viernes, 28 de octubre de 2011

Secretos



De vez en cuando, recuerdo escenas concretas de mi infancia con detalles que las dotan de un relieve chocante.
Es una actividad que me puedo permitir en cualquier momento, en cualquier lugar: sólo necesito un poco de quietud física, un mínimo de silencio a mi alrededor, y esta memoria mía, que cada vez más a menudo olvida el presente y las cosas necesarias de cada día, pone en funcionamiento sus ruedas y me transporta al pasado, sin billete ni equipaje.
Así puedo evocar, como si fuera ahora, esa sensación de hormigueo en el estómago y de ardor en las mejillas que me asaltaba en medio de las reuniones familiares que, cíclicas y previsibles, se me hacían interminables…
Yo tenía, desde que los padres me notificaban la proximidad de la visita, una meta personal, un objetivo secreto. Sólo de pensar que iba a estar allí ya ardía, se me aceleraba la respiración, el corazón me latía escandalosamente y notaba que me aparecían dos lunas rojas en la cara.
Temiendo que todo el mundo había descubierto al instante mis intenciones, y que alguno de los presentes encontraría la manera de impedírmelo si no actuaba con rapidez, me deslizaba discretamente de la sala donde los demás charlaban, para evitar la posibilidad de una prohibición adulta. A menudo los mayores nos vedaban los placeres infantiles, a partir de una extraña intuición de nuestras preferencias y de ¡incomprensibles razonamientos!
Caminaba despacio, sin correr ni hacer ruido, deleitándome de antemano con el momento del encuentro , suspirando cuando vislumbraba por fin su silueta quieta esperándome, paciente, en el despacho. Al llegar, repetía una, diez, veinte veces su nombre, paladeando cada sílaba, imaginando todas las variantes posibles de la palabra: sé, se concreto, se-cre-ter, se concreto, SSSS...
Después me aproximaba con cuidado, sin precipitar el momento del primer contacto, de acariciarlo suavemente con las yemas de los dedos, siguiendo su figura, derrapando en las curvas, parándome en las aristas a la inglesa, percibiendo la textura satinada de la madera. Me miraba, dudaba, escogía, me echaba atrás, volvía a elegir... finalmente, me decidía a abrir lo que sería el primer cofre del tesoro del día.
Sabía, por exploraciones anteriores, que en el cajón superior derecho encontraría plumas antiguas, portaplumas y plumillas, en el fondo, un tintero de tinta negra de China y otro con líquido azul de algún país desconocido, que yo suponía peligroso simplemente por la escasa cantidad de líquido que observaba. Y a la izquierda, tarjetas de visita, tarjetones antiguos y esquelas.
Me constaba que en los intermedios había sobres de diferentes tamaños, grosores, estilos... y papeles de carta con texturas deliciosas, unos satinados, otros rugosos, de pergamino.
En una cajita guardaban los secantes para estrenar y al lado, unos cuantos ya usados, con restos de palabras y letras que sólo se podían leer utilizando un espejo: ¡auténtica magia!
Más abajo había dos cajones más profundos: uno de ellos estaba rebosante de facturas, pedidos y listados de mercancías misteriosas, indescifrables para mi edad y conocimiento del mundo. El otro derramaba cartas escritas en diferentes momentos por diversas manos que habían pasado horas y horas haciendo ejercicios de caligrafía.
En un cajón que se abría tirando de una anilla, removía fotografías de color sepia con los bordes dentados y retratos sobre cartón grueso, enmarcados con líneas negras, de personas que ya no existían.
Y en uno que sólo se abría cuando se estiraba desde debajo de una plataforma deslizante, se encontraba un paquete de sobres atados con un lazo de seda brillante bajo el que reposaba un pétalo amarillento, como una princesa esperando el beso que la despertaría del sueño de años y años.
Sabía también que en alguno de los inferiores se podía encontrar una inmensa colección de botones: nunca entendí qué hacían allí, en aquel secreter masculino, serio y eficiente, un poco huraño. Tan coloreados y juguetones como eran, me parecía que el lugar más adecuado para ellos habría sido el costurero, que era otro de los destinos, algo menos apreciado, en mis viajes mínimos pero fantásticos por el piso viejo, laberíntico y sorprendente de los abuelos paternos

