sábado, 29 de diciembre de 2012

Por meterme donde nadie me llama



Un escritor local presenta su libro en la pequeña librería del barrio. He decidido ir consciente de la necesidad de apoyar a los nuevos escritores y de apartarle, como consumidor cultural, alguna piedrecita del camino que lleva hacia la fama y el reconocimiento. No conozco el autor, no conozco su obra, no he encontrado referencias en la sacrosanta red global de comunicación, no he leído su libro. Mi presencia en la presentación tiene una mezcla de acto de fe y de curiosidad. De lo que pueda deducirse de la charla y, sobre todo, del debate posterior, saldrá la decisión de comprar o no el libro. 

Me encuentro con la sorpresa que la respuesta a la convocatoria ha sido más bien escasa, escasa, osaría decir, ridícula. El cómputo global del acto es de nueve personas, pero si descontamos el propio escritor y los dos representantes de la editorial, sentados a la mesa, el dueño de la librería y las dos chicas de la televisión local que filman quince minutos y marchan, queda reducido a cuatro lectores potenciales. Así, los representantes del público, sentados en sillas plegables muy cerca de la mesa, somos, una pareja de ancianos que han leído el libro, según escucho, un chico de unos 20 años, inmutable, y yo, absolutamente cohibido ante la obvia imposibilidad de pasar desapercibido. 

Poco comunicativo como soy cuando no tengo confianza, tímido hasta el absurdo en este tipo de actos sociales, la situación me incomoda de manera tal que soy incapaz de entender completamente la introducción a la obra que hacen los editores ni la reflexión del propio, y pedante, autor. Cuando oigo a la editora citar a Kant, tiemblo levemente y cuando el autor aporta que la cita fue después matizada y desarrollada por Schopenhauer, me siento tan inferior intelectualmente que me anulo como ente pensante y potencialmente opinando.

La timidez y la inseguridad crónicas, con la adenda de la ignorancia comparativa y el objetivo de la cámara de televisión, que no me atrevo mirar ni de reojo, me va convirtiendo en una masa de carne y hueso sobrecogida al mirar, sonreír, disimular y consumir aire. 

El escritor habla y habla sobre la soledad y las conductas aberrantes con una seguridad, un entusiasmo, una entereza, un profesionalismo y una sangre fría absolutamente admirables teniendo en cuenta el panorama. Mientras habla, intento pensar en alguna pregunta inteligente con la que empezar un debate, o cubrir el expediente, pero como siempre en estas situaciones, olvido que jamás he sabido hacer, en caliente y en público, una pregunta inteligente sobre ningún tema. Las tres tipologías neuronales que dispongo en usufructo, a saber, las inertes, las catatònicas y las lentas, nunca han sabido darme una satisfacción en estas situaciones susceptibles de proporcionar prestigio social. Al contrario, la búsqueda de la pregunta me bloquea la concentración de tal manera que empiezo un bucle en el que no hay preguntas básicamente porque no dejo entrar la información. Cuando los datos ya no son más que chispas de agua que rebotan en mi caparazón impermeable, me convierto en un ente completamente inválido para el razonamiento. 

El autor finaliza rápidamente su exposición y comienza el turno de palabras. Se inicia un silencio lleno de miradas, Se escucha, de fondo, el ruido de la calle. –

- El libro es muy bonito-dice de pronto la señora mayor. 

- Gracias señora-dice el autor-pero no nos tenemos que quedar con una primera lectura. 

Nuevo silencio. Nos mira, expectante, al muchacho y a mí. Yo aguanto la mirada y sonrío, completamente mudo. 

- Si tiene algún comentario, al final del libro se encuentra la dirección de la editorial-dice el escritor

 - Bueno es saberlo-digo yo, sonrojado, trabándoseme la lengua, con un hilo imperceptible de voz que ni siquiera mi vecino de silla escucha. 

Silencio. Miradas interrogantes. La situación se vuelve ahora incómoda y como siempre, hayan cuatro o cuatrocientos, me siento responsable del mutismo de la sala. 

Vuelvo a sonreír. 

El anfitrión, consciente de su papel, hace una pregunta interesante sobre influencias y el límite entre copia y plagio que el autor responde gustoso. 

Vuelve el silencio. Vuelvo a sonreír, ahora encogiéndose de hombros. 

- Bueno, pues si no hay más preguntas ... ¿quizás ya podríamos terminar, no?

- dice el autor. 

Sonrío. 

Damos por terminado el acto y el librero nos invita a cava. El muchacho joven se levanta y se va despidiéndose educadamente. Yo la envidio secretamente, pero tengo el defecto de no saber irme de los sitios y me quedo. 

Mientras espero la bebida ojeo el libro presentado, pero el idioma me parece extraño, insondable. Llega el cava, me aferro a la copa, me acerco a la mesa sin abandonar la sonrisa, y el autor pone en marcha una pequeña tertulia sobre la poesía y la gente, es decir, el público potencial, que ni lee y ni tiene criterio. Suerte que lo tenemos a él. 

No acabo de coincidir con alguna de las opiniones pero a estas alturas soy incapaz de hacer un razonamiento lúcido y menos de articular una sola palabra. Observador inclasificable de una tertulia a la que no me han invitado, ¡sólo puedo soltar un adiós! sin pretensiones cuando marcho, discreto, hacia la puerta. 

