lunes, 21 de febrero de 2011

Leche y galletas


Dos galletas, un vaso de leche bien caliente y de fondo Miguel Ríos con su “Encadenados”. A estas altas horas de la madrugada no toca, pero aquí estoy, bien pasadas las tres y me queda. Desvelado, enciendo un cigarrillo mientras que la música que tengo en el grupo de ASV hace su cambio aleatorio y me suena la extraordinaria voz de Diana Navarro con su “Sola”
Hoy lunes tampoco tocaba pero tocó. Cené con dos muy queridas amigas del grupo en un restaurante, aquí en L´Eliana. Había ganas de hablar y lo hicimos compartiendo unas lonchas de jamón y unas cortadas de queso con pan tostado y tomate. Estaba todo bueno, pero casi no me di cuenta porque la grata compañía lo eclipsaba todo. Que agradable es compartir unas cañas y una buena charla con unas amigas como estas, con unas mujeres con el alma tan grande que desbordan humanidad por todos sus poros. Pero siempre te falta alguien que hubieras deseado que estuviera también, pero todo no se puede tener en esta vida. Amemos esas pequeñas cosas del momento, son siempre las que cuentan lo demás es baladí.
¡Sonrío y pienso!
¿Un pequeño gran placer?
La cena me ha dejado pensando y hace rato que estoy buscando mis pequeños grandes placeres, porque hay algo que tengo claro: las pequeñas cosas provocan las mejores sonrisas.
Y de golpe, sólo por el hecho de escribir unas frases parecidas he recordado pequeños grandes placeres:
- La hoguera de San Juan en aquella playa desconocida, donde no he vuelto nunca porque nunca la he vuelto a encontrar. La fotografía mental del fuego, el mar, la arena y la compañía fue magnífica, brutal.
- Una cena cualquiera, improvisado, en cualquier bar, pero en compañía excelente, como la de hoy.
- Los ratos en que respiro solo, tomando el sol, en la azotea. Paredes y columnas blancas, cielo azul, tierra grana. Voces, azoteas antiguos, árboles y jardines escondidos, el mar en el horizonte, las montañas cerrando el horizonte de atrás.
- El agua corriente por encima de un día de resaca.
- Descargar la clásica de vive sin tenerlo del todo planeado.
- Patinar a favor del viento y cerca del mar.
- Soñar despierto arriba de la cima.

Tropezar, inesperadamente, con la vida!

Pequeños grandes placeres que me van creando y formando, haciéndome una persona feliz y que sabe aprovechar los momentos, que sabe que mañana quizás ya no habrá nada, por eso, hoy, aquel árbol con hojas verdes es tan especial. 

viernes, 18 de febrero de 2011

El último tango en París

La protagonista femenina de la película que provocó colas kilométricas en La Junquera y en los accesos a Perpiñán ha muerto a la edad de 58 años, víctima de un cáncer. A finales del franquismo, este film prohibido en España originó peregrinaciones masivas cerca de la frontera, que esperaban ver al otro lado lo que se les ocultaba de puertas adentro. El fenómeno tuvo una repercusión tan masiva que incluso La Trinca le dedicó una canción, cambiando la famosa escena de la mantequilla por otra con margarina.

Es lógico que, en aquel momento, en una situación en la que las imágenes habituales del país eran las mantillas y las condecoraciones, la exhibición de los cuerpos de los protagonistas y las relaciones sexuales más o menos explícitas representaran un cebo muy poderoso para atraer a los supervivientes de la dictadura hacia los cines de Perpiñán. El filme de Bertolucci, que contiene una rica y extensa lectura de la psicología y las relaciones humanas que, pasados los años y curados de espantos, destaca por encima de los encantos de la Schneider. El sexo, tal como lo vive la pareja protagonista no se presenta como un instrumento para el disfrute, ya no hablo de ternura, si no como un medio de dominación del profesor experimentado sobre la alumna dulce y ávida de conocimientos.

Ciertamente es una relación consentida y no una violación, pero el fogoso encuentro íntimo en el marco de un vínculo un poco forzado de los personajes entre un maduro Brando y una cándida Schneider (él con cuarenta y cinco años y ella con veinte) tiene más de bálsamo de una frustración que de instrumento de placer. Son dos corazones solitarios que no quieren saber nada el uno del otro y la suma de dos soledades no da nunca como resultado una pareja si no una soledad compartida. El mismo escenario de sus encuentros, un piso sin muebles de París nos expone con más desnudez que la de los cuerpos, el vacío de los personajes, la deriva de unas historias vitales frustradas que inútilmente quieren enderezar con el sexo. No le fueron bien las cosas a María Schneider tras el filme, marcada para siempre por el lubricante alimentario. Ahora se ha marcado su último tango, un vis a vis indeseable pero inevitable con una bailaora que, cuando entra en la pista, no admite la calabaza por respuesta.

martes, 15 de febrero de 2011

Líneas cardinales

¿Sabes? Hoy he vuelto al cruce, esa intersección de carreteras donde te conocí. No había vuelto... Iba con miedo, pero no esperaba de ninguna manera que la hubieran cambiado totalmente. Sí, la furia constructora lo ha transformado en otra rotonda, una más de tantas que han ido surgiendo como setas monstruosas en las carreteras secundarias y circunvalaciones. De acuerdo, quizá tengan razón: reducen la velocidad, la siniestralidad ... Te pueden gustar más o menos, con sus islas centrales con imitaciones más o menos exitosas de jardines, paisajes rurales o forestales ... o decoradas con obras de pretendido arte. Ahora se ha extendido la plaga de las macro esculturas de hierro oxidado que parecen una lúgubre imitación de la chatarra en que se convierten los coches al chocar entre ellos.

