viernes, 26 de agosto de 2011

Debilidades (y estrategias)



Antes de entrar en la lavandería, observa su reflejo en el cristal: comprueba que la camiseta nueva marca bien las curvas y resalta el color verde de sus ojos, hoy maquillados con cuidado.
Satisfecha con lo que ha visto y decidida, entra y recorre el local con la mirada.
Poca clientela, a esta hora. Una mujer extrae ropa. Un hombre espera, el ruido que le indica que el aparato está centrifugando y pronto acabará. Si la suerte no le da la espalda, esta podría ser la oportunidad ansiada.
Eva se dirige al encargado, un joven habitualmente silencioso, para pedir cambio. Como es costumbre en él, le da las monedas sin levantar los ojos, dirigiéndose a ella con un rutinario "Gracias por utilizar nuestro servicio". No se sorprende; hace tiempo que lo observa y sabe que siempre responde a todos con esa cortés indiferencia, pero pensaba que la camiseta nueva quizás atraería su mirada. No ha sido así.
Se va hasta una de las máquinas pequeñas, de poca carga, abre la portezuela. Mientras la mujer se marcha, el hombre recoge la colada, ella coloca celosamente las piezas y cierra. Cuando el último cliente sale por la puerta, Eva se dirige al encargado y le explica su percance: ni puede abrir ni se atreve a poner en marcha el aparato, algo ha quedado enganchada en el tambor y podría dañarse. Al chico no le queda más remedio que moverse: al acercarse a ella, Eva percibe el olor de macho joven, se le aceleran los latidos y siente cierta debilidad en las piernas. Él trastea, se sale, abre y despega la pieza. Entonces, la mira. La mira atentamente. Le clava los ojos en el rostro, descubre los iris esmeralda, recorre las curvas que marca la camiseta nueva. Le entrega el tanga provocador.
-Ya está.
Y ella sabe que sí, que ya está conseguido el propósito. Ha salido perfecto el plan que ideó aquel día en que, por pura casualidad, escuchó el secreto del chico. Le confesó a un colega la debilidad irresistible, casi fetichista, que siente por la lencería femenina. Y los ojos verdes.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Mis animales perdidos




