lunes, 26 de julio de 2010

Un día luminoso


La tarde se presentaba monótona como cada lunes, por eso es el día de la semana que menos me gusta. Debo decir que la mañana no estuvo mal porque a pesar de trabajar de noche y dormir de día, hoy no tenía ganas de perder mi vida en una triste cama en soledad.

Preparado a romper esquemas me subí al coche y me dirigí hacia la city. Al pasar por la autopista y ver el desvío de Manises pensé que un café con Celia seria agradable, como así fue. Siempre es agradable tomarse un café con una amiga a media mañana pero si es con Celia, lo de agradable es por definición.

Volví al pueblo, hice la compra en el super para la semana, lo coloqué todo en la nevera después de pelearme con las arañas que allí campaban libremente y me senté un rato en el ordenador. No me dio tiempo pues mi móvil me indicaba que estaba entrando un sms. Era Amparo advirtiéndome que mi Tapper Ware de la paella del domingo se había quedado en la cocina de su casa y que me pasara a por él. Y así lo hice.

Me recibió en la puerta de la cocina con un modelito de andar por casa que por pudor no voy a detallar. Se fue a ponerse algo más “cómodo” mientras yo charlaba con Amparín, que no es la hija, es su madre, un encanto de mujer. Al final y porque Amparo es otro encanto, me invitó a comer a lo que sin ningún esfuerzo respondí que me apuntaba.

Tenía que dormir, hasta Drácula dormía y yo no iba a ser menos. Me fui a casa y caí en la cama “espatarrao”, como casi siempre. Dormí unas dos horas y media y cuando me levanté la cabeza parecía que me iba a estallar, no sé muy bien si por el calor o por ese vino de Rioja que tanto le gusta a Lola y que quedaba media botella de la juerga del domingo y que yo me engullí.

Chateaba con Amparo y con Jose cuando me llamó Teresa para decirme que andaba por el pueblo y que me fuera a tomarme una cerveza con ella, en un bis a bis mediando una empanadilla de espinacas,

Yo no sé qué le pasa a este grupo de amigos que somos que cuando uno abre la boca todos se la tapan y así pasó. Puse en marcha mi GPS vía satélite y se personaron allí, en la cerveza, nuestra Amparo, Celia, Jose, Juan Carlos y Lola que andaba por el culo del mundo pero que poco tardó también en aparecer. ¡Qué buen rato pasé!

Hay días blancos, hay días negros y otros son grises, pero yo os digo con el corazón en la mano que existen días con brillo y esos son los que paso con mis amigas y amigos, con este grupo que ha hecho que vea la vida con más optimismo. Me alegran los días y me dan en que regocijarme por las noches.

Gracias a todas y todos por ser como sois.

Solo os voy a pedir un favor…

no cambiéis nunca.

jueves, 22 de julio de 2010

Quijotismo


Cuando yo era jovencito, me acostaba con la criada, y ahora que soy mayorcito… no quiere la condenada.

¡No! Eso es una canción, no era eso lo que quería contar.

Cuando yo era jovencito, pasaba mis veraneos de tres meses –eso eran vacaciones y no la mierda que hay ahora- en un pueblo del interior de la provincia de Castellón llamado Navajas. Un hermoso pueblo con montañas, campo, rio y pantano. Un hermoso pueblo para andar en bicicleta por todas partes y sin carriles para ella. Un hermoso pueblo con villas antiguas y casas de pueblo y sin apartamentos horteras. Un hermoso pueblo con un club de campo y sin discotecas pues los guateques los organizábamos en el chalet de alguno de nosotros. Un hermoso pueblo que Joan Fuster describió en su libro “El país valençiá” como el pueblo de veraneo de la mesocracia valenciana.

Mi madre ya me decía por aquel entonces que si yo no tenía problemas ya me buscaba quien los tuviera para intentar solucionarlos. Hoy todavía tengo una hermana socióloga que dice que soy un Quijote, que me deje de luchar contra gigantes y salvar Dulcineas y me mire más mi ombligo. Pero yo soy como soy y a estas alturas de mi vida no pienso cambiar.

