-¿Pero qué ves en mi?, ¿Por qué te gusto tanto que siento que con tu mirada escarbas en mi interior y en el exterior me desnudas poco a poco? Siento como con suavidad y encanto vas desprendiéndome de cada pieza que cubre mi cuerpo y no hago nada para impedirlo.
Esto me lo decía ella mientras, sentados, degustábamos un café en la terraza de un bar y dialogábamos amigablemente y sin prejuicios, algo que a estas edades nuestras uno debería de haberse desprendido ya por completo.
La pregunta me sorprendió, no por lo inusual, pues a lo largo de mi trayectoria amorosa no era la primera vez que me la hacían, ni tampoco por lo incierta, pues era verdad que me la comía con la mirada, más bien porque no lo esperaba de ella, por su manera de ser… por su discreción… por su sana timidez.
¿Por qué me gustaba aquella mujer? ¿Qué tenía de especial que otras no tuvieran? No lo sé, la verdad es que nunca lo tenemos claro, te gusta y punto. Dicen de la química, puede ser, pero la química se dice cuando los dos se atraen, y este no era mi caso, yo no la atraía a ella o por lo menos, no lo suficiente, yo solo era su amigo, que ya es mucho para empezar, por eso decidí emplear el viejo sistema de la seducción y el primer paso ya estaba dado, había conseguido llamar su atención.
La cafetería era muy amplia y nosotras estábamos sentados en un extremo de ella, prácticamente solos. La mesa no era demasiado grande pero tenía un mantel de esos que llegan casi hasta el suelo que de momento para mí no significaba nada.
Las palabras que mi querida amiga me dijo, la pregunta, él como lo dijo, y lo mejor… el porqué lo diría, hizo que mi hombría, por debajo de la mesa, empezara a dilatarse hasta el extremo de casi dolerme… no podía más, había que hacer algo o saltaría por encima de la mesa y montaría un escándalo en aquella apacible cafetería que Ralph Fiennes y Kristin Scott Thomas en El Paciente inglés se quedarían a la altura de mis zapatos en aquel encuentro que sostienen encerrados en un comedor mientras se celebraba una fiesta. Vaya pedazo de escena que interpretan y que yo estaba a punto de realizar…
Un golpe en el talón de mi zapato fue suficiente para que mi pie derecho quedara al desnudo y listo para provocar una situación embarazosa, o tal vez valiente y deseada por los dos en ese momento. Había que intentarlo pues la sangre me hervía de tal manera que la sudaba por todo mi cuerpo. Estiré la pierna, extendí el empeine y mentalmente, este se convirtió en la prolongación de mi mano o tal vez de… También estaba en mi mente, no os quepa duda.
Mis cinco dedos del pie adquirieron tal sensibilidad que hubieran sido capaces de leer el Quijote en Braille en pocos minutos. Hay que tener en cuenta que cuando los ciegos leen en Braille, no se detienen para contar los puntos, sino que deslizan rápidamente los dedos renglón por renglón.
Yo leía… interpretaba renglón a renglón sin detenerme en puntos pero con una lentitud que hasta el más diminuto bello no lo pasaba por alto mientras exploraba el interior de sus nalgas. Ella empezó a deslizarse unos centímetros hacia fuera de su silla, su mirada clavada en la mía… sin pronunciar palabra, mientras su piernas habrían el ángulo de apertura.. No hacía calor, pero sudábamos los dos como botijos colgados al sol.
Mi pie se deslizaba con más suavidad en dirección al objetivo final por el sudor… o eso pensaba yo hasta que me di cuenta que no era tal lo que daba suavidad a mi deslizamiento y fue entonces cuando, sin mediar palabra, pero diciéndonos todo con la mirada, nos levantamos de los asientos y fuimos directo a los servicios. Recuerdo vagamente la expresión de unas mujeres sentadas unos metros más allá de nosotros, cuando pasé por su lado. ¡No quiero ni pensar el tipo de espectáculo que protagonice en ese momento!… no quiero.
Entró en el servicio de mujeres (¡error!), dio un vistazo, sacó la cabeza por la puerta y me dijo que entrara, con gesto de que no perdiera el tiempo… ¡Para perder el tiempo estaba yo!
Nos metimos en uno de esos pequeños habitáculos existentes donde los dos juntos parecíamos participes del Camarote de los Hermanos Marx. Es complicado hacer el amor en un lugar tan estrecho, me recordaba mis días en un Seat 600, pero tiene un morbo descomunal. El deseo explícito, el momento no previsto y el furtivismo, que de alguna manera estábamos practicando… todo eso puesto en una coctelera y bien batido, se convierte en un coctel… pero Molotov.
No quiero describir algo que todos y todas debéis suponer como evolucionó y como acabó, es casi indescriptible, pero os puedo asegurar que fue divertido, sensual, erótico, satisfactorio y sobre todo en plena armonía y de pleno acuerdo. ¿Puede haber algo mejor?
Solo quiero contaros una pequeña anécdota que ocurrió mientras hacíamos el amor y que ahora reímos cuando lo recordamos. En pleno éxtasis sexual, en plena conexión orgásmica, en pleno dúo musical de suspiros y lamentos… oímos una voz de mujer en el exterior que decía:
- Por favor… ¿aquí donde se coge número?