martes, 23 de noviembre de 2010

Una noche mala de verdad... ¿o no tanto?


La noche es fría. Mi habitación está a oscuras con la sola tenue luz de la pantalla del ordenador. A través de la ventana entra la claridad de una Luna llena que esta noche la siento de una manera algo especial y que no llego a entender. Me duelen los huesos, las articulaciones, la boca… y noto fuego en mi pecho. Parece que esta vez la maldita gripe me ha cogido bien entres sus tentáculos como si de un pulpo gigante se tratara, La piovra, le llaman los italianos, aunque más bien es un término más aplicado a la Mafia. Es lo mismo, los dos aprietan por igual.

Sudo, sudo mucho, debe ser la fiebre, debería ponerme el termómetro pero estoy tan dolorido que no puedo levantarme de la silla donde estoy. Quizás debería hacer un esfuerzo, aunque lo más que me va a indicar el termómetro es que estoy jodido, y eso desgraciadamente ya lo sé. Tengo un mal sabor de boca que nunca había tenido, sino fuera porque no es posible, diría que el sabor es azufre. Es un sabor que ya probé una vez cuando escalé el Cotopaxi ecuatoriano, uno de los volcanes más altos del mundo, nunca lo olvidaré, como tampoco el desagradable olor a sulfhídrico.

Hago un esfuerzo y bajo a la cocina para hacerme un vaso de leche para quitarme el mal sabor de boca. Abro la nevera, pillo un filete de buey y sin saber porqué me lo engullo sin pasarlo por la sartén. Esto no es normal.

Curiosamente me encuentro mejor. Parece que se me están agudizando los sentidos, me he quitado las gafas, no veía con ellas y ahora, sin ellas, veo perfectamente. Salgo a la ventana y observo la Luna llena, siempre mostrando la misma cara. El hemisferio visible está marcado con oscuros mares lunares de origen volcánico entre las brillantes montañas antiguas y los destacados cráteres de impacto. Es curioso, lo veo casi a la perfección y me hace sentir bien.

Estoy otra vez sentado al portátil y oigo un tintineo difícil de localizar. Es como si una mujer, no profesional, tocara el piano y se le oyeran las uñas dar contra el teclado… ¡Vaya!... son mis uñas, ¿pero qué les pasa? Han crecido.

Me retuerzo de dolor, parece que mis huesos se estiran, pero eso solo pasa en la adolescencia y esa ya hace mucho que la pase. Mi vello va creciendo por momentos y oscureciéndose, incluso en la cabeza. Más de media vida calvo y ahora… no sé qué está pasando.

Oigo un desgarro, son mis vaqueros que se están abriendo. Otro desgarro y mi Lacoste a hacer puñetas… esto no tiene sentido pero se me va disipando el dolor aunque me duele la boca como si no tuviera en ella nada más que muelas del juicio. Yo tenía incisivos, caninos, premolares y molares, por este orden y desde el centro hacia las mandíbulas y ahora solo tengo colmillos, como un depredador terrestre, y un ansía tremenda de salir a la calle a cazar, o eso me dice mi instinto.

La noche sigue siendo fría pero está calma. Yo salgo a la calle. La ciudad está silenciosa, es tarde, día laborable y mañana también, pero intuyo que la calma y el silencio, por hoy… se van a terminar…

domingo, 21 de noviembre de 2010

Noche de Ronda


Esta madrugada, cuando llegué a casa, pasadas las 5, colgué una polea encima de mi cama y en el techo, como cuando alguien cuelga una lámpara. El principio físico era simple, debería utilizarla esta mañana para poder levantarme, como así fue. Creo que esta noche, Dios (John Malkovich) se enfadó conmigo por no darle mi café y me soltó su puto piano encima de mi cabeza.


Fui escaleras abajo buscando ese café y disfruté tomándomelo aunque debo decir que cada peldaño que pisaba era un golpe de tambor en mi cabeza. Si Lola y Maite llegan a saber cómo iba mi cabeza, a la vuelta, de camino a casa, creo que hubieran alquilado esas bicicletas que ha puesto el Ayuntamiento de Valencia, para volver. Creo que no se enteraron, o si, porque ahora que recuerdo, mientras volvíamos creo que los murmullos que sentía mi dolorida cabeza eran cantos gregorianos alabando al Señor.


