sábado, 23 de julio de 2011

Tristeza


Mi niñez... que puedo decir de mi niñez… sé más de ella por lo que me han contado que por los recuerdos que puedan quedarme. De una cosa estoy seguro, no me faltó de nada, soy de esos que se dicen que viene de buena cuna. Sirvienta, niñera, cocinera, costurera, a mi madre no le faltaba de nada y por repercusión, a nosotros, tres hermanas más, menos todavía. Colegio de pago y luego estudios universitarios para todos. No estuvo mal, como tampoco estuvo mal mí intromisión en el mundo empresarial

Otra cosa bien diferente ha sido mi vida sentimental, donde he amado mucho pero donde he fracasado y sigo en ello porque no aprendo. No sé elegir la mujer adecuada para mí, unas veces porque no congeniamos a la larga y otras, las más, porque ellas no me quieren a mí.
De la madre de mis hijos, lo más positivo y que sigo disfrutando, son ellos míos, de lo demás solo diré que he olvidado hasta los buenos recuerdos, que no dudo que los hubiera. De la segunda, a la que quise un montón, los buenos recuerdos han ido diluyéndose poco a poco, como se diluye una pequeña cantidad de  azúcar en una gran taza de café amargo. Sufrí mucho, muy larga, casi dos años, y dolorosa la recuperación. Después hubo un par de escarceos amorosas de escasa duración, mujeres que me quisieron mucho pero que entraron en mi vida antes de que terminara de cerrar la puerta anterior. Lástima, guapísimas y encantadoras y ningún mal recuerdo.

Una vez recuperado y cerradas las puertas de atrás, conocí a la mujer que más huella iba a dejar en mi vida. Con ella puse toda la carne en el asador, estaba seguro que había encontrado mi alma gemela, algo que ella misma pensaba de mí. Estaba dispuesto a que nada saliera mal, pero tenía un inconveniente, era una mujer como a mí me gustan, con carácter y como siempre las he tenido, con problemas y esta no era que tuviera muchos, no, está era EL PROBLEMA hecho mujer. Resultado; dos años más para olvidarla. Dos años en que me fijaba en unas y otras pero que no llegaban a la vara de medir que me había impuesto.
Recuperado totalmente, sigo en lo mío, las sigo buscando con carácter fuerte pero sigo encontrando problemas de comunicación y sobre todo que siempre me fijo en las que más indiferencia demuestran por mí.

Estoy cansado, cansado y triste. Hay días y noches como las de hoy que la tristeza se empeña en alcanzarme tanto como yo evadirla. Pero su habilidad es tanta que me atrapa. Y me sacudo con fuerza para evadirla pero ella es insistente, Me carcome, se alimenta de mis dudas hace un mar con mis lágrimas, crea una tragicomedia con mis estúpidas decisiones y disfruta con esa negrura que se forma en la mente y en el corazón cuando se interponen pensamiento sobre pensamiento, sin descanso, como tortura.

Esta noche la tristeza acecha y yo intento evadirla.

domingo, 17 de julio de 2011

La simplicidad mental


Raúl Algorit se maravillaba de la simplicidad mental que le rodeaba, de cómo las personas tenían razonamientos comprensibles y sin muchas complejidades. El secreto de la felicidad incluso era esa simplicidad, la falta de angustias importantes, tenerlo todo resuelto, y molestar a los demás si era necesario, y agredirlos como fuera posible para mantener su simplicidad.

Raúl Algorit consideraba que un poco de complejidad en la cabeza no estaba de más, que algunas contradicciones podían ser provechosas, que al final no ser coherente y redondo no era ningún crimen. Pero no era de la complejidad mental de lo que reflexionaba Raúl Algorit. 

La simplicidad mental ordenaba que cada cosa debiera tener su color, su lugar y su función, que hubiera órdenes que había que cumplir y ser estricto en todo momento. Que la tolerancia y el respeto por el trabajo de los demás no valían mucho, en el supuesto de que no aportaba nada a uno mismo. El “girocentrísmo” de algunos los llevaba a girar en órbitas estrambóticas alrededor de su ombligo. 

Ser simple mentalmente era fácil, era lo que hacía todo el mundo, no había ningún secreto, ni era necesario que lo hubiera. La simplicidad aseguraba la causa y el efecto, su relación, de modo que obedecer las leyes de la cotidianidad garantizaban unas determinadas prerrogativas, que si otros no tenían era porque se rebelaban contra estas leyes. Raúl Algorit no compartía este punto de vista, pero lo observaba. 