martes, 25 de octubre de 2011

Definitivamente... sé lo que quiero



Aprendo a estar solo,
me estoy haciendo amigo de mi soledad espiritual,
de mi propia emoción.
Me estoy reconciliando con ella,
no quiero sufrir, quiero elegir.
Quiero sumergirme en mi interior,
observarme, crecer.
Quiero asumir lo que siento,
no quiero guardarlo, no quiero recóndito del mismo.
Quiero despertar las sensaciones, inquietudes.
Quiero conocer sin filtros lo que soy
y encontrarme individualmente.
No quiero sentirme rechazado por la desconfianza,
ni exagerar un error,
no quiero el perfeccionismo,
quiero aprender a equivocarme,
defiendo mis valores.
No quiero que me erosione la incredulidad,
quiero ser escuchado con una mirada.
Quiero escucharme a mí mismo sin interferencias.
Quiero que el sol me mire, que la lluvia repose sobre mí,
que la brisa se
​​insinue.
Quiero estar presente en cada sonido del silencio,
seguimos siendo viajeros;
el mundo gira vertiginosamente.
No tengo tomado por aprendido, por conocer, lo que no sé,
quiero volver a decir "explicamos un secreto",
para descubrir los puntos suspensivos de cada línea,
de cada disparo.
Quiero aprender a no tener miedo.
Quiero luchar por mis sueños,
entre un latido y otro hay un largo camino.
No quiero acostumbrarme a la dureza del corazón,
no quiero acostumbrarme a sentir dolor;
no importa de donde seas, allá dónde vayas,
hay que vivir el galimatías del hoy sin temor.
Quiero engendrar belleza a mí alrededor.
Quiero vencer los pensamientos negativos.
Quiero sembrar una semilla de la serenidad.
Quiero ser un barco y dominar el temporal.
Quiero ser una luz para quien anda a la sombra
de una ignorancia.
Quiero ser una sonrisa llena de romanticismo
Quiero ser el aliento de la palabra por quien se siente vencido.
Quiero ser una danza encantadora, indefinible
Quiero... Quiero... Quiero...
Me beberé los océanos,
sostendré el peso de una lágrima.
Seré un conjunto de notas.
Seré una progresión armónica.
dibujaré el pentagrama de mi vida
seré la clave de fa, haré silencios
y mis sentimientos marcarán el ritmo.
Y conseguiré jugueteando suavemente con la soledad
que sea un bálsamo para mi cerebro
y como diría Gandhi:
mis sueños no son bagatelas al aire.

sábado, 22 de octubre de 2011

Paso a paso



El tren ralentiza la marcha. Con pocos minutos de retraso sobre el horario previsto, el convoy zurce el paisaje de las afueras de Valencia. Los carrizales dispersos ceden protagonismo a los marcos, los huertos discretos en una alfombra limita el asfalto. Los edificios se yerguen cada vez más altos, cada vez más cercanos. La ciudad, que es al mismo tiempo etapa y meta, premio y castigo, paraíso y monstruo, realidad y sueño, pesadilla y delicia, te engulle.
Los pasajeros habituales reconocen los indicios. Los más impacientes empiezan a moverse o remover sus pertenencias. Lo hacen con calma, pero, conscientes de que faltan unos minutos para sumergirse en los túneles. Otros quedan inmóviles, aunque mecidos en los sueños, se permiten estar despiertos, resistiéndose a renunciar a la pasividad, la irresponsabilidad y el anonimato. Algunos aprovechan para contemplar el panorama humano interior, que está a punto de borrarse para siempre: repasan los que han sido compañeros involuntarios de trayecto durante un tiempo breve, demasiado breve para compartir nada, conocerse o crear vínculos, camino de la urbe. 