Afortunadamente, esta rotonda aún está inacabada. La redonda central es virgen, poblada con tierra desnuda en la que aún apenas ha arraigado ningún matorral. De todas formas, ha desaparecido, claro está, esa aguda linealidad del antiguo cruce que formaba cuatro precisos ángulos rectos. Ni siquiera es fácil adivinar las rectas absolutamente definidas que antes desembocaban. Ahora, los cuatro caminos trazan sinuosos rodeos para confluir suavemente en la rotonda. Es como si una mano falsamente compasiva hubiera querido borrar la antigua mano que diseñó una intersección  perfecta donde se cruzaban con una limpieza implacable el norte, el sur, el este y el oeste. No he podido evitar sospechar que lo han hecho por ti, como cruel, absurdo, inútil homenaje.
Tú venías del sur, yo iba. Aquella mano que había señalado la intersección sobre el mapa había señalado también nuestro destino. Tu, mi, el de ambos. Involuntariamente, claro, él, el ingeniero, el arquitecto, lo que fuera que dibujó sobre un frío mapa aquella exacta y precisa intersección de los puntos cardinales, no podía imaginar entonces que también estaba diseñando la intersección de vidas que ya no podrían separarse nunca más.

Quizás ahora lo sabe, quizás tiene noticias. Noticias vagas y remotas, como los dioses deben tener de los pequeños personajes de los mundos que han creado. Quizás se cree hasta ligeramente culpable, pero él no es el culpable, está claro.

Para de hablar. Se levanta. Debe irse ya, sabe que los familiares de ella están a punto de llegar. Deposita un beso en ese frente frío, por encima de los ojos que se cerraron tres años atrás, aquellos ojos que los suyos no han visto nunca y que nunca han visto a los suyos, salvo en aquel momento, ese frenético instante que no ha podido olvidar ya, en que uno y otro se miraron horrorizados sabiendo que iban a estrellarse.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Como un reloj


Tengo una teoría que expongo, convencido, a quien quiera escucharla:
Un viaje es como un reloj: tiene cuatro cuartos .
El primero es la preparación: elegir un destino, informarse, contratar servicios, preparar el equipaje. El segundo implica desplazarse y visitar el destino elegido. El tercer transcurre mientras se reparten entre los afortunados de aquí los objetos adquiridos allí y se comparten fotos, videos, anécdotas. El cuarto, consistente en recordar, se alarga hasta que suena la nueva campanada de salida.

Tengo unos amigos que de vuelta a casa, ya consideran un éxito total su viaje a Japón.
Los dos primeros cuartos han consumado; satisfechos de las experiencias vividas, alegres por las perspectivas, empiezan a disfrutar de la segunda mitad de la esfera.
Han capturado imágenes de todo tipo y han traído un surtido de katanas de diferentes medidas del que se sienten orgullosos. No son vulgares souvenirs . El vendedor avaló la calidad del acero y la tradición de los diseños: "trabajo de expertos", les aseguró.

Mientras él descarga la memoria de la cámara al ordenador, ella desenvuelve las compras con cuidado, depositándolas sobre la cama. Las hojas lucen bajo la luz, los mangos destacan sobre la colcha. ¡Qué alegría de verlas!
La más grande y más cara, es para el hijo. No regatear mucho con esta pieza, que tiene un tsuka (Alicia apuntó cuidadosamente el nombre original del mango en su bloc de notas) de roble con Ito de seda y same de piel de tiburón. ¡Quedará preciosa, una vez colgada!
Para los amigos compraron unas más pequeñas, con bases de madera rústica como complemento a la gallardía de la hoja y la gracia del afilado kissaki 
Contemplandolas, tiene una idea: ¡pueden formar las letras del país de origen, con las katanas !
Llama a Santi, le explica, las pone y se sale: él inmortaliza la original creación. Inspirado, propone imprimir copias y entregarlas con los regalos. Alicia, orgullosa de sus apuntes, añade la posibilidad de escribir, al dorso de la imagen, el nombre de las partes principales con la traducción correspondiente.
Él va a comprobar cómo está de tinta la impresora. Ella extrae de la funda, una saya de magnolia lacada, la katana elegida para su casa. Feliz, acaricia el acero.

