
Llega un momento de la vida que todos caminamos por una cuerda floja con la posibilidad de caer de un lado o del otro.
A un lado se encuentra la resignación y al otro la madurez. La diferencia entre ambas es tan sutil que no pocas veces, ante los demás -¡Horror!- nuestra resignación puede parecer una virtud.
Es lógico: El resignado ya no se queja tanto. Apenas si se siente. El maduro tampoco, pero por razones diferentes:
El resignado deja de intentar porque igual para qué, si va a fallar de nuevo. La persona madura deja de intentar porque se da cuenta que no hay nada que intentar: Este instante ya es perfecto. O mejor aún, no intenta, hace.
El resignado deja de hacer planes por miedo a que fallen. La persona madura deja de hacer planes, porque acepta el misterio, el abismo. O mejor aún, hace planes pero se ríe cuando estos fracasan, y sigue con su camino.
El resignado se deja llevar por las circunstancias porque se siente como "un juguete del destino", la persona madura se deja llevar por las circunstancias porque comprende que sólo es una gota en un océano.
Hoy paseaba tranquilamente, cuando ví en el suelo una pieza de puzzle. Era medio azul medio blanca, estaba rota y pisoteada. Supongo que nadie se había percatado de su existencia. Al fín y al cabo ahora era sólo eso, una simple pieza de puzzle, rota , sucia e inútil.
Me puse a pensar que parte del puzle representaría. ¿Sería parte de un mar grandioso? ¿O sería parte de una nube en un cielo hermoso? Quizás ese cielo o ese mar formáse parte de una obra de arte o de un edificio famoso. Hay muchos puzles sobre esos temas. ¿Y cuántas piezas tendría el puzzle, ¿1000? ¿2000? ¿3000? ¿Más?
Nunca me han gustado los puzles.
Quizás alguien, en alguna parte de esta ciudad había dedicado horas, días… incluso meses hasta completar el puzzle (el cuadro, el edificio, el mar o las nubes).
Y esta pieza, la que ahora era una simple pieza de puzle, rota, sucia e inútil, en su momento encajó perfectamente en su lugar. Y todas juntas, cada una de ellas en el lugar correcto, había logrado el milagro.
Muchas piezas inútiles que al encajar perfectamente habían formado un conjunto para satisfacción del coleccionista.
- Y ahora..¡Mírate!, le dije a la pieza.
-Que eres?… nada.
-Sin ellas, sin todas las piezas que forman el puzle, no eres nada.
-Una simple pieza, rota, pisoteada e inútil.
Y la tiré en la primera papelera que encontré. Unos metros más allá, una sonrisa cruzó mi cara de oreja a oreja. Me volví. La recogí de la papelera, y dije en voz baja.
- Una simple pieza que ha jodido un puzle entero.
La felicidad es no necesitarla, ser necesarios a otros y aprender que no es sino la necesidad de salir de uno mismo.
En los últimos días he escuchado a personas queridas tristes frases, como “ya no valgo para nada” o “nadie me necesita”. La edad, la enfermedad, la soledad,… conducen a tan errónea conclusión. Hemos de ayudar a superar esa desolada percepción a quienes la padecen.
Todo ser humano es preciso y precioso. A quienes creen que ya no valen, pidámosles que sean valerosos en el declinar, valientes con la mente, acreditando el espíritu de antaño, sin resignarse jamás a perder su infinito valor como personas. Un ejemplo estrenuo y épico sólo se puede ofrecer desde la más frágil debilidad. El coraje se demuestra superando el miedo a lo cercano e inevitable.
Siempre y todos somos útiles, en cualquier de las etapas o dificultades para las que habrá de transitar nuestra vida. Incluso desde la máxima dependencia, o desde la impotencia de una agonía, servimos y serviremos. Al menos, para demostrar a los demás que ellos también se ensombrecerán, se deprimirán, menguarán en sus capacidades, envejecerán, enfermarán, sufrirán,…
En el peor de los casos, todos valemos para “necesitar a otros”, para hacerles sentirse imprescindibles al acudir en nuestro auxilio. Así ellos llegarán a aprender ¡cómo se ama a las personas que realmente nos necesitan y para quienes somos indispensables!
Cada pieza que compone "un algo" es necesaria, pero a la vez, en ocasiones no es imprescindible.
ResponderEliminarLas personas nos creemos en demasiadas ocasiones que somos imprescindibles en nuestro entorno, con el grupo de amigos, con ciertos viculos familiares, en el trabajo ... sin analizar friamente que nadie es imprescindible, quizás solo necesarios según las circunstancias.
Simplemente creo que a veces no creo en nada, y sin quererlo un minuto despues creo en todo.
No deseo nada, y en ocasiones deseo el silencio absoluto, pero reconozco que paso en segundos a desarlo todo apasionadamente.
Como una pieza de puzle de plastilina que se amolda con encanto y cariño a cualquier puzle.
Siempre con ganas de complementar y hacer de una pequeñez una gran grandeza.
Un Beso