Si nunca te han amado no te puedes perder. Tú mismo eres la pérdida definitiva, el errante judío sobre el agua. Sólo si has sido amparado puedes conocer que te han dejado solo. 
Hay pequeños animales de pelo metidos en los escombros de la casa. Muy dentro de mí. Siempre se ha mojado la desolación. Conejos de patas cortas, perritos de bruces puntiagudas, gatos viejos y heridos. Los conozco, pero no los recuerdo. Trasiegos innumerables me traen aquí y allá, sin descanso. Imposible detenerse, volver atrás, encender el fuego. La vida es una vorágine odiosa: tienes que comer para poder levantarte. Pienso tiernamente en la vida sin mí. En las trifulcas en que ya no intervendré. Sólo deseo descansar. No busco la muerte, no. Sólo es que no se me ocurre otra manera de estarme una temporada sin trabajar, sin aparecer, siendo invisible.. Pero soy un obediente inquilino de esta vida, y me inclino a las leyes químicas que se me imponen. A veces, mi cuerpo se abarquilla. Afina la piel, abre los opérculos como un tejido de clorofila lo hace bajo la lluvia, recibe innumerables andanadas del exterior que no puede responder ni combatir. A menudo enferma debido a esta involuntaria promiscuidad. Seriamente divago sobre la empatía no buscada, una actividad muy peligrosa. Si fuera cierto y quizás lo es que algunos vivientes funcionan como parásitos energéticos, debo ser una víctima propicia. Pero ser una víctima me pone de muy mala leche, y entonces escucho música de Linkin Park a toda hostia, o hago ver que aún tengo el corazón joven. Tener el corazón joven es como tener una cristalería para los días de fiesta. Una copa o dos siempre terminan rompiéndose entre el fregadero y el lavavajillas, pero todo lo demás se conserva nuevo y brillante, y no es el caso que nos ocupa, mi corazón concretamente, que se parece más a estos vasos altos y gruesos del Ikea, que se utilizan varias veces al día, reciben golpes ahora sí y después también, y se vuelven opacos de tanto lavarlos, aunque duran bastante porque son como blindados, y eso está bien, pero no vamos a buscar brindis de filigrana ni espíritus de juventud. Cuando tienes la piel así que te entra todo sin filtro, te acabas poniendo enfermo. A veces este estado puede durar toda una vida. Hay gente de este tipo, por ellos, la empatía resulta una broma un poco pesada. Otros acaban regulando la situación, y sólo les entra lo que quieren. Yo no sé ya por dónde navego ni si he regulado algo o me han abducido los vampiros de energía, más que nada porque ya no recuerdo las sucesivas experiencias. No recuerdo gran cosa de nada, y eso es una bendición ya veces un mal rollo. Por eso escribo sin orden ni hilo conductor, el hilo se rompe, el que conduce va pasado de vueltas o no llega a los mínimos, y escribir no cuesta tanto como pensar. Puedes sonreír y sonreír y ser un malvado. Puedes escribir mucho y no saber nada de nada. Esto es un mal. 
Tengo animales abandonados en todos los lugares de este mundo, que voy perdiendo y perdiendo. El mundo y los animales. Para distraerme de tanta angustia, imagino vidas lejos de aquí, lanzadas al espacio exterior sin cámara de oxígeno ni impermeable para lluvias de electrones. Imagino el vuelo sin motor, sin alas, que cuestan tanto de manejar y mantener. La serenidad del espacio donde duermen entidades víricas y llamativas en las fosas emergentes de los agujeros negros, que un día u otro acabarán girando como un calcetín y llenarán todo el universo de colores y música de rock melódico. 
Mientras esto no ocurre, vagar por innumerables barrios de mi ciudad declinando, a ras del suelo, descubriendo ínfimos espacios que se van haciendo inalcanzables a medida de irlos observando al microscopio. Grande, pequeño, que importará a estas alturas qué es cada cosa; ¿de qué hablamos al final: de medidas, de estragos, de potencia, de física o de clínicas odontológicas...? ¿Qué resultará más grande y en qué momento o en qué estado, gaseoso o metálico o poético...? ¿Soy  mayor por el impacto que dejo en la tierra -sedimentos e hijos- que la roca que gira en el espacio, cubierta de un vello de ADN de vete a saber de quién, o es mayor la luminaria una pequeña estrella sin satélites donde mirarse, o el carbono primordial que se compacta en silencio, o la próxima bacteria mutante que reinará en todos los tramos digestivos de las lombrices de tierra...? Sí, eso reflexiono, en ratos de ocio, para no sufrir tanto los problemas de verdad. Y como aún no puedo definir las palabras con las que me expreso o que me definen, vuelvo sobre ellas como un pez horrible de balsa fría, lleno de dientes afilados y ojos de pájaro loco que se retuerce sobre la mano que lo coge por la cola: verdad, palabra gastada y quiebra, que ha perdido significado en la escalada del conocimiento, al igual que otras palabras del mismo ramo: bien, mal, amor, fe. 