Al salir a la calle el aire fresco me hace reavivar.

Luz Casal- No me importa nada

lunes, 24 de diciembre de 2012

Menú para dos



Hoy quisiera que me ofrecieras
algo diferente para cenar: 

De aperitivo, 
un Martini blanco con gotas de vodka
(¡Agitado, no revuelto!) 
y una aceituna. 
La elegirías sin hueso 
y mordiéndomela levemente me la ofrecerías... 
¿Querrías tomármela de la boca? 
Me dirías…

De entrantes, 
una ensalada tibia: 
hojas de lechuga y de endibia 
y encima, trocitos de nueces, 
batido de queso roquefort y crema... 
Quizás podrías quitarte la blusa
(¡por no mancharla!) 
y dejar caer gotas de salsa 
desde tu cuello, que mana 
por encima de los senos hasta los pezones... 

Primero, crema de marisco 
(¡dicen que es afrodisíaca!). 
Te la tomarías con los pechos en el aire 
delante de mi, desafiantes.

De segundo, algo que no llene demasiado. 
Mientras me la como, 
me avisas que no llevas bragas. 

De postre, dulce: 
fresas con nata 
(¡Fuera falda!). 

En lugar de café, has pensado 
que podías servirme un chupito de licor 
en tu ombligo: si, estando desnuda sobre la mesa... 
¡No, desnuda no! ¡Con medias, ligas y zapatos de tacón!
Si te lleno el agujerito de la barriga con algo de cava... 
¡me parece que lo beberé a gusto! 

Para la sobremesa, tú y yo. 
¡Y una buena tumbada! 

Música- Te invito a hacer el amor- Aventura





sábado, 22 de diciembre de 2012

Frases de amor que no quieren decir te quiero


George Goodwin Kilburne "Escribiendo una carta"

La condena eterna 

No puedo vivir sin ti.

Cuando dices eso, te condenas
a un sufrimiento garantizado
Y me condenas también a mí.
Porque el otro no puede estar siempre a tu lado.
Porque el otro no puede ser responsable de tu vida .
¡Que duro que suena en tu boca!
Esto no es amor, es una condena. 

La inseguridad galopante 

 ¿A quién preferiría, si no es a ti? 

Nadie ama por obligación. 
Y tú lo pides.
Además, ¿me estás diciendo que yo soy tan estúpido 
que amo lo que nadie quiere? 
Si yo te quiero, o te he amado, 
muchos otros lo pueden hacer 
y lo harán. 
Quizás es hora de que analices 
de donde viene tu inseguridad 
que no te permite disfrutar del amor 
sin sufrir por el futuro. 

La suma incorrecta 

Los dos somos uno. 

Si uno más uno hacen dos 
entonces uno es igual a cero. 
¿Quien de los dos quieres que sea cero?
¿O es que pretendes ser sólo una mitad 
y rebajar el otro a la mitad de lo que es?

La condena futura 

Soy tan feliz contigo. 

Ahora me dices eso, y está bien, 
pero si yo soy la causa de tu felicidad 
el día que yo haga cosas que no te gustan 
¿también me echarás la culpa de tu dolor? 
Yo no estoy contigo para hacerte feliz. 
Si estoy contigo es porque quiero. 
Y basta. 
Si te crees que para ser feliz 
yo tengo que hacer tal cosa o tal otra, 
me debo portar de tal manera, 
no debería decir tal cosa o tal otra 
que yo debería querer exactamente lo que tú quieres 
en el momento exacto en el que tú quieres, 
te condenas al sufrimiento futuro, 
y al sufrimiento presente,
primero martirizándote para finalmente 
perder de todos modos. 

La mutilación impuesta 

Tú me completas. 

No soy parte de ti. 
No soy parte de nadie. 
Soy un todo completo que durante un tiempo 
comparte parte de mi vida contigo, 
otro todo completo. 
Tú me aportaràs experiencias, 
me aportaràs conocimientos, 
me aportaràs emociones 
que formarán parte de mi bagaje. 
Pero no quiero un pedazo de ti. 
Si algún día nos separamos 
para seguir cada uno con su camino 
quiero verte marchar plena y completa 
y con buenos recuerdos en la mochila. 

Los frutos secos 

Eres mi media naranja. 

Las medias naranjas están secas. 
Han perdido su jugo. 
Han perdido su sabor. 
Cuando se parte una naranja
las dos partes nunca encajan perfectamente. 
Es como romper un huevo. 
Tú eres un fruto y yo soy un fruto distinto.
¡Hacemos una macedonia! 

Los cuentos de hadas 

Tú eres mi príncipe azul. 

Si, el amor de los cuentos. 
El amor de las canciones románticas. 
Si buscas un ideal 
te perderás toda la belleza que pasa a tu lado 
toda la diversidad que se acerca a ti 
todas los grandes ratos con otra gente 
pensando y comparando si eso es tu ideal o no. 
Los sueños están bien para la noche cuando uno duerme. 
Pero quieres vivir o quieres soñar? 

El aburrimiento perpetuo 

Tú eres el que siempre he buscado. 

