lunes, 27 de junio de 2011

Conxeta


Siempre le habían gustado las rosas, sobre todo las blancas. Por eso, cuando tuvo que decidir qué plantaría al pie de la valla que separaba su jardín del vecino, no tuvo que pensar mucho. De entre las numerosas variedades, le recomendé, hace ya unos 20 años, las Comtesse du Murinais, estirpe de rosal antiguo de finales del XVIII que, según le expliqué, hacen unos pétalos de doble capa, apretados y vigorosos, que perduran más que los de las rosas comunes. 

Cuando se levantaba, nada la hacía más feliz que asomarse fuera para admirar la belleza de aquel estallido de capullos y oler el aroma dulce e intenso que le llevaba el aire de la mañana. Nunca consintió que nadie cortara una sola flor de su jardín "Dos días es poco tiempo para nosotros, pero para ellas es toda una vida!" -Le había oído decir más de una vez-. "Tienen que poder envejecer sin que nadie ni nada se las quiebre la vida antes de tiempo"-proseguía, con un tono de voz apacible y suave, siempre acompañado de una sonrisa. Habría dicho que aquella mujer menuda, de facciones dulces y armónicas, compartía con las rosas el proceso efímero de su existencia, desde el nacimiento hasta la muerte de cada una de ellas. Cuando se acercaba para acariciarlas, se podía percibir el amor y la ternura que desprendían esos ojos almendrados, de color de las violetas. 
A pesar de la edad, conservaba el rostro juvenil y la expresión inocente, una inocencia natural que la hacía encantadora. Siempre pensé que, de joven, debería haber sido una mujer muy hermosa. LaSeñorita  Conxeta, tal y como todo el mundo le llamaba, ya pasaba de las sesenta cuando yo la conocí. Nunca se casó ni se le había conocido ninguna relación formal, aunque las malas lenguas hablaban de un amor secreto de juventud. Los más malintencionados incluso se atrevían a afirmar que el hombre que la había seducido era un casado del pueblo de al lado. También decían que, cuando se extendió el rumor, un sector del pueblo le volvió la espalda, pero ella siempre se mostró indiferente a las miradas insidiosas y los comentarios maliciosos que se hacían en voz baja. Desde detrás del mostrador de la mercería, atendía a todo el mundo que entraba con la misma amabilidad y cortesía. Era una mujer educada y culta pero a la vez lo suficientemente humilde y discreta como para no hacer ostentación. 
Sin embargo, lo que más destacaba de su carácter era la generosidad, tal como podía comprobar cualquiera que se le acercara para pedirle ayuda o consuelo. Estoy convencido de que la Señorita Conxeta era capaz de percibir pequeñas chispas de bondad incluso en aquellos seres humanos que actuaban con maldad y miseria. Sabía amar. Y, por encima de todo, sabía transmitir ese amor. No sólo a las personas, sino también a las rosas blancas que crecían en su jardín. Esto es lo que iba pensando mientras paseaba, de vuelta a casa, por el camino bordeado de cipreses que hay delante del cementerio. Hoy, todo el pueblo estaba aquí para acompañarla en su entierro. La muerte de laSeñorita Conxeta ha sido repentina y nos ha dejado sobrecogidos a todos.
Cuando he pasado por delante de su casa, me ha parecido que incluso las rosas, que siempre había visto de un blanco inmaculado, habían amarilleado. Y he tenido ganas de explicarles lo que tantas veces le había oído decir: "Vivid y envejecer. Que nada ni nadie te quiebre la vida antes de que sea el tiempo de morir". Claro que a mí no me habrían podido escuchar. Me hubiera hecho falta su voz. Cuando estaba justo delante de su casa, he visto como una rosa blanca, aunque a medio abrir, se desprendía y me venía a caer a ras de los pies. La he recogido y me la he aproximado al cuerpo, como si quisiera consolarla por aquella muerte precipitada.
No conozco todo el lenguaje de las flores, pero habría dicho que, a través de los pétalos que se le iban desprendiendo, compartía conmigo su tristeza. Yo la he mimado con los dedos y, en silencio, le he prometido que la conservaría. Incluso he pensado en el libro, Una pequeña muestra de manzanas de Paul Eluard, que será el encargado de acogerla entre sus páginas. Me ha parecido rendir tributo, aunque modesto, a una mujer que vivió, envejeció y murió cerca de las rosas blancas.