La mujer 

De repente, la mujer seria siente un odio irracional hacia la chica morena, que ríe como si la vida fuera una causa constante de alegrías. Hace días que ella no encuentra motivos suficientes, para hacerlo. No sabe que unas horas más tarde se reirá, a labio partido. Por lo tanto, ahora mismo le parece injusto que la alegría esté tan mal repartida, la fatiga que arrastra no es una buena abogada del prójimo. No ha descansado mucho, la noche pasada: los nervios, las pesadillas, la madrugada... Valencia no está al lado de su casa. Esto quiere decir que si te citan a primera hora, tienes que levantarte muy temprano, porque vives lejos. Es tu problema. Si vivieras en Valencia, ​​ya estarías. - Quizás también deberías madrugar-murmura la mujer, sin darse cuenta de que lo hace. Algunos conocidos suyos que viven en la gran ciudad, se tiran horas para llegar cada día al trabajo y volver a casa: soportan atascos pacientemente, combinan transportes imprescindibles, salvan obstáculos y distancias superando triatlones diarios. El pensamiento se le escurre meses atrás. Recuerda el informático con el que coincidió en febrero, en la comida familiar: se desplaza hasta el trabajo en bici, no una bici de alquiler, tan de moda ahora, sino la propia: no tiene que pagar nada por utilizarla. Últimamente tiene un problema añadido, a raíz de las nuevas normativas: si la liga a una farola o una señal, como hacía antes, se arriesga a pagar una multa dolorosa, que no se puede permitir. Cuando llega, debe subir en brazos, por fuerza, hasta el piso de las oficinas, dejándola en una especie de trastero. Todo esto se lo contó mientras mojaban la “titaina” en el patio de la masía rural, para dejarle claro que vivir y trabajar en Valencia no son coser y cantar. Vuelve al presente. Piensa de nuevo en la chica morena. Esta chica no parece tener dolores de cabeza: joven, delgada, despreocupada, enamorada. ¡Así cualquiera! En cambio, ella ya no es joven. No demasiado. No está delgada. No mucho. Tiene responsabilidades, las acepta. Y preocupaciones. Muchas, por cierto. No está enamorada. Ya no. ¿Puede haber más diferencias entre dos personas? Además, tiene dolor en el pie. Se ha puesto los zapatos nuevos, en contra del consejo ofrecido por la voz de la experiencia, y le están empezando a doler los talones. De pie la irritación es casi insufrible. Antes de salir de casa, hace más de una hora y muchos kilómetros atrás, ya ha empezado a notarlo. Por eso ha cogido el último momento unas tiritas adhesivas. Las que había comprado para su hija, aquellas "de diseño joven" según la farmacéutica: no podía comprar tiritas de Mickey para una adolescente, así que optó por las del Ágata Ruiz de la Prada, con corazones rojos sobre fondo fucsia: ¡una combinación impactante! A medio camino de la estación ya se ha puesto una. Cuando ha subido al tren, la tirita parecía una anguila, deslizándose tozudamente, haciéndole más estorbo que servicio, recordándole que todo tiene un precio. Con una clarividencia repentina, la mujer entiende la razón de su resentimiento hacia la chica morena: ¡no se ha ganado la felicidad que disfruta! Ella, en cambio, ha tenido que luchar por cada centímetro de superación, de seguridad, de confort. Ahora es dispuesta a dejarlo todo atrás e irse a vivir a Valencia, ​​mezclándose entre la multitud de personas anónimas que no conocen su pasado, ni la compadecerán cuando coincidan comprando el pan. Se quiere dar la oportunidad de cambiar. O de mejorar. Al menos, de empezar de nuevo otra vez, como si siempre fuera posible hacerlo. Si lo admiten, claro. Todo depende de si le dan el trabajo. Pero a poco que le ofrezcan un punto de seguro, está dispuesta a hacer equilibrios sobre la cuerda floja... con una ciudad diferente como espectadora: una Valencia saludablemente indiferente, ignorante de los antecedentes del artista que lo arriesga todo con cada paso sobre el precipicio. Mientras contempla como sonríe con travesura la chica morena, se inquieta: no podrá soportar mucho tiempo la tirita hecha una chapuza, será peor quitársela, cuando tenga que caminar será peor no llevar nada. En el mismo momento en que, en el asiento delantero, el chico desgarbado revela alguna confidencia al oído y la chica estalla en ruidosas carcajadas, decide quitársela. Cuando la joven se sosiega, se dan tres o cuatro besos muy seguidos, tan seguidos que la mujer no sabe cuántos le ha dado a  los labios de su alborotado acompañado. O en la barbilla, o en la mejilla, porque el chico también ríe, se mueve, y ella sólo le acierta la boca a veces. Con el movimiento de vaivén, le repica un cascabel que lleva en el cuello y le dando saltos las extensiones de colores de los cabellos. "Estos no deben venir a Valencia a buscar trabajo", dice la mujer, repasando la facha que hacen. Ella lleva un vestido-chaqueta fresco, sufrido, porque no puede aparecer en el trabajo toda arrugada. Ni cambiarse por el camino. No lleva una bolsa de mudarse. Ni mochila, ni capazo. Dentro no cabe una muda. Sólo el currículo, el monedero, las gafas, el móvil, la agenda, alguna tirita adhesiva de repuesto... ¡lo más necesario! La chica morena sonríe dulcemente, azucarada su aura, aguanta el rostro del chico con las dos manos, se acerca poco a poco y le da un beso profundo, largo, abrasador, que incendia el espacio entre los asientos y extiende el calor por todo el vagón. La mujer, que ha hecho todo el trayecto delante de ellos tragándose besos y risas con cara exasperada, arranca histéricamente la tirita del talón. Mirando adentro, no se da cuenta que ha quedado enganchada, por puro azar, a orillas del asiento: un corazón de sangre sobre fondo fresa meciéndose en el vacío... Todo a su alrededor se oscurece repentinamente, negro sobre negro, como en sus pesadillas.