¿Y ahora qué, te quedarás sentada en el sofá 
sin hacer nada pues ya has encontrado lo que buscabas? 
Yo no soy el final del camino. 
Yo soy el principio otro. 
Si sólo ves en mí lo que buscabas 
te perderás descubrir lo que soy de verdad 
te perderás las sorpresas y lo inesperado 
te  perderás, en fin, 
lo que hace de la vida un proceso tan interesante 
tan profundo 
tan sorprendente 
y tan estimulante. 
Y te perderás todo lo que sigue 
en el confort de la tranquilidad del que tienes. 

Digamos que quieres hacer una parte del camino conmigo. 
Digamos que quieres descubrirme poco a poco. 
Digamos que quieres compartir experiencias conmigo. 
Digamos, si quieres, que me deseas. 
Digamos que quieres estar conmigo, 
y no me necesitas.
Y déjame ir para que pueda volar a tu lado.

Música- Julieta Venegas- Andar conmigo



viernes, 14 de diciembre de 2012

Castigo



No son pocas las veces en las que me sorprendo fabricando un relato inconscientemente. De hecho no es un relato. No explico nada, ni siquiera tengo la mínima intención de transmitir algo. Nada.

No sé qué palabra encadenará a la siguiente. Tanto puede ser esta como su antónimo, cribando poco a poco mi vocabulario, demasiadas veces tristemente insuficiente. 
Las frases se suceden lentamente, induciendo el olvido de las anteriores. El sentido de aquellas no era otro que el llevarme a este punto, pequeño y minúsculo. 

Esta libertad encantadora me estimula y me asusta a la vez. Me asusta, pues tengo miedo de seguir enamorado pero  esta vez definitivamente. Lanzarse como un pez que ha estado fuera del agua y anhela fluir de nuevo por aquel oscuro líquido. Abandonar todo lo que he amado hasta ahora, tan lógico y cuadrado, tan rígido y profundo, todo aquello por lo que me he esforzado, día a día, página a página. Todo aquello, sí,  me atemoriza de una forma animal. 

Me acerco y me alejo. Mi mente se mueve demasiado rápido, para acto seguido, ir todavía más lenta. 
Las construcciones de sonidos, o palabras, aún no he decidido con que construirlas, son como castillos de naipes. En cualquier momento pueden caer si no lo planificas antes. Aquí es donde radica el auténtico sentido de no hacer caso a las frases anteriores. No te encadenas a nada. No es importante la contradicción total. Nada. 

Plasmar las palabras en puro grafito. Maltratar las mismas. Inducirlas a un estado de inmovilismo eterno, sucio... Pero hoy merecen ser castigadas. Nada más.


Tan solo palabras.- March Anthony


martes, 11 de diciembre de 2012

La Navidad vista por un observador inusual




Habían llegado todos.


Los hombres entraban con prudencia y timidez, mientras las mujeres, se saludaban y charlaban como si no se hubieran visto nunca. Ellos se escondían detrás de algún obsequio para la dueña, ya fuera un roscón, un ramo de flores o una botella de vino que seguro, acabarían bebiendo ellos mismos durante la cena. De esta forma también, evitaban invertir mucho tiempo en saludar aquellas abuelas que siempre les hacían ruborizarse. 
Todo cambiaba cuando, al llegar el comedor, se encontraban todos ellos junto a la chimenea. Relajados, charlaban de fútbol y política, mientras que los más jóvenes contaban sus últimas proezas nocturnas. 

Es de elogiar el papel del ama de la casa. La pobre mujer pasaba casi una semana pensando como cocinar el puto pavo cuando, el día de la comida, entre presentaciones y bienvenidas, se le acababa quemando. Por suerte, siempre estaba a tiempo de retirar las patatas, aceitunas y demás entremeses, a favor de botellas de vino y de cava, y provocar que los invitados, confusos por el hambre y el alcohol, encontraran a ese pavo, un suculento festín. 

De golpe estábamos todos en la mesa. Siempre había quien dividía la mesa en jóvenes y mayores. De entre los jóvenes, claro, siempre se podía encontrar la figura'' del animador''. Éste, no se podía considerar joven, pero seguro que una hora después sería quien, gracias al vino y al cava, animaría a todos los comensales de la mesa a cantar, contar chistes y beber aún más. 

Desde mi posición podía observar, cruces de miradas durante toda la cena. Y más si, de entre todos, la pequeña de la familia que acababa de cumplir la mayoría de edad, estrenaba escote. 
El padre, que había descubierto ese mismo día los atributos de su hija, habiendo frustrado el intento de impedir que lo exhibiera antes de salir de casa, sólo podía intentar evitar cualquier exploración visual que tuviera como objeto los pechos de su hija. 
También pasaba una situación similar cuando alguno de los chicos jóvenes llevaba su nueva novia, pero entonces se añadía la avalancha de preguntas, más comprometidas a medida que transcurría la comida. 

Cada año me toca contemplar esta estampa tan peculiar, y me gusta. Al fin y al cabo, durante estas fechas se hace vida en casa, y siempre sobra comida que luego terminará en mi pesebre. Sólo espero que entre tanta risa y festividad os acordéis de sacarme a pasear. 

Atentamente, un perro observador.