En la simplicidad mental se podía estar cargado de razón. Los elementos eran pocos y se podían combinar fácil y armónicamente, de manera que lo que cuestionara estos elementos podía atacar con dureza y contundencia. Nada podía impedir la simplicidad mental de imponerse a alguien con demasiadas ideas en la cabeza. 

Se puede pensar que las personas se aman unas a otras. Raúl Algorit no estaba del todo de acuerdo. Muchas personas pensaban que amar era hacer daño, que las palabras duras eran sinceras y que había en todo momento que ponerse dramático para ayudar. Raúl Algorit consideraba que estas ayudas eran sobrantes, no las necesitaba, pero en tanto que los otros las consideraban necesarias las tenía que aguantar.

Así pues Raúl Algorit se sentía disconforme con esta obsesión por la verdad que duele, producto de la simplicidad mental, porque lo que hacía mal solía ser categórico, y lo categórico no puede sino ser simple, o provenir de la simplicidad. La complejidad era dubitativa y poco decidida, de un lado u otro aparecían interrogantes, matizaciones y reparos de todo tipo.

Raúl Algorit se desesperaba. Algunas veces pensaba que los otros, o algunos de los otros, estaban empeñados en sabotear, porque escapaba de la simplicidad mental, porque no correligionaria con sus ideas obvias. Se había vuelto poco a poco una persona del todo conformista con algunos aspectos de su existencia. Paciente y listo, sin ataques frontales, porque encontraba que atacar y golpear sólo podía ser señal de falta de complejidad.

Su interior era de un retorcimiento delicioso, al tiempo que era percibido como simple por los de la mentalidad simplista o la simplicidad mental. Aquellos que consideraban Raúl Algorit como una persona explicable fácilmente pensaban que su vida interior y exterior era bastante rica, más rica que la de los demás. Sólo podían comparar en lo aparente, y de apariencia Raúl Algorit tenía poca. 

La cuestión al final no era tener un trabajo, era que el trabajo debía ser lo suficientemente insoportable, ni tener una pareja, sino que la pareja fuera suficiente molesta, en general las personas con simplicidad mental consideraban que la vida debía ser un calvario, que había que hacer la puñeta a los demás y que de alguna manera si no les pinchaban los estaban engañando, haciéndoles creer la tontería que podían ser felices. 

Las razones eran muy diversas desde la simplicidad mental. El mundo era un lugar salvaje, y por tanto había que hacerlo salvaje, de lo contrario todo se derrumbaría. El débil debía sufrir por su debilidad, y el incapaz por su incapacidad. No hubiera tenido ningún sentido que el débil hubiera sentido algún tipo de fortaleza o la incapacidad algún tipo de capacidad. 

Los de la simplicidad mental podían criticar en tanto que tenían algún tipo de superioridad sobre otros que estaban en un estado inferior, de falta de habilidad. Raúl Algorit se rebelaba contra esa idea. La simplicidad mental no podía ser reivindicada con orgullo, y mucho menos podía ser usada en contra de los demás. Pero no atacaba a los que tenían esta simplicidad mental, porque entonces él mismo estaría perdiendo afiladamente su cabeza, y eso le hubiera fastidiado notablemente.

Las cosas iban rodadas para Raúl Algorit. Los valientes y sus ideas atrevidas se deslomaban a trabajar o se quemaban el cerebro pensando todo el día, en las mismas ideas, porque la simplicidad mental no era impedimento para darle vueltas a la misma simplicidad durante todo el día. Ni en mantener conversaciones absurdas durante horas. Raúl Algorit decía bien poco, no tenía interés en revocar las ideas de nadie ni en hacerles cambiar de opinión. 
Raúl Algorit era perezoso, con una razón que no quería compartir. La petulancia de algunos era insoportable. Con sus silencios querían expresar algo, dar una lección o expresar una superioridad. Raúl Algorit consideraba que se les podían meter donde les quepan sus aires de superioridad moral. Por otra parte, cabe decir que Raúl Algorit reivindicaba la simplicidad de las cosas, la simplicidad de la vida y la tranquilidad de estar en paz con uno mismo. 

Podría parecer una contradicción, pero no lo era. Las cosas exteriores eran simples, eran objetos de la cotidianidad y tenían sus mecanismos. No debían ser complicadas. Los objetos interiores eran de una complejidad mayor, respondían a una interpretación determinada del mundo y no podían ser reducidas satisfactoriamente a las cosas exteriores, al menos a unas cuantas. Había que entender que de cosas interiores genuinas había pocas, porque al final todo el conocimiento de una persona proviene del exterior. 