No dudo que van bien por mal describir el día a día del amor humano y de la fe que aún nos mueve a los incondicionales de Blade Runner de la primera versión. Nada, era para decir una frase con todas estas palabras juntas. Ahora, digamos la verdad-otra palabra de la lista de memorables: todo es relativo, como decía un sabio, pero lo es tanto, de relativo, que ya no sabes dónde tienes la mano derecha. Los cristianos del reino de este mundo y del otro ya lo decían y me parece que a veces todavía lo dicen. Que una mano tuya no sepa qué hace la otra. Era algo parecido, al menos. Ellos dan por supuesto que ya lo sabes, donde tienes cada mano. En este sentido, los cristianos y yo somos extremos opuestos, pero no por ello incompatibles. Quiero decir que si mezclas conceptos, como hago yo abasteciéndome siempre, es natural que salga tal pisto de tomate y pimiento. Yo presupongo, claro, que no sé qué mano es cada una y que no sé tampoco dónde tengo la cabeza. Entonces, es muy difícil tener fe, esperanza, o caridad, u otras cosas aún más virtuales. La verdad es una entidad tan compleja que por fuerza ha de acotar continuamente. Pero acotar es cansado, porque tienes que utilizar argumentos, y yo sólo quiero que no haya tantas viejitas solas por la calle cuando hace frío y quiero correr por el campo ahora que todo está precioso y sobre todo poder tomar café a todas horas. Y no llenarme de tristeza cuando siento que he dejado tantas cosas a medias, tantos animales detrás de mí, que no puedo recuperar. Ni las cosas, ni a los animales. La felicidad es una ventana abierta con el vidrio lleno de claros, por donde entra un buen sol, después de una mañana nublada, con el portátil encendido y el gato durmiendo sobre la mesa – si es que lo tuviera-. Sí, no conozco otra felicidad que ésta, que ya es mucha y quizá demasiado, porque de buena tinta sé ​​que hay personas que tienen frío siempre, o están enfermas, o viven en un mundo donde los gatos tienen el valor de lo que pesan y donde no hay portátiles que se puedan utilizar. Y a la vez que me siento desolado por estas y otras certezas, sigo buscando espacios por donde perderme en defensa propia. Tengo un mapa de los barrios de la ciudad y de las diversas posibilidades: vueltecita, pequeño paseo, medio barrio, largo recorrido. Estoy haciendo un trabajo de campo exhaustivo a base de examinar variantes diversas: tráfico, tipo de gente, ruidos, obras, velocidad de los peatones, tipo de conversaciones escuchadas o su ausencia, estado general de lucidez, edades predominantes, bicicletas en tránsito, número de perros con correa o sin ellas - brillantes, tristes, pretenciosos - y sobre todo, situación de librerías y pastelerías, por si en cualquier esquina nos entra el mono, o sea el hambre del alma o del cuerpo , y nos encontramos lejos de casa y de nuestra nevera. Soy el convidado de piedra de todos los barrios, me paro en las esquinas, miro a la gente y las pintas que hacen, no me meto casi nunca en ningún trifulca, no siento que haya niños o perros por medio, a veces hablo con viejecitas que hacen cara de buenas y se tambalean por la calle, para escuchar su voz y ver de cerca sus ojos de muñeca. Las chicas con rastras me gustan bastante, aunque no hay que generalizar. Hay barrios que parecen lugares de paso, siempre con gente que hacen cara de tener prisa, y todos rígidos dentro de una ropa que no les cabe, y que abren de muy lejos sus coches con el mando, para no perder tiempo, hay barrios oscuros con bares pequeños y tiendas de comestibles, hay barrios con plazoletas llenas de gente sentada, viejos, niños, que observan la gente que pasa, hay otros barrios en las afueras, con grandes edificios de pisos a medio hacer, con aceras anchas y arbolitos delgados con listones atados para que crezcan rectos, con bandas de chicos amontonados en los portales y gente que pasea el perro. Pero este estudio es improductivo porque su vaguedad de contenido no aprovecha a nadie excepto a mí, que hago ejercicio, percibo el fresco y encima paso un rato distraído. O sea que ya es mucho y no pido más. Olvido largas horas a mis animales perdidos y ella huele todas las esquinas y de paso se mea. Después, en la relativa calma de la noche, las pérdidas se vuelven a hacer grandes y terribles, y me atacan aunque la Nani duerma en mi almohada y Tresky –mi otro imaginario animal- haga rruuuu-ruuuu a los pies de la cama,  dando cuarenta vueltas antes de encontrar la postura ideal aplastado entre el nórdico y mis piernas. No se debe subestimar el calor de los pelos de sus corpiños de perro y gato de casa buena, aunque de vez en cuando una pulga eufórica pase de unos a otros, con las prisas de lo que quiere subir a todas las atracciones del parte temático en que se convierte nuestra habitación, de noche, entre respiros, soplos, patadas, estornudos, maullidos y zumbidos en la oreja. A veces, pienso que yo también soy un animal perdido por alguien que me amó y que no recuerdo. A veces, imagino que de mi deambular sin cesar por todas las calles, no acabaré encontrando la coyuntura, quizá estoy buscando algo sin saberlo. Y que un día, algún portal del barrio viejo se abrirá a mi paso para tragarme hacia una especie de agujero negro de todos los barrios, donde van todas esas cosas bellas que tuvimos y que nos esperan, paseando por anchas aceras con árboles magníficos y casas pintadas de colores, con jardines, bajo un espléndido sol de primavera, en un aire fresco de olor a tinta nueva y pan recién salido del horno.