martes, 21 de junio de 2011

Orgasmo


Anoche hacía mucho calor y no estaba dispuesto a rodar en la cama como una salchicha en el asador por lo que decidí salir al pueblo a tomar un café granizado o una orxata.
No estamos de fiesta mayor pero las terrazas, un lunes, estaban a tope y me he encontrado con Marta, una vieja amiga del barrio de Marqués del Turia de la capital. El caso es que no nos vemos a menudo y cuando lo hacemos solemos recordar ciertos momentos pasados, en otro lugar y en otro tiempo,
Bromeando y sin saber porqué (o si) hemos acabado hablando del orgasmo femenino, pero no de si es clitoridiano, vaginal, anal o bucal no, no, hemos hecho un estudio sobre las onomatopeyas del orgasmo, sobre que decís las mujeres cuando estáis llegando al clímax del acto. Y los hemos clasificado por grupos. 
Los más habituales suelen ser el orgasmo positivo de toda la vida "síiiiiiii siiiiii" pero también tenéis los simples o vocálicos tipo "aaaaaaaaaah ahhhhhh", "ooooooooh ooooooooh" que si se fornica en silencio se convierten por arte de magia en consonánticos "mmmmmmmmmh" "mmmmmmmmmmh", "ffffffffffffff" "ffffffffff". 
Después hay un grupo que son los sagrados o divinos "oooh dios miiiooooo", "oooh señor", "dioooosss dioooss", "hostia santa". Otros los hemos llamado indicativos, que son los del tipo "aquí, aquí" por si ves que la pareja pierde el hilo y los indicativos de refuerzo que le señalan que ya ha encontrado el lugar exacto que os da gustito "así, así". Claro que a veces cuesta encontrar ese punto y el orgasmo se convierte en un concurso de perros pastores estilo "izquierdaaa, izquierdaaaa,, para, para, rápido rápido, derecha derecha, arriba arriba" que no nos damos cuenta pero para la pareja ha de ser un mareo, sólo os falta decirle "quieeeeeeetooo, yace aquí!". 
Total, hemos llegado a la conclusión de que el orgasmo dice mucho de una persona. Por ejemplo, si es glotona oiremos un "máaaasss máaaaassss", si es autoritaria soltará un "no pares, no pares" ... Ahora, las mejores sois las mujeres generosas que animáis a vuestros queridos con un "que buenoooo que buenoooo", eso nos sube mucho la autoestima y nos ayuda a mantener la cosa bien firme, tal como os gusta. También nos hemos dado cuenta de que sois algo sosas, poco originales y repetitivas. Casi siempre decís lo mismo porque claro mientras estáis allí con todo el éxtasis dudo que os plantéis que dirás y como lo dirás... Sabiendo esto, mujeres, amigas, pensad en los vecinos: que oír siempre lo mismo, pobres. Llega un punto que ya saben incluso en qué momento del acto estáis, si te falta mucho o no para acabar. Por lo tanto, hay que hacer un esfuerzo y procurar innovar, no para vosotras sino para ellos, para los vecinos, que ya que os tienen que aguantar y envidiar al menos que la función sea variada y entretenida. Con un poco de suerte ¡os acabarán aplaudiendo y todo!

jueves, 16 de junio de 2011

Recuerdos de discoteca


Nunca he sido el rey de la pista, ni siquiera el príncipe o algún miembro de la aristocracia discotequera pero sí he sido un asiduo de estos locales en algún momento de mi vida. Recuerdo esta etapa con ambivalencia, tocado por un sentimiento de nostalgia difusa y a la vez por una cierta prevención que hace que, con los años, haya confeccionado un recuerdo manipulado, como todos los recuerdos, no muy grato precisamente. Las imágenes que me vienen son las de una espera interminable en un parking, dentro de un coche destartalado, sintiendo el viento por todas las rendijas y ranuras, percibiendo la propia pequeñez ante del tiempo desatado en medio de un paisaje infinito . Y a mi lado un amigo mío, fiel, callado, respetando mi silencio, como si ambos estuviéramos afectados por la misma enfermedad: la soledad, un sentimiento compartido pero incomunicable que nos atacaba imperativamente las tardes de domingo.