 La chica y el chico 

Miran por la ventana: sólo se ve una oscuridad densa, antinatural. ¡Ya están! Se ríen porque han llegado. Ya sabían, que el tren los llevaría hasta la estación, pero el hecho de sentir por megafonía la confirmación de su creencia les hace sentirse seres afortunados, personas con estrella. Se levantan a la vez y al mismo tiempo avanzan por el pasillo, tan delgados y elásticos que comparten el escaso espacio confortablemente. Ninguno de los dos se da cuenta que la chica ha arrastrado una tirita del asiento de la mujer seria. Ahora, el colgante adherente adorna un lateral del pantalón. Pegada a la ropa, la cintita adhesiva ingresa en el andén subterránea, sube hasta la estación y atraviesa buena parte del vestíbulo. Cuando la pareja se detiene y hace bromas ante unas imágenes del quiosco de prensa, auténtica avalancha de imágenes y noticias frescas, la pequeña pieza se queda allí, suspendida por un solo punto de contacto de una pila de periódicos. Los chicos van besándose, tropezando brevemente con un hombre discreto, portador de una cartera negra.
 El hombre 
El hombre de negocios, Gerente de la empresa y Único Responsable de Innumerables Tareas, no duda ni un momento ante el expositor: cada día coge el mismo diario. La quiosquera no desperdicia saliva. Sólo intercambian monedas. El hombre lleva el periódico en la mano y la tirita escandalosamente romántica balanceándose de la cartera, como si dentro no hubiera suficiente espacio para los asuntos con corazón. Sale de la Estación del Norte con los oídos llenos del bullicio de voces, el gusto a café en la lengua y el aroma a tinta impresa subiéndole hasta las narices. Atraviesa espacios aún tranquilos. Cuando llega al edificio de oficinas, quince minutos después, el tráfico ha aumentado notablemente: la ciudad ha arrancado motores. Estira el cuello y tensa los hombros. Hoy deberá tomar Decisiones Importantes. 
La mujer 
Ha salido de la estación, ignorando la oferta del metro y el autobús  porque no vale la pena: la distancia es corta y tiene tiempo de sobra. A primera vista, la Plaza del Ayuntamiento le parece arisca, poco acogedora. No se detiene, pues. Empieza a caminar por la amplia arteria urbana hasta encontrar un punto de descanso más amable y da allí un respiro a su talón. Lo contempla, enrojecido y sin resguardo. No sabe qué ha hecho de aquel rectángulo brillante que lo protegía. Revuelve dentro de la bolsa buscando un nuevo apósito. Olvida su intención en encontrar el amuleto elegido como protección para la prueba de hoy, la hoja con el poema escrito a mano apresuradamente. Susurra un fragmento sin mirar las letras escritas: - Me he despojado de todo... Es mi cuerpo que os habla. Cada vez, cada fisura le dice todo lo que soy y he decidido a dar el primer paso y detrás de éste, todos los necesarios. Cuando llega a la altura de la Alameda que le interesa, cojea ligeramente, pero no se da cuenta. 
El hombre 
