La esperanza, esa extraña ilusión que nos permite seguir viviendo cuando se está muerto, ese halo de perseverancia que permite contemplar luz, allí donde hay oscuridad. Herramienta poderosa, que sólo algunos poseen, y que a aquel marino sólo le dio fuerzas para continuar moviendo los músculos de su mano con esa esperanza, no de que lo encontraran a él, sino a sus memorias finales. No sabía los días exactos, ni ya le importaban, su existencia se perdió en mitad del índico, al igual que su tripulación, engullida por su húmeda y gélida garganta. Todavía resistía, flotando por el horizonte, con tan solo un cuaderno de a bordo, salvado sin explicación y la pluma que su amada decidió regalarle en su partida. No le alimentaban, ni le daban vida, pero si le motivan para hacer saber a su mujer que la tuvo hasta el último día entre sus manos. El torniquete dorado de su rodilla, ofrecido por sus galones, se aflojaba, y no tenía ya fuerzas para apretarlo. El agua que la lluvia depositaba en las botas, se agotaba, y el continuo crujido del casco aceleraba su reencuentro con aquellos que perdió. Le temblaban los ojos, y se le encogía el corazón, “c
ariño, hundo el bote con mis lágrimas para descansar y esperarte allá en el cielo, y entonces poder soltar tu pluma, no escribir tu belleza, sino contemplarla, no plasmar mis sentimientos, sino recitártelos”. ”Espero que con nosotros pueda estar el nuevo sonido que recibo del cielo; el canto armónico de las gaviotas que emergen en tu recuerdo.....” ¡Un momento!¿Gaviotas? Creo que era la primera vez que miraba al horizonte en días y que el mar salpicaba en su cara con espuma. Un trozo de papel y el recuerdo de una pluma le mantuvieron con vida treinta y tres días, suficientes para que la madera besara la arena. Esperanza, muchos dicen que se gana, otros que se compra, y otros que se pierde. La única verdad es que siempre está ahí, pues es innata en nosotros y no la mueve nuestro raciocinio. La mueve, a veces inconscientemente, nuestro corazón, pues es de ahí de donde provienen los actos más bellos de nuestra existencia.
Me gustaría que mi vida fuese bonita, bella. Que existiera Dios y que le hubiese confiado a David Lean para dirigirla. Ser un personaje de “La hija de Ryan”, de “Breve encuentro”. de “Pasaje a la India” o de “Doctor Zhivago”.
Me gustaría volver a vivirla…
No hay comentarios:
Publicar un comentario