Corrido Hyphy para la Navidad


La vidente



Ya sé que me vais a decir que últimamente escribo mucho, que no paro de publicar, que me estoy poniendo pesado, pero por razones que no se os escaparán a vuestra imaginación, necesito tener el tiempo ocupado, y sobre todo la mente. Aunque creo que el archivo de mi imaginación va agotándose. No sé si mis escritos caen en saco roto, y si me importa, pues a mí me gusta que me lean, ya lo he dicho muchas veces, para que un escrito se convierta en literatura –buena o mala- debe de ser leído. Condición “sine qua non” 

Pues bien, dicho esto os voy a contar un hecho acontecido no hace mucho a un conocido mío…

Aunque no era muy avezado en temas que sobrepasan la razón, aquella tarde fue a ver a una vidente para que le predeciera el futuro. La pitonisa, de rizos despeinados y con pañuelo violeta en la cabeza, le comunicó consternada -después de haber practicado diferentes métodos- que no podía ver muchas cosas de su futuro. "Será que hoy falla la conexión con el más allá", le dijo seria. Lo que sí le pudo asegurar, porque lo había leído en su bola mágica, fue, que él moriría atropellado por un coche de color rojo a la edad de ochenta y tres años. 

Le pagó un precio rebajado para la consulta y salió a la calle pensando en su porvenir. Sumido como estaba en sus pensamientos, no vio el vehículo rojo que se lo llevó por delante. Murió a los treinta y ocho años sin saber que la vidente era disléxica.

7ª Sinfonía  Ludwing van Bethoven


Nocturnos


Me gusta el tacto cálido de tus manos sobre mi espalda, dibujando líneas circulares que recorren todo mi cuerpo y me eriza la piel. Me gusta el sonido dulce de tu aliento en mi pecho, y que de entre los silencios y la oscuridad de la noche, se sienta el rumor de un "te quiero" al oído. Y sin buscarlo la ternura y amistad que se respiran se van convirtiendo en una especie de amor. Los miedos, los problemas se diluyen en cada beso, y la vergüenza se desvanece con cada prenda que perdemos. Me siento a gusto contigo y sólo quiero abrazarte y estar muy cerca de ti, tan cerca que no se distingan nuestros cuerpos, tan cerca que no exista otro mundo fuera de éste. Y me pongo encima de ti y me miras de una manera que no sé explicar, pero que me encanta, que me dibuja una sonrisa en el rostro. Y poco a poco sobran las palabras o tal vez faltan, pero nuestras respiraciones se acompasan, escribimos una armonía, bailamos un mismo baile. El ritmo se incrementa y sentimos como la adrenalina danza dentro de los dedos del pie y rápidamente recorre nuestros cuerpos. Me siento contigo y con eso me basta, y con la voz entrecortada me dices un "Me encanta" y soy feliz. El poco aire que se cuela entre nuestros cuerpos se tiñe de afecto, de alegría. La noche nos cautiva y el cansancio hace su efecto, y nos dormimos, el uno al lado del otro, y sólo tu presencia me transmite seguridad, calma. Y es que contigo he aprendido a amar, me gustas demasiado.

Música- Nocturno OPUS Nº2- Frederic Chopin


lunes, 10 de diciembre de 2012

Las horas


No tengo horas ahora.
Las he vendido todas.
A cambio, he recibido un vacío. 

Desagradable vacío. 

Ahora añoro las horas.
Añoro los momentos 
en que las horas, 
para mí, contaban demasiado. 

No las quería vender. 
Pero me vi obligado. 

Con un peso en los ojos, 
ahora paseo 
sin destino concreto. 
Porque no tengo ninguna hora 
para llegar. 

Ni ninguna de vuelta.

No tengo la hora 
en la que alguien me espera. 
Y los minutos no me son suficientes 
para llegar a encontrar, 
en algún rincón de mí, 
la hora de empezar 
de nuevo, esta guerra.

NOTA.- (A quien corresponda…)
He eliminado de mi cancionero personal, Iphone, discoduro, mp4… todas las canciones que no son cantadas en español porque… para que tener lo que no se entiende… si se puede tener lo que se entiende.

Música- Nunca el tiempo es perdido- Manolo García


domingo, 9 de diciembre de 2012

IRRENUNCIABLE VIDA



Esta ida continua de vidas etéreas,
joyas inalcanzables
que se nos deshacen en las manos;
espejismos que se desvanecen en el aire
como chispas de fuego frío.

Esta brisa gélida que se cierne
entre noches ennegrecidas, sin luna,
y que devuelve el cruel latido
del corazón del reloj
hasta que nos retumba en la cabeza.

Este vuelo errático y ciego
que nace inconsciente en medio del azar,
mofándose de todo; resquebrajando la razón,
aturdida por sentimientos inalcanzables,
que, al fin, nadie entiende.

Esta voz que te habla dentro, sin detenerse,
-¡pensamiento cobarde! –
que llora, sabedor del veredicto.

Este Paraíso del sufrimiento,
del dolor gratuito,
de las contradicciones insatisfechas,
del despropósito.

Esta vida etérea
es la única verdad que tenemos.

Por etérea - fingida maravilla –
irrenunciable vida
llena de renuncias...
y es lo único que tenemos.

Y ahora la música, como últimamente tengo por costumbre.- El Perdedor- Aventura



sábado, 8 de diciembre de 2012

Efecto mariposa (Regresar al pasado)



Si yo pudiera retroceder el tiempo... ¿qué podría hacer? Algunas veces lo pienso. ¿Qué cosas podría hacer si esto fuera posible?