Ha leído el currículo, descubriendo unos méritos notables, sin, duda antes de recibirla. No lo reconocerá ante nadie, pero preferiría contratar a otro hombre. Al tenerla delante, recibe una agradable impresión general, hasta detectar en sus ojos un miedo y un ansia que le recuerdan, al menos remotamente, la mirada de su mujer, en paz descanse, siempre pidiéndole sin palabras que la rescatara de ese cáncer devorador. Él es experto en detectar gritos mudos. Ahora siendo uno que no quiere escuchar. Va pasando las fases de la entrevista con la decisión tomada de antemano. En cuanto se le presenta la oportunidad, suelta las palabras liberadoras. 
La mujer 
Siente la fórmula estereotipada y reconoce la condena. El acepta por un instante. Después se rebela. Él le acaba de hablar de estilos diferentes como si eso fuera un obstáculo insalvable. Ella busca en el entorno algo que le ayude. Observa aquel hombre extraño: ropa oscura, rostro oscuro, cartera oscura... sobre lo que destaca, colgando, una tirita atrevida, con un corazón candente a punto de caer al vacío desde el borde del cuero negro. Mirándolo, sonríe. Él nota un cambio en la expresión y en la postura de ella; ignora la causa; se desconcierta momentáneamente. 
- Diga lo que diga usted, sí tenemos algo en común... 
Se le escapa una risa breve, como un hipo, mientras saca una tirita sin estrenar de la bolsa. Cuando le enseña la pieza coloreada sobre la mano extendida, hace un gesto con la cabeza señalando la cartera. Él no entiende el gesto ni las palabras, pero responde a la orden silenciosa de la misma manera que contestaba a los ruegos de su mujer sin cuestionar la utilidad de las batallas. Se encuentra, pues, con dos flamantes corazones idénticos: uno, arrugado, deslizándose suavemente de su propio maletín, el otro, liso, nuevo, sobre una mano extendida que se acerca... Y oyendo de nuevo la voz de ella, añadiendo: -¡Se lo digo con el corazón en la mano! 
Aquella mujer se ríe de la situación, del chiste malo, de sí misma y sus temores, de ellos dos y su mutuo desconocimiento. Él esperaba una excusa para reír, sin saberlo, desde hacía mucho tiempo. Ahora aprovecha la ocasión y lo hace, también brevemente, al captar el doble sentido de la frase; aún le quedan migajas de humor en algún lugar y se le despiertan. La experiencia le resulta agradable. Mira a la mujer con otros ojos: ya no ve miedo, sólo esperanza. Piensa sin pensar que todo el mundo tiene derecho. Y encaja aquella mano que se le ofrece extendida. El corazón frío, sintético, se calienta en medio de una humanidad cálida que late apresuradamente. Una hora después, ella vuelve a estar ante la Estación del Norte, regalando un descanso a su talón y un respiro en su corazón. Contempla la piel herida, sin protección. No tiene el futuro asegurado, ahora mismo, pero la vida le ofrece una oportunidad y piensa aprovecharla. Recuerda de nuevo el poema: Me he despojado de todo, he tirado mis joyas, mis ropas. Ahora ando desnuda... y las sonrisas se me escapan de la boca... Como por alusiones, una sonrisa se ​​le instala • en los labios. Va creciendo: le sube a los ojos, le ensancha el frente. El corazón se siente risueño. Toda ella se alegra. - ¡Valencia, ​​guapa, prepárate! - Exclama, riendo y lanzando los zapatos al aire, disfrutando de una sensación enternecedora de desnudez y libertad -¡Que vengo! 

