viernes, 13 de febrero de 2015

Blanco


Es la luz, la pureza, la divinidad, la virginidad, la delicadeza, el amor, la pulcritud,  el alma, el bienestar, la brillantez, la clara del huevo, las paredes de los hospitales, el color neutro por excelencia que liga con todos los otros, el interior de los ataúdes, las margaritas, los lirios, la paloma de la paz, los vestidos de comunión, los de boda, las hojas de papel...
Todo es blanco pero también todo es negro porque no existe uno sin el otro, son la media naranja tan deseada, el complemento perfecto, el amor hacia el odio, la vida y la muerte, la felicidad y la tristeza, el lápiz que tacha las hojas inmaculadas, el bien y el mal, el cielo y el infierno, los ángeles y los demonios...

Blanco y negro, uno y el otro, llenan nuestras vidas, nuestros hogares, nuestros sentimientos, nuestros hechos cotidianos, nuestras alegrías y nuestras penas... La vida, la muerte, blanco, negro, creación, devastación, evolución, involución... son los antónimos perfectos, el toro y el torero, el fuego y el agua, el hombre y la mujer, el aprecio y el odio, los llantos y las risas, el hilo y la aguja, la televisión y la radio, la venganza y el perdón, deseados, inseparables, unidos por el destino, la existencia de uno depende del otro, pareja eterna pero distante, siempre enfrentados siguiendo su propio camino, un camino que inevitablemente los llevará a reencontrarse en algún paraje lejano... ¡Quién sabe!

Décadas

Todavía recuerdo el día que hice los veinte años. Todo un hombre, pensaba entonces, todo un mundo para conquistar.
Más diez: treinta.
Diez más, y lo único que había conquistado habían sido los cuarenta... Más tarde los cincuenta, y en un golpe conseguía el hito de los sesenta, la revisión vital me enseña la puta verdad: nada de nada.
Me doy cuenta que mi existencia se ha dividido en decenios: los primeros diez años de mi vida –como los de cualquier ser humano - fueron, desde el punto de vista vital, estériles, años de formación de mi yo, supongo. Los años del segundo intervalo, estúpidos, días de arrogancia y autodestrucción. El tercer decenio, en cambio, juventud. De los treinta a los cuarenta, años de lucha, de materialización de proyectos que, durante la quinta decena, empezaron a mostrarse reales, perdiendo, poco a poco, la pátina ideal con la que habían sido gestados: años de decepción que, con la constatación de la inutilidad de los esfuerzos empleados, se alargaron hasta los sesenta. Después me hicieron creer que durante mis sesenta viviría una segunda juventud, pues vale… en ello estoy.