Si creo que volvería atrás  para arreglar todo lo que a veces siento que salió mal; decir las cosas que no dije y omitir las que no debí haber dicho. Arrepentirme por haber hablado y no por haber callado. Despedirme bien de quien debí hacerlo, apartarme de quien debí estar lejos y así salvarme de cosas que no debían haberme ocurrido.

Volvería para acercarme a  cosas que dejé de lado. Para corregir mis errores. Para volver a disfrutar, aunque fuera sólo brevemente, de mis alegrías.

Pero hay algo que nunca debemos olvidar y es “El efecto Mariposa” que para quien no sepa que es os diré que el efecto mariposa es un concepto que hace referencia a la noción del tiempo a las condiciones iniciales dentro del marco de la teoría del caos. La idea es que, dadas unas condiciones iniciales de un determinado sistema caótico, la más mínima variación en ellas puede provocar que el sistema evolucione en ciertas formas completamente diferentes. Sucediendo así que, una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande a mediano o corto plazo de tiempo. Su nombre proviene de las frases: "el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo" (proverbio chino)

O sea, que si no hubiera conocido a la madre de mis hijos, posiblemente mi vida hubiera sido más feliz, pero no hubiera tenido los hijos que tengo, y yo quiero esos hijos y no otros… ¿Entonces deberíamos cambiar las cosas en un regreso hipotético al pasado o más bien dejarlo como está? ¿Donde estaría yo de haber cambiado el aleteo de la mariposa, escribiendo, al mando de un submarino o bajo tierra?

Pero luego recapacito… ¿para qué haría retroceder el tiempo realmente? Creo que el resultado de todas las situaciones y decisiones, encuentros, desencuentros, acontecimientos y sorpresas que me fueron sucediendo, son las cosas que me hacen ser quien yo soy ahora, en el momento de mi vida en el que me encuentro.
Y -para bien o para mal- la persona que ahora soy, es quien me corresponde ser, aunque no me guste, pero debería aplicar las enseñanzas para cambiar algo en mí, creo que puedo.

Sin embargo, la idea de poder hacer retroceder el tiempo es muy atractiva, es un tema recurrente en nuestras fantasías y eso me hace fantasear, crearme una ilusión, creer que por un momento que puedo volver a un pasado inmediato y borrar de un tajo, actos, hechos y palabras con las que he hecho daño a alguien que merece cualquier cosa menos que nadie le haga daño. Nunca un daño hecho por mi me ha revertido tanto dolor y sufrimiento como el que estoy pasando. Avergonzado y con suma humildad, no encuentro remedio para subsanar tan gran error. Ojalá, en solo un momento pudiera retroceder y remediar tal caos y así encontrar mi propia esencia para vivir plenamente y con libertad… el presente, presente lleno de su recuerdo, y de mi amor por ella, simplemente… eterno.

Por esto y por mucho mas de lo que puedo gritar, callar o sangrar, hoy o tal vez siempre, pero mas que nunca, me confieso el portador maldito de la libertad mas cautiva que podré padecer en mi vida, por creer... por sentir... (qué ingenuo) que podría cambiar el destino, alcanzar una felicidad que desde antes de nacer se me fue negada.

Hoy comprendo que esto que continua no es mi vida, si no mi muerte, que no acabara mientras respire, mientras recuerde. una espina clavada en mi pecho (tu nombre) que duele cada vez que sonrió, cada vez que intento sentir un dejo cualquiera de cariño...de amor imposible... mientras lo siga de ti, esparcido por mi abnegada sangre de féretros, por mis azabaches días de ahuecada luz de cenagal.








viernes, 7 de diciembre de 2012

Rémora de sentimientos



Siento a lo lejos
el rumor de las olas
que rompen en la escollera…
Siento como se transforma en lamento;
lamento cadencioso,
con voz profunda,
que vuela hasta mi silencio...
Vuela y me lame el pensamiento, el corazón y las tripas,
me pellizca, me muerde y me golpea
queriendo abrazarme fuertemente por dentro. 

Siento la foránea 
el rumor de sentimientos, 
que me susurra tu nombre, delicadamente, 
mientras me despierta el recuerdo de este verano de sueño; 
de manos entrelazadas, de caricias, 
de chispas en los ojos... 
Los mismos ojos que aún reflejan la huella de tu bajel,
donde ahora se condensa mi añoranza 
y te llora, 
llora por mí, por nosotros, llora.

Es por eso que me desnudo, 
corro hacia la cala 
para tirarme en tus brazos.
Como un adolescente juguetón 
no miro si salpico ni si hay olas, 
no me importa si el agua está fría 
ni siquiera si hay horizonte. 
y nado para encontrarte,
 nado, nado...

 Prefiero morir ahogado 
que ser náufrago fuera el mar.


Vertiendo los sexos



Derraman los sexos,
 amor y deseo, derramaban
todo agrandando la pasión.
Y las bocas se convirtieron en cálices
donde verter la felicidad
que tenía que ser compartida.