Recuerdo una amiga mía que sufrió una caída en su bicicleta y me la llevé en brazos hasta el practicante –no había ambulatorios por aquel entonces- para que la curaran y mi madre me echo una bronca tremenda del susto que le di al verme lleno de sangre. También tengo en mi memoria ir al rescate de otra amiga –siempre mujeres- que había caído al río y yo me tiré para sacarla, abriéndome una brecha considerable en la cabeza por el golpe con una piedra. Pero conseguí sacarla. Otro disgusto para mi madre.

Otra vez, se quedaron varios amig@s en la llamada cueva del reloj atrapados sin poder salir y allá va mi menda a sacarlos y como resultado me quedé con ellos hasta que lugareños especialistas consiguieron sacarnos de tan traumático trance. Y no hablo del día de una desencajonada de toros en los que uno que se quedó suelto arremetió contra mi mientras trataba de subir a una amiga a una reja. Como resultado, una semana hospitalizado.

Y más, y más, y más… podría llenar esta página.

No me arrepiento, yo siempre he sido así, no busco agradecimientos, es mi forma de ser, ahora bien, cuando me noto utilizado me vengo abajo porque me duele mucho, y mi vida también tiene sinsabores porque me he sentido utilizado, y eso no de jovencito. Pero lo importante no está en lo que piense de ti la persona que solicita tu ayuda o la persona a quien se la prestas aunque no te lo solicite, ni tan siquiera está en si hay o no agradecimiento, lo importante está en ti, en el porqué lo haces y si lo haces de una manera altruista. Ese es el secreto de sentirse bien, hacer el bien simplemente por el bien ajeno.

Resumiría todo mi quijotismo en una sola frase de ese genio que fue Albert Einstein;

Comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros mismos.

miércoles, 21 de julio de 2010

Mi bicicleta compartida


¿Qué niño en algún momento de su vida no ha soñado con tener una bicicleta? Los niños de ahora todos tienen una para cada uno, pero cuando yo era niño no era así ni mucho menos; antes poseer una “dos ruedas” era un sueño a veces casi inalcanzable. Había que luchar mucho por tener una, sacar muy buenas notas y portarte muy bien para que los reyes o en tu cumpleaños o alguna abuela o tía generosa te la regalaran; y cuando al fin la conseguías, no era para ti solo ni mucho menos, era para compartir con tus hermanos. Todo era para cada uno y para todos, como ocurría con los mosqueteros: uno para todos y todos para uno. Por ejemplo juguetes como los juegos reunidos Geyper, el Walky-Talky y ni que decir la bici, eran para los cuatro. Porque éramos cuatro para jugar, reñir y hacerse compañía. Había que establecer rigurosos turnos para evitar peleas a la hora de darse un paseo por las calles de Navajas –pueblo en el que pasábamos el verano- o pedalear con ella hasta la ermita o hasta el río. Hay que tener en cuenta que yo era el menor de cuatro hermanos y el resto eran chicas. A ellas les gustaban mis juguetes pero a mi las muñecas solo me servían para blanco de mi tirachinas.
En aquella época me daba rabia no ser rico y no tener una bici para mi solo, pero de otra forma, tal vez, no hubiese aprendido otros valores como el de compartir o ser paciente a la hora de esperar la tanda, que me llevaría a disfrutar de aquella Orbea de color verde, y que me ofrecía mis primeras alas de libertad y de independencia, cada vez que me sentaba sobre su sillín de cuero y comenzaba a pedalear sin rumbo fijo, por los mejores parajes del ayer.

Una observación; mi bici, como podréis suponer, no llevaba barra, era de chica y eso a veces por la crueldad de los niños, me hacía blanco de burlas… pero ese día y en ese momento era mía que por no llevar barra impedía llevar paquete lo que de alguna manera me hacía sentir más libre.