La discoteca estaba casi vacía cuando entrábamos. Entre la penumbra, avara de luz el local en aquellos momentos, veíamos las camareras, inaccesibles, con una profesionalidad empapada de rutina, preparando todo para la masiva entrada de jóvenes, ávidos de diversión y de alcohol. La canción que sonaba, en estos prolegómenos de la horterada posterior,  era invariablemente "Can´t Get Enough of your love baby " de Barry White, ese toque de batería y esa voz inconfundible que impregnaba de notas de buena música, sin que sirviera de precedente, la calma efímera que señoreaba el local hasta la irrupción en tromba de toda la juventud.

Cuando llegaba el grueso del pelotón, las luces se encendían y Barry White se iba al carajo, barrido por los éxitos del momento, canciones compuestas con la base de un buen sonido de batería que se iba repitiendo con pocas variaciones en la melodía (si es que había) Una de las que sonaban más y que aún se podía aguantar (al menos, mi recuerdo no le ha tratado tan mal) era 
" Stuck in the Middle with you " de Stealer's Wheel (que hizo famosa Quentin Tarantino en su Reservoir dogs) que animaba la concurrencia y hacía salir a todos a bailar.


Para ser sincero he de confesar que nunca he ligado en una discoteca. Es más, dudo mucho que alguien lo consiguiera. Afortunadamente en otras ocasiones en las que no había música por medio sí pude tomar contacto con algún elemento del sexo femenino, con resultados diversos según el caso. La razón de esta imposibilidad hay que atribuirla al “chumba chumba” omnipresente en estos locales que convertía en absolutamente inaudible cualquier palabra que saliera de una boca humana. El ritmo de la percusión era tan exagerado que sentías retumbar la caja torácica como si quisiera hacer la competencia al mismo corazón. Claro que el ruido podía disimular los latidos y de esta manera suavizar un poco los efectos de la timidez pero excepto en el breve espacio de tiempo en el que "tocaban lentos" la conversación alcanzaba tonos de heroicidad ya que las palabras eran dichas casi gritando, con la mano ante la boca formando una especie de embudo y acercándote todo lo que podías a la oreja de tu interlocutora. Ahora, estimulado el hilo de la memoria veo que tengo que rectificar. Una vez, en una discoteca de la Ruta del Bacalao, muy famosa en todo, mi amigo M. y yo bailamos con unas chicas muy simpáticas y que no estaban del todo mal. Fue inmediatamente después del “chumba chumba” y cuando empezaba el primer lento que nos abalanzamos sobre las que teníamos más cerca y para sorpresa nuestra, ante la obligada pregunta, nos dijeron que sí. Nos comentaron que normalmente iban a una discoteca bastante conocida en su zona pero que en ese momento estaba cerrada. Después de la música paró, nos faltó tener la cabeza clara para saber que se debía hacer en ese momento y cuando nos dimos cuenta ya se habían perdido entre la multitud. Fuimos unos barquillos.

Aparte de los que "buscaban"  estaba el grupo de los que "ya habían encontrado". Estos no bailaban (no estaban allí para quemar aceite). Nada más empezar se escondían con sus parejas en los oscuros reservados y allí comenzaban las sesiones de morreo y manoseadas que cada vez subían más de tono, hasta el punto que se comentaba (leyenda urbana o vete a saber si no era cierto) que alguna pareja había pasado a la acción (naturalmente si la chica llevaba falda) y el chico había "mojado el bizcocho, mojado el borrego o puesto el burro en el porche", alguna de estas expresiones tomadas de un compañero de un amigo con el que nos habíamos reído mucho con la ocurrencia.

La vuelta a casa se producía en silencio. Creo que no nos podíamos desembarazar de una sensación sórdida y extraña de hacer el ridículo, un ridículo permanente que se repetía semana tras semana y que iba acompañado del profundo convencimiento de estar perdiendo el tiempo, un tiempo que, por otra parte amenazaba como una espada de Damocles y esperaba su turno en forma de lunes temido y odiado, inevitable trance que se divisaba funesto detrás de las últimas horas de aquel otro domingo desaprovechado. El coche se tragaba la noche, las luces apartaban por un momento las tinieblas que nos volvía a envolver. Los presagios nos cautivaban. Por contraste, después de aquella obscena acumulación de decibelios, de la algarabía ahogadora de la discoteca, en el habitáculo acogedor del vehículo destartalado, nuestros pensamientos volaban libres, por separado, cada uno encerrado en el escondite seguro de su propia concha
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