Linkin Park
http://youtu.be/1yw1Tgj9-VU

sábado, 13 de agosto de 2011

40.000 visitas


Gracias por leerme.

La llamada


El teléfono sonó un par de veces antes de que Laura lo cogiera. Se imaginaba ya la voz de Raúl al otro lado, volviendo a dar una excusa increíble para no quedar con ella. 
-¿Si? 
-Hola, Laura. 
La voz de Raúl sonaba profunda, grave. Nunca antes lo había sentido así. Inmediatamente, Laura empezó a preocuparse. 
- Raúl, ¿te pasa algo? 
-Laura, siento tener que decirte esto, pero…
-¿Qué pasa? 
-No puedo ir esta noche. 
Bingo. Estaba muy bien hasta lo alto de aquella historia. Si no estuviera tan colgada de aquel desgraciado haría tiempo que lo habría mandado a la mierda. Pero siempre acababa haciendo oídos sordos y perdonándolo. 
-¿Qué tienes, esta vez? -Dijo, apática. 
-Es, simplemente... que me será imposible, Laura. 
Laura permaneció unos instantes en silencio. Ese tono de voz era muy extraño. Demasiado. Seguro que quería decir algo más. 
-¿Podrías decirme que coño te pasa, Raúl? 
-Escucha, Laura. 
-¿Qué quieres que escuche? Estoy cansada de tus excusas, Raúl. Mis amigas me dicen que debo llevar más cuernos que cabellos, al fin y al cabo, nunca estás cuando te necesito, y sólo apareces cuando quieres algo de mí, o cuando quieres follar... ¿qué quieres que escuche, Raúl? 
Laura rompió a llorar. Incontroladamente. Pero un extraño silencio al otro lado del teléfono hizo que recuperara el comportamiento. Los llantos se fueron transformando en un imperceptible hipo, y luego esaparecieron. Sólo dos enormes lágrimas negras de rimmel corrido sobre las mejillas, y un ligero tono rojo en la mirada podían evidenciar que Laura había llorado. 
Afuera continuaba lloviendo como si al día siguiente tuviera que partir de nuevo el Arca de en Noé. 
-Laura... no nos veremos nunca más-dijo la voz de Raúl. 
-¿Cómo? -Dijo, con sorpresa, Laura. 
-Ya no nos veremos nunca más. No vendré hoy... ni nunca. 
-¿Pero a qué viene esto? -Preguntó Laura. Su voz volvió a temblar, y, nuevamente, las lágrimas afloraron a sus ojos. Aunque, esta vez, fueron silenciosas. 
En cierto modo, Laura creía que este debía ser el desenlace de aquella relación que sólo le había traído disgustos e infelicidad, pero el anuncio repentino del fin de todo le pareció excesivo en su vehemencia, injusto por el propio hecho de que, quien determinara que todo se acababa, fuera, precisamente, el culpable del deterioro de la pareja. 
Un nuevo silencio extraño se instaló entre los interlocutores. Laura se incomodó. 
- ¿Raúl? 
-Laura-volvió a decir Raúl, y su voz parecía triste, lejana, afligida 
-¿Si? 
-Sólo quiero que sepas que te quiero, que siempre te he amado, y sé que no me he sabido comportarme contigo como es debido; quiero que sepas que lo siento. Lo siento mucho. 
La llamada se cortó. Un larguísimo relámpago dio paso a un trueno ensordecedor.
Laura se quedó con el auricular en la mano y por unos instantes no supo qué hacer. Después colgó, dispuesta a llamar a Raúl. Aquella conversación no podía quedar así. 
En el mismo instante que Laura colgó, el ​​teléfono volvió a sonar, haciéndola dar un salto asustado. 
-¿ Raúl? -Dijo. 
-No, no soy Raúl -dijo la voz de Juan, un amigo de Raúl, amigo postizo de Laura. 
-Oye, Juan, necesito hacer una llamada urgente. ¿Por qué no me llamas de aquí a un rato? 
-No, no puedo, Laura. Tengo que decirte algo. 
-¿Tú también? -Dijo Laura. 
¿Qué quieres decirme? Es igual. Laura, tengo que decir algo muy grave. 
¿Qué? -Dijo Laura, nerviosa, pensando que no podía haber nada más grave que lo que le acababa de decirle Raúl. 
-Oye, te llamo desde el Hospital... Raúl... Raúl está muerto-dijo Juan. 
-¡No puede ser! -Exclamó Laura. El corazón le subió a la garganta inmediatamente, y un silbato le estalló en los oídos. 
-Hemos tenido un accidente con la moto. Yo lo llevaba a casa, pero con esta lluvia... 
-No puede ser, ¡acabo de hablar con él! -Chilló Laura. 
-¿Ahora? Laura, hace una hora que ha pasado. Él... él ha muerto en el acto. Perdona que sea tan duro, pero eso que dices ¡es imposible! 
Laura colgó el teléfono y lo estuvo mirando unos momentos de aterradora comprensión, justo antes de desmayarse….