
Hoy; mientras hacía quien sabe qué, o leyendo quien sabe qué, en Dios sabe qué lugar, comenzó a sobrevolar mi mente un recuerdo viajero en forma de catedrático frustrado. Se trataba de mi profesor de literatura del Bachillerato.
Era un hombre bajito, con un cuello reducido a la máxima expresión y unos dientes que se exhibían por encima del labio inferior; como dos sábanas blancas echadas en el tendedero de una ventana de barrio.
Su esperpéntica imagen recordaba a la de un roedor. Es por eso que todos los alumnos lo conocían por el sobrenombre de Mickey.
Lo cierto es que no era muy querido ni estimado en el colegio. Recuerdo que incluso le habían hecho alguna que otra perrería a las ruedas de su coche.
Sin embargo, a mi no me disgustaba. A veces me ponía nervioso cuando me miraba con aquellos ojos que parecían estar embriagados y revueltos dentro de sus órbitas, pero si guardaba la distancia de seguridad, me caía bien. Aprendía un montón de palabrejas en sus clases que cada día apuntaba en un cuaderno para buscar el significado al llegar a casa:Gracejo, pérfido, fachoso, laso, impúdico…
El susodicho licenciado con cara ratonil hablaba con propiedad y cultura, y yo absorbía kilos y kilos de su pedantería, ensimismado.
No se porqué, pero recuerdo muy bien algo que, en su momento, me llamó sumamente la atención. Mickey solía decir que la mayoría de las veces, cuando una persona utiliza en un texto los puntos suspensivos es porque, o bien no encuentra, o bien desconoce la palabra exacta que debería colocar en ese lugar.
Era un hombre bajito, con un cuello reducido a la máxima expresión y unos dientes que se exhibían por encima del labio inferior; como dos sábanas blancas echadas en el tendedero de una ventana de barrio.
Su esperpéntica imagen recordaba a la de un roedor. Es por eso que todos los alumnos lo conocían por el sobrenombre de Mickey.
Lo cierto es que no era muy querido ni estimado en el colegio. Recuerdo que incluso le habían hecho alguna que otra perrería a las ruedas de su coche.
Sin embargo, a mi no me disgustaba. A veces me ponía nervioso cuando me miraba con aquellos ojos que parecían estar embriagados y revueltos dentro de sus órbitas, pero si guardaba la distancia de seguridad, me caía bien. Aprendía un montón de palabrejas en sus clases que cada día apuntaba en un cuaderno para buscar el significado al llegar a casa:Gracejo, pérfido, fachoso, laso, impúdico…
El susodicho licenciado con cara ratonil hablaba con propiedad y cultura, y yo absorbía kilos y kilos de su pedantería, ensimismado.
No se porqué, pero recuerdo muy bien algo que, en su momento, me llamó sumamente la atención. Mickey solía decir que la mayoría de las veces, cuando una persona utiliza en un texto los puntos suspensivos es porque, o bien no encuentra, o bien desconoce la palabra exacta que debería colocar en ese lugar.
Curioso.
Siempre he pensado que tal vez no sea tanto el que no se encuentre, sino el que no se quiere encontrar, de forma inconsciente. Quizá se trate de intentos desesperados de llenar un hueco vacío, de adornar una palabra sin brillo, o una vida sin contenido. O quizá sean como un respiro, una interrupción o punto de inflexión, un “continuará… pero tú no lo vas a ver”, quizá sean cajitas circulares que esconden secretos.
¿Y si Mickey estuviese equivocado esta vez?
Lo reconozco. A veces, en ocasiones… abuso de los puntos suspensivos...
…………………
¿Y si Mickey estuviese equivocado esta vez?
Lo reconozco. A veces, en ocasiones… abuso de los puntos suspensivos...
…………………
¡Me encantan ...!
ResponderEliminarA ver ...
Como te lo diría yo ...
O sea ...
Que lo que te quiero decir es que ...
No se ...
Creo que es tanto lo que ...
Respiro ... ¡uf!
¡Ay mi cabeza! ...
*...*
Un beso