
Dicen que el cuerpo humano es un reloj, que en los primeros 20 minutos mientras se hace un ejercicio continuado no se pierde ni una sola caloría, y que es a partir del minuto 21 cuando empiezas a perderlas. Pues bien, todos los días –y digo todos- salgo a caminar y a correr, a las 8:30 de la mañana, y como sigo al pie de la letra lo de los primeros 20 minutos, pues suelo hacerlos relajados, de precalentamiento, andando ligerito, pero andando. Hoy las cosas se desbarataron… ¡y de qué manera!
Caminaba, pues no llevaba ni diez minutos, y me pasó por el lado izquierdo corriendo una hermosa mujer, en pantalón rojo corto y camiseta gris de tirantas e impregnada de sudor que le daba un aspecto sensual como el que todos deseamos ver a primera hora del día para que este empiece bien. Su sonrisa de oreja a oreja y su movimiento corporal me estaba indicando que arrancara a correr y no la perdiera de vista. Y así hice y ¡ hacer puñetas mis 20 minutos de relax y precalentamiento!, porque el “pre” ya me lo había fundido con solo verla.
Suelo tardar unos 40 minutos en coger fondo, pero en esta ocasión no tardé ni cuatro. Disfrutaba mirándola. Era una chica esbelta, de senos pequeños y porte erguido acentuado por su modo de echar el cuerpo hacia atrás en los hombros, como un cadete joven. Sus ojos verdes, entrecerrados por el sol, me devolvieron la mirada con una curiosidad recíproca y cortes desde su rostro pálido, encantador e insatisfecho. Pensé que en el pasado la había visto a ella o una fotografía suya en alguna parte. Sí; la recordaba, cómo se acuerda el niño abandonado del rescoldo de amor que una vez tuvo; lo mismo que aquel perro vagabundo imagina a su amo en cada esquina, y recordé las cosas que su mano arrancaba, ausencia de un querer apenas esbozado…
Tal vez fuera por eso que el día amaneció de otra manera.
Indudablemente la joven, además de sus menos años, unos 15 menos que yo, estaba bien preparada para el ejercicio físico pues no mostraba un hilo de cansancio y en cambio en mi, después de tan extrema persecución, estaba haciendo mella por lo que estaba pensando en tirar la toalla. Inesperadamente se paró, dobló varias veces su cuerpo por la cintura con las piernas rectas y tocando las palmas de sus manos en el suelo, mientras yo acortaba la distancia que me separaba de ella, unos 100m, con la lengua casi en paralelo con sus manos. Colocando una de sus piernas en un pequeño muro existente en el borde del camino y frotándose el muslo, giró la cabeza hacía donde yo llegaba exhausto y esbozando una leve pero hermosa sonrisa, me indicó con un gesto que me parara a su lado a lo que respondí de inmediato

._Creo que deberías descansar y relajarte un rato -me dijo- ponte a mi lado y haz estiramientos –continuó diciéndome- y si te aburre… hablamos un poco, ¿te parece bien?
¿Qué si me parecía bien? Fue como si me hubieran comunicado que me había salido un pleno en la Primitiva.
Como a algunas otras mujeres, yo la recordaba tan bonita como ahora. Quince años atrás, la conocí en una noche de fiesta… y de pasión. Recuerdo que aquella noche la miré fijamente, para beberme de una sola pasada su sonrisa, su perfume, sus dimensiones, su mejor ángulo. Y también me exploré con detenimiento, para fijar un registro de lo que pensaba esa noche de enero o febrero, porque tenía claro que de esa primera impresión dependerían mis reacciones futuras, cada vez que alguien pronunciara su nombre… Laura.
Era de noche y hacía un frío de cementerio. Tal vez por eso, cuando uno de mis compañeros sacó de una bolsa de plástico una botella de ron, todos nos frotamos las manos. Había gente por todos lados esperando la hora de la celebración en grande. Nosotros veníamos de la capital, a dos horas del lugar donde nos encontrábamos y predestinados para la juerga. En cierto momento, nos separamos en grupos en aquel hermoso pueblo de la sierra del Maestrazgo: algunos querían comprar bufandas de lana y guantes de piel, otros buscaban comida, y otros más querían tomar fotos. Yo me quedé con ella y con los que tenían el ron.Tengo mis propias respuestas. Esa noche, hace quince años, la miré con otros ojos. Esa noche, los dos llegamos a la cita con nuestras mejores intenciones. Algunos recuerdos que creí olvidados no han desaparecido de mi cerebro… otros… nunca salieron de mi ser.
Pero si no recuerdo mal me quedé haciendo footing, o más bien, en el principio de una comunicación no prevista pero si deseada y aceptada por ambas partes.
_ ¿Sabes quién soy?, me preguntó.
_ Claro, ¿cómo iba a olvidarte?, le contesté yo.