Esta noche en la cena hubo gente nueva, Maite, Regina y Elo, estas dos últimas amigas de Lola, que como no podía ser menos, tan agradables como ella. Maite es una vieja (por el tiempo que la conozco) y querida amiga mía.


En Arcodes, el karaoke, aparecieron unas cuantas/os amigas/os del Grupo Tertulias, aparte del moderador Paco 22, qué si estuvo en la cena. Marisa (2), Ricardo, Marifé, Irene, Amparo y más..


¿Novedades de la noche? Manuel cantó con Celia a dúo. Yo creo que esto fue lo que me dio el dolor de cabeza, y no por Celia. (es broma) Me encantó verlos y oírlos cantar.


Los movimientos de caderas que nos regalaron Lola y Regina, pasarán a entrar en el disco duro de mi cerebro. Esos si me dieron dolor de cabeza. Todavía me hacen chiribitas mis ojos_ (esto no es broma)


Lola, con su encantadora y bien educada voz tuvo la deferencia de regalarnos a nuestros mortales oídos con tres canciones a cual más bonita. Un “Bésame mucho” que me dedicó (no por el título sino por un recuerdo de juventud) y una “Noche de ronda” que cantó con una desconocida que lo hacía bien, pero que fue opacada por la bonita voz de nuestra amiga


Cuando terminó su “belle canto” se sentó en la mesa y rompió a llorar porque su dúo le había hablado de usted. Lola no llores, guapa, que tú te lo mereces todo… hasta eso. Sé que estaba de broma, o creo saber.


Maite, Celia, Regina, Elo, Lola, Amparo, Irene, Marisa, Marifé, Josep, Paco, Manuel, Ricardo y más, gracias por otra hermosa y divertida noche.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Cena entre amigos



Bien, otra noche más, pero sin leche caliente… y aquí estoy dispuesto a contaros algo. Empecemos…  


Buena velada la del sábado pasado, ya hacía tiempo que no la teníamos igual y desde luego hay veces que me alegro organizar cosas como estás aunque no quiero ser el organizador pues parece que tengo afán de protagonismo y aunque así parezca, la realidad es otra, yo solo quiero ser uno más de la reunión. No me importan las críticas, si lo organizo es mi responsabilidad y debo aceptarlas, pero yo solo quiero pasarlo bien y así no consigo todo lo que debiera ser. Unos quieren comer antes, otros después, unos quieren postre, otros
no, unos quieren bailar… y otros tampoco. Unos quieren solo pasarlo bien y otros se empeñan que no deba ser así… pero afortunadamente, no lo consiguen.. 

Bueno, diciéndolo así parece un drama en lugar de una fiesta y la verdad es que fue una verdadera fiesta donde creo que el grupo disfrutó todo lo que su buen hacer le dio.

El lugar estaba próximo al cuartel de la 311 Comandancia de la Guardia Civil y eso me vino bien, pues aparqué muy cerca para que si salía algo cargadito, pasaría por la puerta para darle al soplo y evitarles que me
pillaran en carretera. La cena buena, abundante y sobre todo divertida.

Franqueado a mi derecha por mi gran amiga Celia, de frente a mi otra gran amiga Amparo y a mí izquierda por mí especial amigo Dámaso no lo pude pasar mejor. Un poco más a mi izquierda, Mercedes y Lola y un poco más a mi derecha, Rosa. De verdad, no podía tener mejor compañía, y con esa compañía y el buen humor que
todos ellos demuestran tener cada vez que nos reunimos, la risa estaba asegurada. 

Terminada la cena nos fuimos a un Karaoke las diecinueve personas que allí cenamos que con lo pronto que llegamos y lo vacío que estaba el local, desde luego que a la dueña, por la expresión de su cara, le alegramos
la noche. Diecinueve personas tomando cubatas, al final de la noche es un pico. 

Mi madre me decía de pequeño que yo para la música más que oído tenía oreja, pero lo que no sabía (o si) es que todo lo que no tengo de cantante lo tengo de cara dura porque siempre me atrevo a salir al escenario. O
tienes valor o no tienes ni vergüenza ni sentido del ridículo y eso es de lo que yo carezco.