martes, 11 de octubre de 2011

La solidaridad entre las mujeres



No hace mucho que pasaron por la televisión la película “Jerry Maguire” donde hay una escena que describe totalmente lo que es la solidaridad entre las mujeres.
Reunidas en la casa del personaje que interpreta la Zelweger hay un grupo de mujeres con cara de que se les había pasado el tren o que se tuvieron que bajar a la fuerza, todas ellas quejándose a gritos de los hombres. Que son hediondos, que son insensibles, que siempre dejan arriba la tapa del inodoro.
Y así hasta el infinito hasta que entra en escena Tom Cruise, y a todas se les olvida de pronto las calamidades del género masculino y muy poco discretamente se empiezan a asomar escotes, piernas, sonrisas y cuanta invitación no verbal “Tómame y fóllame aquí y ahora”.

Para mí esa es la descripción perfecta de la solidaridad femenina: contigo, pan y cebolla… Hasta que aparezca un pene (perdón el vocabulario) de por medio, porque ahí cada cual se las arregla como puede.

Verdaderamente existe la amiga fiel, la que os apoya en las buenas y en las malas. La que se alegra que os hayáis encontrado al fin un compañero y la que os espera con la botella en la mano porque el mamón de turno se fue y os cambió por otra. Es esa amiga que cuando has engordado te lo dice sin reticencias y tu deberías callar y la que se preocupa si has adelgazado demasiado. 
Esas fieles amigas para las mujeres es algo muy sagrado que todos los hombres tememos, o deberíamos temer, la mejor amiga. Pero esa íntima amiga, la más, es en singular y no en plural. La solidaridad entre las mujeres no se resume al pacto de fidelidad entre amigas, sino que se aplica al género entero.

Nada menos confiable y solidario y más peligroso que un grupo de mujeres con tiempo para prestarte su atención. 

lunes, 10 de octubre de 2011

El cuello de Audry Hepburn



Para leer este pot es preferible estar escuchando "Moon River" o recordar, como mínimo, la escena de "Desayuno con diamantes" que comienza cuando Georges Peppard oye cantar Audrey Hepburn, mientras trata de concentrarse y esbozar inútilmente un texto en una máquina de escribir. Es un instante casi onírico pero ya se decía de Hollywood que era una fábrica de sueños. La descripción es exacta. De escenas como la insinuada en la primera frase hay muchas y algunas forman parte de nuestra mitología particular. Ya sé que las personas que hay detrás de las veneraciones personales o colectivas pueden o podían (la mayoría ya están muertas) llegar a ser hombres y mujeres con todos los defectos del mundo, pero el creyente no teme la refutación de la realidad, ni se deja seducir por las leyes de la lógica si no por riguroso principio de la fe y el cine es una especie de templo con un santoral lleno hasta los topes. 

Si las mujeres de varias generaciones suspiraban por Paul Newman y se abandonaron a la seducción del magnetismo de unos ojos azules, muchos hombres hemos crecido con la imagen del largo cuello de Audrey Hepburn descubierto por un estratégico recogimiento de pelo. Ya se sabe que el erotismo es la invitación a través de la sugerencia y nunca la belleza de una mujer se había concentrado en tan pocos centímetros cuadrados de piel. Claro que también existe la voz, un susurro delicioso que nos acaricia el oído y sobre todo, contemplar el rostro de fascinación de un Georges Peppard incapaz de articular palabra que rompa el hechizo del momento.