_Pues tenía mis dudas de si ibas a reconocerme, han pasado casi 15 años, sino recuerdo mal…
_No lo recuerdas mal, es así… unos 15 años, pero jamás te he olvidado, nunca hubiera olvidado unos días como ese, aunque pensé que nunca te volvería a ver, pero debo decirte que si te hubiera visto en alguna ocasión, te hubiera abordado, no te hubiera dejado ir.
_ Si me viste hace como 4 años. Coincidimos en un restaurante en Sevilla con motivo de los premios Lara, tú estabas acompañado de una mujer muy guapa y yo estaba con mi marido, marido que hoy no tengo, me divorcié. Tus ojos se cruzaron con los míos, sonreíste…
_¡Dios! Yo organicé esos premios, estaba trabajando de una manera más o menos discreta, estaba en todo… menos en ti, por lo que puedo comprobar, aunque tú con tu marido y yo con mi mujer… ¿qué hubiéramos podido hacer?, o tal vez si… no sé, ya nunca lo sabremos aunque lo importante es este momento, este reencuentro… eso es importante, el pasado ya no existe. Yo también me divorcié.
Caminamos y caminamos sin parar, hablábamos de los quince años pasados sin saber uno del otro y preguntándonos por qué no iniciamos una relación en aquel entonces. Ella me dijo que por aquel entonces tenía programado irse a vivir a Bruselas en unos pocos días, pues era traductora simultánea, y aún lamentando el alejarse de mí, optó por el silencio para que nos olvidáramos uno del otro. Que mi corazón se olvidara de ella, si recuerdo que no fue fácil, aunque más que olvidarla la aparqué en ese cajoncito que tiene él donde se guardan, como se guarda en un fondo de armario lo que no usas, pero porque le tienes cariño lo escondes por si alguna vez lo necesitas…
Fuimos muy buenos amigos. Cuando la conocí por aquel entonces yo ya estaba separado de mi primera mujer y ella… nunca me dijo en qué situación estaba pero aquella inestabilidad sentimental forjó una fuerte amistad, no buscábamos nada más.
Después de aquello cada uno siguió su camino. A pesar de que no nos volvimos a ver continuamos en contacto por correo postal durante unos tres años. Seguíamos hablando, todo funcionaba igual de bien que antes con la diferencia de no estar ahora ninguno de los dos comprometido. Yo no sabía qué hacer, si continuar con esta verdadera amistad, aventurarme a un romance ocasional o establecer una relación seria.

Estuvimos juntos largo tiempo. Nos sentamos en un parque vacío de gente con las primeras hojas del otoño cubriendo los jardines. De vez en cuando alguna golpeaba delicadamente el suelo al caer, empujada por el viento... Hablábamos poco, hablábamos despacio, hablábamos mientras nos mirábamos a los ojos. Dicen que los hombres siempre pensamos en lo mismo. Como niños traviesos que llegan tarde a casa, sigilosos y sin hacer ruido entraban los minutos del romanticismo. Los disfracé de timidez y suavemente me incliné para besar sus labios. Ella los apartó sorprendida o asustada y los abrió para lanzarme un sermón en el que venía a decirme que le había defraudado, que yo había cambiado, que ya no la veía como amiga sino como una mujer, que había roto algo muy especial... Creo que tenía razón.
Me pregunto por qué un amigo no puede acceder a lo que pueden acceder los demás, por qué el amor o la aventura no pueden ser una continuación o un privilegio de la amistad. Creo que precisamente por ser amigos y conocernos bien podríamos adentrarnos en otros caminos, no limitarnos a aquel en el que nos movemos. Para ella no, yo era su amigo y tenía límites, era mi rol, no podía cambiarlo, lo que hubo, lo pasado, pasado quedaba.
Se levantó y me dejó sentado en aquel parque, con un amargo adiós, solo y con cara de tonto. A ver cómo lo arreglo ahora... Sopló el aire y se arremolinaron las hojas secas haciéndolas sonar al rozar con el suelo. Tenía la impresión de que se reían de mí, que se habían entretenido jugando con mis sentimientos y había caído en su engaño. El mismo viento me acercó las páginas del periódico que se reparte en los bares. Sin ningún interés me puse a ojear la jornada de liga. Estaba dándole vueltas a lo complicado de esta relación cuando me ayudó el entretenerme con los resultados de fútbol, bastante inofensivos, me sirvieron para relajar a mis desconcertadas neuronas.
Si nos hubieran visto, estábamos ahí sentados frente a frente y hablábamos de todo un poco y todo nos causaba risa como dos tontos Y yo que no veía la hora de tenerla en mis brazos y poderle decir que la deseaba.
Desde el primer momento en que la volví a encontrar -y hacía tiempo que la buscaba- ya la imaginaba así- Y de pronto nos rodeo el silencio y nos miramos fijamente uno al otro Sus manos entre las mías Tal vez nos volvamos a ver… tal vez, aunque creo que moriré si no la vuelvo a ver. Creo que la quise siempre y creo que la sigo queriendo, aunque no es tan fácil de decir y defino lo que siento con estas palabras… Te quiero, pero…