Recuerdo a Dámaso y a mi cantando “Que difícil es hacer el amor en un Simca 1000 ” de los Inhumanos, que entre los dos y el coro que llevábamos, si nos hubieran fotografiado, la foto, la hubieran podido poner en el Museo del Prado sustituyendo al cuadro de Goya “Los fusilamientos de la Moncloa” Menos mal que el pabellón nos lo elevó a las nubes, nubes inalcanzables por el resto de los mortales que allí estábamos, nuestra guapa amiga Lola. Debo decir además que si las almendras fueran de ámbar, las más bellas estarían en la
oquedad de sus ojos.


Desde luego hay que decir que es difícil lucirse aunque se sepa cantar, el ritmo y la letra están muy descompasados pero aún así su agradable voz cubría todo error producido por la máquina. Fue una delicia, voz fuerte y dulce, es difícil tener las dos cualidades al mismo tiempo, y un gusto para cantar que acompasado con su buena manera de hacer tablas daban una alegría al local que la gente dejaba de hablar para oírla. Todo un lujo. He tardado dos días en desencajarme la mandíbula de tan abierta que se me quedó al escucharla.


Después vino el caos… El toro que se enamoró de la luna y alguna salvajada más, pero da igual… una divertida noche donde los complejos, si alguien los tiene, cosa que dudo, desaparecieron…
Una vez parafrasee al poeta libanés Kh. Gibran, y a García Márquez y a otros con algo parecido a esto que
viene bien para esta ocasión…


Quiero saber de todos vosotros si sois capaces de estar con la alegría y la pena, la vuestra  o la mía, si sacáis vuestra
alma a la lluvia y al sol para que se lave y se seque y si podéis
bailar libremente como si nadie os estuviera viendo. Quiero saber
si aún podéis pararos a mirar al cielo y gritar a la luna
¡SIIIIIII!

viernes, 12 de noviembre de 2010

La partida de Canasta


No sé muy bien que hago aquí escribiendo a las 4 de la madrugada, pero la verdad es que no tengo sueño y esta es la mejor forma que conozco para que me entre… escribir. No tengo traumas ni melancolías, simplemente estoy desvelado. Me calenté un vaso de leche en el microondas y me hice una tostada de aceite. La tostada ya me la comí, pero la leche está en reposo, creo que la pasé de tiempo en el micro y parece que me la haya calentado Pedro Botero, hasta tal punto, que con mi manía de la leche en vaso y el café en taza, al no llevar asa, me he dejado las yemas de los dedos pegadas al vaso mientras subía las escaleras que conducen a mí habitación. Bueno, pues no dejaré huellas…
Esta tarde se presentaba aburrida, no tenía nada previsto y la salida con el grupo es para el sábado, luego tumbado en el sofá con una pierna encima de una silla y la otra no me acuerdo, miraba la TV, zapeando, sin saber en qué canal fijar la imagen. Decidí llamar a mi amiga Mafalda y charlar un rato y eso hice. Mafalda estaba doblando ropa (¿la ropa se dobla?) y tardó poco en decirme que si estaba aburrido que me pasara por su casa a tomar café a lo que tardé nada en decirle que ya salía.
Se ve que ya había “doblado” la ropa, pues cuando llegué me esperaba en la cocina con una sonrisa, de las que se le llena la boca de dientes, y me preguntó; ¿cerveza o café? Yo asentí por lo segundo, siendo la hora que era. Hablamos un rato y llamando a Felipe, su amigo personal e intransferible y por supuesto amigo mío, y luego a nuestra querida Libertad, organizamos una partida de Canasta, cena incluida.
La primera mano, las chicas, pues jugábamos Mafalda y Libertad contra Felipe y yo, nos dieron un rapapolvo para haber salido en uno de esos programas donde se lo pasan muy bien vapuleándose. La ventaja era de 3.600 puntos y eso que íbamos a 5.000.
La moral la teníamos por tierra pero el coraje y lo machos que somos los dos, hizo que sacáramos fuerza de donde no quedaban y remontamos la partida hasta ganarla. La proeza constará en los anales “Canasteriles” y los rankings mundiales del mundo mundial.
La cena… cocinando una gallega, de rechupete y dómine. Marmitako y boquerones en vinagre con pinchitos de tortilla de patatas. Hay que decir que el manjar fue para tres, ya que Libertad andaba de regímenes  y mientras nosotros babeábamos con las ilustres viandas nuestra chiquita comía tomatito con orégano y tortillita francesa de “one egg”
Entre los restos de un buen Rioja, el café y el Limoncello, comenzamos la revancha que tuvimos a bien ofrecerles (qué íbamos hacer… ¡pobrecitas como lloraban!)
Lo que ocurrió en esa partida de revancha es irrelevante, por eso pasaré de contarlo.
La verdad es que sin proponérselo uno hay veces que por circunstancias te arreglan el día.
Y la verdad es que cada día me doy más cuenta cuánto valen las pequeñas y simples cosas que nos pasan cada día, esas que verdaderamente merecen todo nuestro amor y dedicación, pues son justo las que nos proporcionan la verdadera felicidad.
Os deseo paséis un bonito día como el que he pasado yo.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Vivir el presente


