domingo, 29 de marzo de 2009

Más sobre recuerdos

En ocasiones, los recuerdos son como punzadas de dolor en la boca del estómago. O en los ovarios, si eres mujer.

Están ahí, durmiendo en algún inhóspito lugar de la mente, esperando impacientes el momento de emerger para invadir tu mundo con el suyo, usado y podrido, e invitarte luego a un baño de dulce amargura.

El otro día ya lo comentaba yo con una amiga: La memoria no es ilimitada. Se pasa el día desechando recuerdos. Y menos mal, digo yo, de lo contrario creo que no podría soportarlo. (Además de necesitar un cerebro de un metro y medio de diámetro para albergar tamaña cantidad de retentivas.) La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse.

A menudo, preferimos no recordar. Procuramos no abrir esa cajita de Pandora que guarda celosamente todos nuestros males y miserias, y que se abre de forma intermitente. Seguimos adelante sin pensar demasiado en lo que ya fue, por aquello de ser fuertes, de no anclarse en un pasado cruel y de vivir que “son dos días”.

Pero no siempre ocurre esto. Lo haría si fuésemos máquinas programadas para olvidar, lo cuál podría ser, cuánto menos, práctico en ocasiones, pero no. El caso es que a veces ocurre lo contrario. 
De repente nos da por abrir los archivos “añejos, gran reserva” de la memoria. Es entonces cuando nos acordamos de aquella persona, de aquella tarde de primeros de junio, de “aquella etapa de mi vida”, “de lo felices que fuimos aquel verano”… y cualquier tiempo pasado parece mejor. (De todas las maneras, ella ya no me necesita, tiene mi recuerdo que vale más que yo.)
La nostalgia está servida. A continuación, como si de una alarma cortafuegos se tratase, la mente cierra el archivo y te aconseja que sigas con tu vida…ya que ahora es bien distinta. Quizá más rancia, o eso te parece a ti. 

Los recuerdos son valiosos. Nos enseñan y nos nutren, nos crecen. Pero también nos encadenan. Hay que saber cogerlos por los cuernos, sacarles el jugo, y luego darles una patada para que desaparezcan del campo. Bien lejos. Inútil sentirse culpable y necesario asegurarse de que no vuelven con las orejas gachas pidiendo unos minutos de melancolía… que nos os engañen…solo servirá para que te hundas, un poquito más en tus propias miserias unilaterales.

Sin embargo, hoy, sin quererlo, me he puesto a recordar… y ahora, tras aniquilar cualquier tiempo pasado, me queda el perenne silencio de un futuro titánico y vacío de tu compañía. 
No tengo miedo, ni vértigo. Cuando llega la nostalgia, cierro la caja.

2 comentarios:

  1. No todos los recuerdos emergen para con su fragancia corromper el aire, no todos, solo algunos recuerdos, los malos recuerdos.

    Esos, si nosotros queremos se archivan al fondo de la mente, en un rincón pequeñito y solo si nosotros aceptamos su salida, ellos muy lentamente como un globo que despega desde el suelo flotando al aire, irán recorriendo nuestro presente, pero ojo, sólo si nosotros queremos.

    Cierra los ojos ... piensa en lo que eres y en lo que tienes ... ahora ... respira hondo ... seguro que podrías tener más, mucho más, seguro que sí, pero sin duda, también podrías tener menos, mucho menos.

    Solo necesitas cariño, si tienes cariño verdadero de los mejores que te rodean, nunca tendrás malos recuerdos, pues el cariño te hará grande en cualquier momento.

    Siempre he pensado algo, y me lo repito cada vez que las circunstancias me lo dictan:

    “ Lo que ahora no tienes, no merece un recuerdo, no merece un suspiro, es porque no era para ti “. Olvídalo rotundamente. Que no te nuble la nostalgia, la tristeza, lo oscuro.

    Porque, como digo yo: “ Si das y no te dan, es porque a quien das, no merece la pena que le des “. Solo que le den. ¡ que le den por donde le quieran dar ¡

    Un beso

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