Comeremos juntos,
en el altar de los placeres, comeremos
mientras los espíritus y los cuerpos
se confundían entrelazándose.
Y llegamos a la divina perfección
cuando entregados,
los dos comulgemos
en el calor de tu hogar.

Derraman los sexos... Amén.

DISFRUTAR DE LA ESCLAVITUD



Inspiro - con ojos cerrados -
aromas de piel virgen,
antes de lamer la pulpa.
¡Deseo tanto sentirte los labios,
disfrutar de tu estallido en mi boca!

Me pierdo en ti
mientras te peino con los dedos,
- delicadamente - , esperando tu asentimiento...
Recorro tus brazos, tus manos,
tu nuca, tus hombros,
al tiempo que brisas frescas
entran en nuestros cuerpos… entran...

Deslizamos las ropas,
¡que siguen ofrendadas en el altar de los sexos!
Hablamos ahora con bocas hambrientas,
descubrámonos entre montañas y valles,
en los ríos que bajan caudalosos.
Disfrutemos ahora, sin piel,
y saboreamos la felicidad.

Al fin y al cabo, somos predadores de la misma presa, el amor...

jueves, 6 de diciembre de 2012

Errores



Nunca se me puede acusar de que cuando cometo un error no me haya disculpado, nunca he tenido problemas para eso, el problema estriba en saber dónde y cuál fue mi error, algo que no siempre me doy cuenta. Pero hay algo importante siempre cuando se cometen errores, aprendes… pero casi siempre tarde. Creo que cometiendo errores es la única manera de llegar a algo en la vida por uno mismo, sólo debes reconocerlos y memorizarlos para no volverlos a cometer, ya que cada error que cometes, normalmente, afecta a una segunda persona y casi siempre a la última que deseas hacer daño. Los errores son inevitables, lo que importa es como respondemos ante estos.

Le he hecho daño y lo sé, mi orgullo, mi ego y más… pero desgraciadamente no puedo volver atrás y si pudiera rectificar no sería al completo, quedarían aquellos agujeros en la pared, de aquel cuento que una vez me contó.

En días como hoy no se qué hacer y lo único que me apetecía es expresarme, por eso escribo estas palabras que dentro de mi angustia me hacen sentir un poco mejor. Dentro de mi mundo, entre las cuatro paredes de mi habitación busco las combinaciones adecuadas para unir cada una de las palabras que surgen de mi pensamiento. Entre otras tu eres el motivo principal, la unión que teníamos, que poco a poco ha ido desvaneciéndose, el lugar que ocupa en mí y que ahora ha quedado totalmente vacío. El transcurso del tiempo hace cambiar muchas cosas, la mayoría de ellas no son más que errores en nuestros actos, otras simplemente tenían que pasar. Y ahora me pregunto si el desenlace de esta historia ha sufrido esta desilusión por culpa de nuestras acciones o como bien he dicho antes, simplemente estaban destinadas a ocurrir. Sólo espero que al igual que algo ha fallado en este transcurso, haya una solución, una tirita que cubra esa herida que de vez en cuando va haciéndose mayor y encontrar un final feliz en el que yo aunque me despierte con un día oscuro y apagado, pueda sonreír sólo al recordar todo lo que tiene que ver contigo. Cometí el error de amarte, pero no quiero cometer el error de olvidarte.

martes, 4 de diciembre de 2012

Trabajando (Relato erótico)




Introducción 

Donde yo trabajaba hace años, una pequeña industria familiar de unos 40 trabajadores, el archivo ha sido siempre una habitación con olor a humedad, en un rincón del gran aparcamiento del sótano de una nave industrial, 50m del edificio de oficinas, aislado, por el ruido de las máquinas que trabajan constantemente en la planta superior, por el tráfico de camiones por el patio y por la distancia a la oficina. 
Las estanterías, de aquellas de chapa gris que tanto se estilaban hace unos 30 años, tienen unos 2 metros de alto, formando estrechos pasillos por donde no pasan dos personas de frente, y utilizamos una inestable escalera de mano para acercarnos al estante superior. Es el lugar menos transitado de la empresa.

Relato 

Yo era un Ingeniero de aquellos que trabaja 11h. al día, se iba a casa a cenar con una pareja que no se le escucha y unos niños que no se acuerdan que existe, que se va a dormir y vuelve a levantarse cada día para volver a empezar, arrastrando los pies, sin cambios, sin primavera, siempre rodeado de gris.

Cuando María empezó a trabajar como administrativa para los ingenieros de la oficina, descubrí que algo se me movía dentro. Pasaron los meses, hablábamos de trabajo, los hijos, de la pareja, los desengaños de la vida... intentando siempre disimular la atracción salvaje que me provocaban su risa, su cintura, su voz, sus caderas. A veces me atrevía, en medio de la conversación, a tirar sutiles elogios a su belleza o de tipo casi sexual, lo que se dice "en segundas". Ella me miraba por encima de las gafas que se ponía para trabajar, y sonreía como pensando "... pobre animal...". Tenerla cerca era una tortura. Nos sentábamos espalda por espalda, y cada vez que yo me levantaba y volvía a mi sitio, no podía evitar mirarle el tanga, que sobresalía del pantalón que se le bajaba al sentarse. Dos veces me "cazó" en esta situación. La primera se puso roja (no tanto como yo) y no dijo nada. La segunda, como si ya estuviera preparada, sonrió y en voz baja me dijo "... ¿qué estabas mirando? ..." Como si regañara a un niño pequeño, cazado a medio hacer una travesura... y yo rojo y bloqueado. Al cabo de unos días, había poco trabajo, y bajamos los dos, para archivar un "pallet" entero de clasificadores, en el sótano. 