Es vivir el presente...
Sentir como la piel
reacciona con escalofríos
cuando un travieso remolino,
en medio de un hermoso prado, te quiere hacer bailar.

Es vivir el presente...
Sostener la mirada
a tus queridos,
usando  palabras,
las justas ... o ninguna.

Es vivir el presente...
Bajar los párpados
en medio de un jardín
dejando que aromas,
sutiles, te acaricien.
Sintiendo como la brisa
mece las hojas
y esparce la vida 
por cálices de flor.

Es vivir el presente...
Aceptar el pasado,
olvidar el futuro.

Aceptar que algún día
no habrá un mañana,
es vivir el presente...

domingo, 7 de noviembre de 2010

Me da vida...

Escribir es sentir.
El poder de la imaginación hecho palabra.
Hacer camino,
siguiendo cada raya,
explicando sentimientos de trocitos 
recortados de mi alma.
Intentar ligar palabras 
y que tengan concordancia.

Es como bailar con el diablo
que nunca sabes cuándo te engaña.
Como la palabra.
Depende quien la dice,
depende quien lo escribe,
es de amor o de odio,
simpatía o añoranza.

Escribir es como tocar un instrumento
del que le  sacamos toda la magia.
Es cocinar a fuego lento,
lo que quedará de por vida.
Las palabras se las lleva el viento.
La escritura es de vida infinita.
Escribir es una emoción
que me pasa por el cuerpo,
cuando os quiero contar,
las flaquezas de mi corazón.

Permitidme que sea justo,
y no deje nunca de aprender.
Cada palabra que os escribo,
es lo que a mí me da vida.
y lo que la vida... a mi me da.

Desmitificar un mito. William Tell

La  leyenda ha sido muy benévola con Guillermo Tell. Porque se sabe que la flecha disparada con la ballesta se desvió unos milímetros fatales, y atravesó el cráneo del niño, partiéndolo en dos mitades admirablemente simétricas. La manzana, colocada sobre la mata de pelo, cayó al suelo, intacta. Estos son los hechos incuestionables.

Un padre que astilla la cabeza de su hijo por un error de cálculo (¡pero un mal día lo tiene cualquiera!) No es una historia muy edificante. Por eso los cuentacuentos apresuraron a aligerarla, a enderezarla, a suavizarla: a tergiversarla. Los primeros narradores mencionaban la imprudencia del niño: se había movido en el momento trascendental (así la puntería del ballestero insigne quedaba fuera de duda). Pero poco satisfechos con esta versión que llevaba a un desenlace trágico hicieron circular una variante más compasiva: la manzana sí había recibido el impacto de la flecha y el niño había salido malherido. A lo largo de generaciones la herida del niño Tell se convirtió sucesivamente una brecha, un rasguño y un rasguño superficial. Finalmente (¡oh, milagros de la oralidad!) El hijo del héroe suizo salió ileso del atolladero.

