. Me volví. La recogí de la papelera, y dije en voz baja.

- Una simple pieza que ha jodido un puzle entero.

La felicidad es no necesitarla, ser necesarios a otros y aprender que no es sino la necesidad de salir de uno mismo.

En los últimos días he escuchado a personas queridas tristes frases, como “ya no valgo para nada” o “nadie me necesita”. La edad, la enfermedad, la soledad,… conducen a tan errónea conclusión. Hemos de ayudar a superar esa desolada percepción a quienes la padecen.

Todo ser humano es preciso y precioso. A quienes creen que ya no valen, pidámosles que sean valerosos en el declinar, valientes con la mente, acreditando el espíritu de antaño, sin resignarse jamás a perder su infinito valor como personas. Un ejemplo estrenuo y épico sólo se puede ofrecer desde la más frágil debilidad. El coraje se demuestra superando el miedo a lo cercano e inevitable.

Siempre y todos somos útiles, en cualquier de las etapas o dificultades para las que habrá de transitar nuestra vida. Incluso desde la máxima dependencia, o desde la impotencia de una agonía, servimos y serviremos. Al menos, para demostrar a los demás que ellos también se ensombrecerán, se deprimirán, menguarán en sus capacidades, envejecerán, enfermarán, sufrirán,…

En el peor de los casos, todos valemos para “necesitar a otros”, para hacerles sentirse imprescindibles al acudir en nuestro auxilio. Así ellos llegarán a aprender ¡cómo se ama a las personas que realmente nos necesitan y para quienes somos indispensables!