Ese día, ella llevaba una falda negra, corta sobre la rodilla y un jersey marrón de hilo, con un ancho cuello que le quedaba bastante escotado. Una vez en el sótano, ordenamos archivos dejando los del estante de arriba para el final. Como la escalera de mano era inestable, hablamos quién subía y quién aguantaba la escalera. Ella prefirió subir por cuestión de fuerza, y así, ella subía a la escalera, mientras yo le acercaba los archivos y aguantaba esta escala frontalmente (como si me dispusiera a subir detrás de ella) para que ésta no se moviera y ella no cayera. Cuando había subido tres peldaños, se gira con una risa traviesa y me dice: "... alerta donde miras, ¿eh?".Imagínese la situación. Yo, rojo, mirando al suelo, evitaba levantar la vista, pero a ratitos me era imposible y miraba de reojo. Aquello era inhumano. 

Cuando María empezó a bajar, levanté la cara distraídamente y, por accidente, sus nalgas rozaron con fuerza en mi cara. Ella se apartó hacia arriba, por un segundo, como asustada, como si se hubiera quemado con mi cara, pero casi al instante, medio girada en lo alto de la escalera, con su culo a la altura de mis ojos, me cogió por el pelo y me apretó la cara contra sus nalgas. 
En un latido, una vez superada mi sorpresa, yo le estaba hundiendo la cara en el culo tan profundamente como me permitía la falda, mientras torpe, le acariciaba con la mano derecha dándole besos y suaves mordiscos. Al cabo de unos instantes, con un pequeño suspiro, casi un gemido, vi que con su mano izquierda ella estaba peleando por levantarse la falda. Suavemente aparté su mano y con las dos manos, en un movimiento fuerte, que no brusco, le levanté la maldita falda hasta más arriba de la cintura. Dejando mis manos allí, a ambos lados por encima de sus caderas, para sujetar la falda con los dedos gordos, me detuve un segundo a contemplar con la cara estúpida de quien está viendo el Paraíso Terrenal, sus preciosas y firmes nalgas, enmarcadas por un sexy tanga negro, de esos de "beta ancho", que hacen forma de "y griega". Al cabo de un instante, volví a hundir la cara en sus nalgas, a besarla, morderla, todos los rincones, todas las curvas de su piel. Mientras bajaba hacia la base del culo, ella se inclinaba adelante, acercando sus nalgas a mí y dejando más accesible su entrepierna, su sexo, oculto aún por la suave tela negra. Yo podía sentir su respiración, fuerte, cortada de vez en cuando por suspiros incontrolados, pero no decía nada. Entonces, casi con un golpe de genio, le retiré el tanga hacia un lado y medio agachado, me puse a lamer con deleite la zona entre el ano y el sexo, pasando a su húmedo sexo, comiendo con desesperación, intentando meter la lengua lo más profundamente posible. Entonces, ella en un susurro me dijo "... Espera un momento...". 

Acabó de bajar la escalera, se volvió con dificultad (en la base de la escala había espacio sólo para uno y poco más), con la falda todavía subida y recogida en su estrecha cintura, y arañado su cuerpo al mío, apretando sus pechos contra mí, empezó a besarme con avidez, con mucha lengua, mientras con precipitación sus manos pugnaban por desabrocharme el cinturón y los pantalones. Yo, ya con los pantalones desabrochados, le aparté las manos, le saqué de un tirón hacia arriba su jersey marrón, descubriendo su sujetador, con transparencias, también negro como el tanga. Apoyándose atrás, de espaldas a la escalera, la volví a besar, mientras con una mano le acariciaba el pecho por encima del sujetador, y con la otra mano, puesta en su culo, le hacía restregar su pubis contra mi sexo, aunque ocultos ambos por la ropa interior. Haciéndole caer un tirante de su sujetador bajé por su cuello llegando a su hombro. Empecé a pelearme con el cierre del sujetador, pero antes de que tuviera tiempo, ella, mirándome a algún punto indeterminado de mis labios con los ojos entornados, comenzó a empujarme abajo, cogiéndome por el hombro, luego por la cabeza, situando mi cara otra vez a la altura de su pubis medio oculto aún por el tanga descolocado. Yo, de rodillas en el suelo, le bajé el tanga de una tirón sin dejar de mirar su sexo, depilado, arreglado, con sólo una franja de vello púbico, de unos 3x8 cm, y aprovechando que ella levantaba un poco la pierna derecha para dejarme terminar le de sacar la pequeña pieza negra, aproveché, tomando- la pierna por detrás de su rodilla, para levantarle arriba y apoyármela a la espalda. En esta posición nos miramos los ojos durante un segundo eterno, mientras con la mano derecha yo le acariciaba el reverso de su muslo, subiendo hacia el culo. Yo deseaba tener dos pares de manos adicionales para acariciarla toda. Ella puso suavemente las dos manos en mi cabeza, y me lancé a comer otra vez su sexo, a lamer con deleite, los pliegues y protuberancias de su piel , notando la textura de la miel incolora que segregaba su interior, siguiendo las indicaciones de su voz entrecortada, en medio de gemidos y suspiros, "... más arriba .. más abajo... ssssiii... ... Más rápido ... Ahhhh ... ". 