Todo esto para decir que hace pocos días se conmemoró los cincuenta años del estreno de la película "Breakfast at Tiffany 's" basada en la novela homónima del corrosivo Truman Capote. Dirigida por Blake Edwards, con el inolvidable tema musical de Henry Mancini, la película no reflejó la ácida crítica social de la alta sociedad neoyorquina que se desprende del libro pero en las manos de un gran director como Edwards convertirse en una divertida comedia romántica, supuso la conversión de Audrey Hepburn en una estrella de la pantalla y con el paso del tiempo entró por méritos propios en el reducido Olimpo de Hollywood. Cincuenta años después seguimos, como Peppard, mudos, transportados por el encanto de su voz, con los ojos clavados en su cuello, mito entre los mitos, aunque para mí, lo que hacía en la Hepburn deliciosa, glamurosa e incluso erotísima eran las pasitos cortos al caminar.
La fragilidad de lo efímero. 

domingo, 2 de octubre de 2011

La rebelión



Conozco cuatro mujeres. Las cuatro estaban bien hartas. La situación, en pleno siglo XXI, se había convertido en intolerable. Se sentían abrumadas por la injusticia, por lo que decidieron reunirse para estipular los puntos básicos a reivindicar. Después de largas y profundas conversaciones, dieron el visto bueno, por unanimidad, el siguiente manifiesto: 
1. Se acabó pasar por unas acelgas soleadas durante generaciones y generaciones. 
2. Basta de ir arriba y abajo con cestillos de pasteles. Basta de vagar desorientada a la espera de ciertos individuos de tonos azulados para ser rescatadas. Basta de yacer inconscientes en camas de cristal o de hacer siestas eternas que no permiten disfrutar de la vida. 
3. Tema bosque. El bosque es un lugar magnífico para divertirse. No un lugar oscuro y peligroso que todo el mundo, por real decreto, debe temer. 
4. No a la criminalización sistemática de las madrastras. Los hay de todo tipo. Algunas, de lo más simpáticas y enrolladas, liberales con el sexo y sin ningún tipo de manías. ¡Vivan las madrastras solidarias! 
5. Reivindicación de la posibilidad de convivir con brujas y brujos. Vergüenza ajena que hayan sido siempre tan mal vistos. 
6. Hay que hacer constar que las hadas benéficas también tienen vicios, defectos y manías. Algunas se meten el dedo la nariz, cantan de pena, practican una magia caducada o llevan la varilla hecha una chapuza (subvenciones para la reeducación de las hadas, urgencia de nivel 1). 
7. El problema gravísimo de la indumentaria. ¿Dónde se ha visto como nos hacen ir? Fuera enaguas de encaje y lazos rosados. Fuera ropas ridículas de niñas de parvulario! 
8. Los amigos son los amigos. Ni cazadores, ni abuelas, ni príncipes, ni hadas protectoras. Cada uno elige con quien quiere estar. Y punto. Después de la escritura del manifiesto, tajante y sin fisuras, las tres firmarlo conjuntamente. 
A continuación, en enviaron copias a las editoriales, los periódicos (en papel y digitales), a las productoras cinematográficas, los dibujantes, a las cadenas de televisión, empresas de ebooks y responsables de páginas web. 
La fiesta se prolongó hasta altas horas de la madrugada. Evidentemente, la iniciativa debía celebrarse. El revuelo en la espesura fue apoteósico. Sin hadas cursis ni estirados tipos de color azul, la música ensordece la fauna y la flora. Incluso los trolls se añadieron. El lobo bailaba como un poseso con una chica de cabellera deshecha, los siete enanitos cantaban canciones tirolesas desafinando debido a la ingesta descontrolada de licor de frambuesa, y la somnolienta, totalmente despierta, comía manzanas del cesto de la bruja, que contaba chistes verdes a unos cuantos duendes que reían como locos. La Blanca, a su vez, había medio enrollado en un rincón con un furtivo extranjero de barba espesa. 
Al día siguiente, el claro estaba hecho un desastre. La hierba se veía aplastada y sembrada de botellas vacías, cáscaras de cacahuetes, colillas de cigarrillos. El guardabosque no salía de su asombro. De pronto, distinguió un objeto brillante. Era una delicada corona de oro, abollada y deslucida, que había perdido las piedras preciosas. A su lado, un montón de ropa estrujada, desgarrada y sucia. Estaba para tirarla, pero, aun así, pudo identificar, sorprendido, algunas piezas: un delantalito rosa, un vestido de seda de manguitos soplidos y una bonita capa, de grueso fieltro, con una Caperucita muy roja.