Santi no oye el grito.
Cuando ella entra en el despachito, lo encuentra absorto ante la pantalla. No le sale la voz, así que lo sacude. Él experimenta un susto al verla tan alterada. Se da cuenta de que tiembla. Le hace preguntas que no obtienen respuesta. Alicia, boqueanda, señala con el índice convulso unas letras grabadas sobre la hoja curvada. Aturdido, temeroso, lee:
Made in Albacete-Spain .
Ambos sienten que, repentinamente, el tiempo se ha detenido.


jueves, 3 de febrero de 2011

El vaivén

He aquí el vaivén de un pañuelo blanco intentando acertar con la máxima puntería el corazón del viajero para que éste se acuerde de las personas que sostienen este tejido impoluto. A menudo nos olvidamos del significado que contienen los símbolos, lo que las personas que los sostienen nos quieren decir con estos, tal vez es debido a nuestro egoísmo que sólo nos permite interpretar aquellos símbolos sostenidos por nosotros mismos, pero no los que nos muestran desde el exterior. Al fin y al cabo, los símbolos no serían símbolos si no fuera por los hechos que intrínsecamente conllevan.

Y entre los hechos sucedidos en una serie de paradas y de transbordos por diferentes estaciones de tren, una chica muy graciosa, sentada en el espacio destinado para las maletas (donde figura: «Baggage>>) al inicio del vagón, busca la mirada de un chico, también adolescente, sentado en el mismo compartimento. Él se acerca a ella, la observa y la saluda con la mano, y a continuación rehúye indiferente su mirada descarada de interés, pero sólo por poco tiempo. Él para flirtear le prepara una astuta jugada: pasa por delante y se escapa en el espacio diminuto que queda en medio de dos vagones unidos, ocupado por un lavabo y un pequeño pasillo que permite el acceso al siguiente compartimento. Ambos quedan sólo separados por una espesa capa de acero y una puerta de vidrio automática situada en medio de esta, de forma que sólo se pueden ver si uno de los dos asoma por el espacio transparente de la puerta, pero en ningún caso pueden sentirse. La estrategia del chico da frutos, porque con esta situación aumenta aún más el interés de la chica hacia él, si ésta no era ya entonces suficiente, escondiéndose detrás de la pared opaca del vagón. Vagamente, ella hace abrir la puerta con el botón situado al borde de su hombro, y mira incrédula si su amado se ha escapado irremediablemente por las entrañas del tren o, tal como descubre inmediatamente, permanece al otro lado de la pared. Buscando la mirada que soluciona su duda, y en un primer momento, se asusta al encontrarla, cruzándose la mirada al mismo tiempo, la rehúye como si se tratara de un impulso extremadamente primario, para volver a su posición inicial. Pero poco después, una vez asimilada la situación, vuelve a repetir la acción, sin poder controlar el instinto animal, al menos, hasta la tercera vez. A partir de esta, adjunta al contacto visual el contacto físico dándole pequeñas patadas cariñosas a su pie apoyado en la pared. Entonces él, decidido, la coge a ella por el brazo y la tira hacia donde se encuentra con fuerza, cerrando al mismo instante la puerta automática que separa mi vagón y hasta entonces, el de la chica, al pequeño espacio entre vagones , llevándosela a su guarida.

Él empieza la conversación, y ella responde a su pregunta gesticulando con fuerza, exagerada, en un momento dado se golpea incluso con la puerta automática, y parece que ella le explica de forma divertida un hecho sucedido con anterioridad:
 "Y él se encontraba sentado sobre la mesa, en un momento dado se desprendió de la camisa y luego me desprendí la mía con la máxima rapidez que pude ", ella se agacha y continúa diciendo:" entonces le abrí la cremallera del pantalón y se la cogí con fuerza, tirándole hacia mí” ayudándose moviendo el brazo derecho de arriba abajo para explicarle, y continuó:"y entonces empecé a … con toda la fuerza que pude" y movía la cabeza adelante y hacia atrás, excitada, y siguió realizando este movimiento hasta cinco veces, hasta que empezó a mover la cabeza diagonalmente y diciendo con la boca increíblemente abierta: "y no acertaba con el objetivo, porque él se movía muy deprisa ..., y todo fue muy rápido"  En ese momento se aparta dando un salto hacia atrás "y no pude evitar  ese chorro de vida",  reía divertida. Él la miraba atentamente, con los ojos bien abiertos, sin entender porque le contaba esto pero parecía agradecido por la narración, y me pareció que incluso estaba más excitado que ella, llegados a este punto.

Desgraciadamente, no pude entretenerme más en aquel acontecimiento que podía observar desde mi asiento, porque el tren paró y ellos bajaron en esa estación, y aunque ella parecía dudosa de hacerlo, él cogiéndola de nuevo por el brazo tal y como había hecho anteriormente, la impulsó hacia el exterior, y comenzaron a correr por el andén buscando un rincón que les permitiera huir del interés ajeno, por desgracia mía.

Sentado en mí asiento reía y los demás pasajeros me miraban y vete a saber que debían pensar, pero me divertí durante demasiado tiempo con la situación que se había dado en ese tren, porque no me di cuenta de que aquella estación correspondía a la que yo, y quizás no los dos jóvenes, tenía que bajar. Así fue como tuve que recorrer nuevamente el mismo trayecto, pero esta vez en sentido contrario, realizando un viaje más largo de lo que realmente me era necesario y no sólo un viaje de una sola ida, para poder llegar finalmente a mi destino.