Medio ebrio de pasión, me di cuenta que ella me tenía cogida mi mano derecha y la presionaba contra su pecho, que sin saber cómo, ahora estaba desnudo, notando su pezón duro y erecto entre mis dedos. Sus gemidos aumentaban por momentos, en volumen y frecuencia. Yo, cercano a la eyaculación, rápidamente me puse de pie sin dejar de sostener su pierna derecha a la altura de mi cintura, mientras con la mano libre, intentaba liberar mi sexo. Era ella quien lo conseguía, tomándolo suavemente hasta introducirlo en su interior, con un espasmo de todo su cuerpo, abriendo la boca como haciendo un grito silente. Yo, fuera de mí, la levanté, cogiendo su otra pierna cerca de la cadera y penetrándola, un instante con mucho cuidado, pero casi inmediatamente comenzándome a mover con desesperación, a ritmo infernal, quemando toda la frustración y toda la pasión reprimidas en tantos años de vida cotidiana, en tantos meses de tener esa mujer allí, a mi alcance, pero sin atreverme a alargar el brazo y hacerla mía. Sus pechos saltaban, ella estiraba uno de sus brazos hacia arriba intentando agarrarse a un travesaño de la escalera mientras con el otro brazo agarraba a mi cuello, emitiendo gemidos, casi gritos de placer. Yo, jadeaba, soplaba, moviéndome totalmente ebrio, sintiendo la calidez de su cuerpo en mi sexo, desesperado, como si el fin del mundo tuviera que llegar de un momento a otro y estuviera esperando para morir así. Al cabo de unos segundos, me decía "...córrete, por favor... córrete... "aumentando aún más el volumen de sus gemidos. Aguanté apenas unos golpes de cadera más y me vacié en su interior gimiendo, aminorar el ritmo, pero sin dejar de moverme. Me quedé unos minutos en su interior, mientras le besaba en la boca, el cuello, los pechos... la boca otra vez. Luego, suavemente, la deposité pies en el suelo mientras nos apoyábamos el uno contra el otro, exhaustos, aturdidos y entumecidos por la adrenalina, entre más besos y caricias. 

Nos limpiamos rudimentariamente con pañuelos de papel, la cogí a cuestas, como lo hacen en las películas los recién casados, y me dejé caer sobre un sofá viejo, cubierto con un plástico que había en un rincón. Después de unos minutos de estar allí, acurrucados sin decir nada, recuperando la respiración, se movió y sin mirarme a los ojos me dijo "... va, que tenemos que ir a trabajar...". (continuará)

La otra


Tiene la boca pequeña pero los labios anchos, carnosos, de un anaranjado o rojo suave, como una puesta de sol. Sus ojos redondos y marrón oscuro suelen transmitir todo su pesar, o toda su euforia en pequeños arrebatos no siempre explicables de manera lógica. No lleva un peinado concreto, más bien una multitud de pelo, eso si, limpios y finos, perfumados por alguna casa de champús de prestigio. Sus pómulos prominentes y las mejillas rosadas ayudan a percibir sus irregulares estados de ánimo, como si de un retrato al óleo se tratara, o un fresco de Michelangelo. Camina con paso decidido, con pasos cortos, levantando apenas del suelo su treinta seis, y un ritmo bastante bueno a pesar de la enorme bolsa colgada en una de los hombros que siempre le acompaña. En la bolsa lleva todo lo necesario para sentirse tranquila, paraguas, medicinas, documentos. A pesar de ello la inseguridad le persigue a menudo, unas palabras a destiempo, un pinchazo en la barriga, un recuerdo inoportuno, un espejo mal colocado. Entonces su bolso le pesa como un gran saco de patatas, y sus pequeños pies no pueden más que arrastrarla hasta casa que es donde más segura se siente y que le dé un poco de impulso. Cuando este estado llega, se despierta algo en su interior, como una bestia dormida hasta entonces en su cabeza, y comienza a morderla fuerte, a herirla, a desangrarla la espiritualmente. Me ha costado tiempo y llantos asumir que cuando esta fiera se despierta, su única vía de escape es el ataque, indiscriminado, sin mirar a quién y dónde. Porque entonces la lentejuela infantil de su mirada se vuelve pura lágrima, y ​​su dulce y graciosa voz en un aguijón. Y la bestia muerde que morderás, hasta dejarnos a ella y a mí extenuados, sin fuerza, con la cara hinchada y húmeda, y con el cerebro seco. No sé cuál es el origen de este depredador, de esta trampa mental, quizás sólo es la vida que de vez en cuando tiene que implorar justicia por alguna parte, y debe llamar aquí estoy yo, ¡quiero que me hagas caso! Cuando la bestia duerme ella sonríe a menudo, con los dientes limpios y ordenados, las mejillas subidas y los brazos abiertos. Faena sin parar, arriba y abajo, y yo la miro, me relaja verla así, y pienso que siempre estará así. Mientras me lamo las heridas, quiero estar listo para el próximo asalto.