Pero la evolución de la historia no acaba aquí. En una época dominada por la corrección política, no es de extrañar que últimamente expliquen que, superado el trance, a Guillermo Tell le retiraron la tutela de la criatura: ¿quién va a confiar en un hombre tan alocado capaz de arriesgar la cabeza de un hijo?

martes, 2 de noviembre de 2010

Soy invisible



Hoy madrugué para acompañar a un amigo al hospital para que le practicasen una intervención quirúrgica de baja importancia, aunque para mí que te abran con un bisturí y te arreglen algo dentro de tu cuerpo, no me parece de baja importancia. El caso es que lo dejé tumbado en la cama del hospital a las 8 de la mañana y debía esperar hasta más o menos las 10 menos un cuarto pues me dijeron que me avisarían sobre las 10. Lo digo porque habiendo aparcado cerca de la puerta y no queriendo mover el coche de allí, decidí comprar la prensa y con algún café hacer tiempo hasta las 10, y si no hubiera acompañado a mi amigo, nunca hubiera descubierto que podía ser invisible.
 Efectivamente soy invisible. No me ven. Ya hace rato que estoy aquí en la barra esperando que me sirvan sin que me hagan caso. La camarera pasa de largo y después atiende a los de detrás de mí. Deben ser más altos y más guapos. Este que se ha puesto a mi lado, le han servido nada más llegar.
─ Eh, eh! Xssst!
Nada, ni caso. Invisible. La chica esta ni me siente ni me mira. ¡Ah!, mira por donde, otro que se «cuela» y le atienden. Claro, un chaval alto y forzudo. ¡Vaya!, le ha llamado por su nombre. La camarera se llama Laura ..
─ ¡Eh, Laura! ¡Un café! ─ llamo.
No me escucha o hace que no me oye. Después de servirle una cerveza con una sonrisa al forzudo, va directo a la cafetera. Ya era hora… me espero.
¡Eh!, el café pasa de largo, se lo lleva a la señora del final de la barra.
─ Oiga, Laura...
Saluda a unos que acaban de entrar levantando la mano. Estoy perdido, aquí no tomo el café. Me voy cabreado. Cuando salgo, me lo tomo con calma. Camino. Al final de la calle veo una terraza. Hay una mesa vacía. Mejor que me siente y me sereno. El café hay que saborearlo.
Las otras mesas las ocupan tres hombres vestidos con ropa de trabajo. Toman café y copas relajados en la silla y, fumando, hablan gritando. En otra mesa, tres mujeres de edad indefinida se susurran animadas: cafés con leche y ensaimadas de esas que te dejan el azúcar glasé en la camisa. En otra mesa una pareja joven. No han iniciado unas «coca-colas" que tienen servidas: están en su faena, están abrazados. No reparan en mí.
Miro impaciente la entrada del establecimiento  esperando que salga un camarero. No hay puertas y se accede directamente. No me quiero alarmar, el lugar es bueno. El sol que me toca se agradece y espero. En vano, no sale nadie. Sigo siendo transparente. Me río yo mismo de la situación. Los trabajadores se levantan y se van. Supongo que ya habían pagado. Ahora saldrá el camarero a limpiar la mesa, pienso. Pues, no.
A final se me echara el tiempo encima. Será mejor que el café me lo tome tranquilamente en el hospital haciéndome perder el paladar con el gusto fenicio de la máquina expendedora. Decididamente, me levanto y me voy. Miro de reojo la entrada de la cafetería: un camarero está dentro de pie con la mirada dirigida al edificio de enfrente. Mi cruce no le estorba. Sigue plantado observando. A mí no me ha visto.
En esta hora de la mañana, abren los supermercados. Un hombre desgreñado y barbudo está al acecho y, tan pronto como el encargado abre, se coloca junto a la entrada, se sienta en el suelo y despliega un cartel. Seguidamente, pide dinero a dos mujeres que en este momento pasan delante de mí. No lo hacen caso, entonces la mirada del pobre se dirige detrás de mí buscando otra oportunidad. Es un hombre que lo tengo detrás. Quizás pongo cara de no dejarme convencer. Pero, no. Estoy seguro que no me ha visto.
Espero el semáforo que se ponga verde. Se pone y paso en el momento justo que me sale por el lado un ciclista que se gira y me increpa:
─ No pases sin mirar, ¡imbécil!
Reacciono inmediatamente, le cojo el brazo y lo hago detener.
─ Gracias, muchacho. Tú sí que me has visto.