El caso era que Raúl Algorit valoraba las cosas simples y los razonamientos complejos, no al revés. No vivía volcado en la exterioridad sino a la interioridad, y consideraba que no debía revelar lo que pensaba sin consideración y sospesamiento. 

Así pues apreciaba los placeres sencillos y cotidianos, sin muchas extravagancias, y dejaba discurrir su imaginación, que había de seguir sus propios caminos, sin muchas ideas prefijadas, intentando comprenderlo todo a la vez. Mejorar en el conocimiento del mundo, hacerse quizá más sabio, o al menos tener más conocimientos que pudieran hacer comprender mejor más cosas, he aquí sus objetivos. 

Miraba la calle y veía pasar los coches, veía las tiendas, las personas y su manera de vestir, cada uno intentando expresar su personalidad, y lo encontraba relativamente correcto. En concreto en el caso de los coches lo encontraba una tontería, en cuestión de vestimentas quizás también. Raúl Algorit  ocupaba poco o nada de su aspecto, y en algún momento había elegido una pieza de ropa que se había convertido en algo permanente, sin mucho interés por demostrar quién era o quién pretendía ser. 

El queso era el colmo de la simplicidad. Se lo comía por su condición elemental de materia prima. El pan era otra de sus predilecciones, y quizás el jamón. No necesitaba elaboraciones sofisticadas para sentirse satisfecho por una comida, y habiendo comido y dormido, no necesitaba mucho más para sentirse cómodo con su vida. El resto eran ganas de hacer rodar el mundo, de continuar con una civilización, de pensar en que hay razones fuera de la razón, al pensar que un plato elaborado de una manera concreta expresa el significado de los tiempos. Todo ello tonterías. 

Raúl Algorit no estaba muy dispuesto a hacer concesiones a la realidad. Quizá todo ello invitaba a ser de una determinada manera, de tener unos gustos y unas aficiones, de hacer unas actividades u otras, mas él no seguía este razonamiento extraído de la simplicidad. Del mundo sólo quería alimento y cobijo, y algún tipo de fuente de entretenimiento para su mente, mantenerla ocupada y productiva en cosas que no tuvieran una verdadera utilidad práctica.

domingo, 10 de julio de 2011

Una visita al Circo del Sol


Hoy he tenido la inmensa satisfacción de asistir a ver el espectáculo “ Corteo” (en español, Cortejo) que el Circo del Sol nos ha traído esta vez a nuestra ciudad.
Corteo entremezcla la poesía, la música, el dramatismo, el humor, la pasión y la elegancia, dando como resultado un cóctel bien trabajado desde la dirección y presentado de manera magistral por un elenco muy variopinto de personajes y una puesta en escena digna de sus mayores producciones.
La historia se mueve a través de la visión de un payaso, que presencia su propia muerte, una fantasía que nos regala un verdadero cortejo carnavalesco y festivo, donde hombres de carne y hueso demostrarán su compromiso con el arte a medio camino entre el cielo y la tierra. El gusto por la verticalidad queda patente a lo largo de las dos horas de función, con ángeles que contemplan en silencio los pasos de los protagonistas, bicicletas que vuelan, camas que se elevan… El resultado nos sumerge en un mundo casi onírico, pero con personajes muy reales.
Yo es la primera vez que voy a ver el Circo del Sol, pero por lo que sé de los anteriores espectáculos, “Alegría” y “Saltimbanco”, este difiere mucho, y es que Daniele Frizi, creador y director de ‘Corteo’, rompe con la estética futurista e inverosímil de otros espectáculos que han pasado por nuestro país, con vestuarios llamativos y grandes cantidades de maquillaje. Aquí los personajes hacen un homenaje a la comedia del arte y al lado más barroco del circo, e incluso los propios números son un guiño inequívoco a su época dorada, con desfile incluido entre el público y una iluminación capaz de transmitir ese tono añejo del pasado.
Esto no rompe, en cambio, con la idea de espectacularidad que rodea a todas las propuestas del Cirque du Soleil: todos los juegos acrobáticos son representados a la perfección por verdaderos atletas de ambos sexos, que demuestran su destreza con alambres, trampolines, aros, camas elásticas, escaleras y lámparas de araña, quizá uno de los momentos más plásticos de toda la función.
En general nos encontramos ante un espectáculo muy plástico, completo y bien engranado, con una escenografía sobresaliente y una nota muy alta en cuanto a vestuario, música y puesta en escena. Disfruté del espectáculo además de la agradable compañía de mis amigos, los de la famosa 5ª Columna