
… y le dijo el perro al hueso; tu serás duro… pero yo tengo tiempo.
Hace un par de días alguien me escribió diciéndome que yo no tenía remedio. Pienso que remedio se debe de poner a una enfermedad que yo no tengo, porque a un problema se le da una solución… que siempre tiene.
No creo que la tenacidad y la constancia sean enfermedades, más bien siempre entendí, o así me lo enseñaron, que son virtudes. Hay un proverbio árabe que dice que quien se empeña en pegarle una pedrada a la luna no lo conseguirá, pero terminará sabiendo manejar la honda. Por eso puede que no consiga lo que pretendo pero aprenderé mucho en el camino.
Soy tenaz y constante, lo sé muy bien, y es posible que con mi tenacidad aburra a más de uno y como resultado obtenga el silencio, pero yo nunca me doy por vencido, si tengo un objetivo en la cabeza, y espero que siga siendo así, llegaré, más tarde o más temprano, pero llegaré a él.
Dicen que la muerte blanca —la muerte por congelación— es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista... y entre dos sueños se escapa el alma. Aquel hombre, Guillaumet, lo sabía. No le costaba nada dejarse estar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo.
La historia, la cual leí hace muchos años y en francés, es de Antoine de Saint-Exupéry, en "Terre des hommes", donde narra la aventura de un piloto cuyo avión se había estrellado en Los Andes, y que tras una increíble travesía apareció destrozado pero vivo, cuando todo el mundo había perdido la esperanza.
Aquel hombre tenía un montón de razones para dejar de luchar por salvarse: no conocía el camino, era casi seguro que todo aquel sobrehumano esfuerzo no serviría para nada. Estaba solo, perdido, roto de golpes, de fatiga, de cansancio. Derribado a cada paso por la tormenta, en una zona de la que se decía: «Los Andes en invierno, no devuelve a los hombres».
«He hecho lo que he podido y ya no tengo esperanzas, ¿por qué obstinarse en este martirio?» Le bastaba cerrar los ojos para borrar del mundo las rocas, los hielos y las nieves. Y ya no habría golpes, ni caídas, ni músculos desgarrados, ni hielos abrasadores, ni ese peso de la vida que tenía que arrastrar tan pesadamente.
Pero Guillaumet piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les podía fallar. Ellos le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría si supieran que estaba vivo? «Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí, y soy un canalla si no camino.» Cuando volvía a caerse, repetía esas palabras. Cuando las piernas se negaban a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el frío y el cansancio; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo: «si creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo».
Cuando lo encontraron, su primera frase fue como resumen de su tenacidad extraordinaria: «Lo que hice, te lo juro, ningún animal lo hubiera hecho». Saint-Exupéry lo comenta así en su obra: Ésta es la frase más noble que conozco, una frase que sitúa al hombre, que le honra, que restablece las jerarquías verdaderas.
Cuando Guillaumet está exhausto y le abruma saber que es casi imposible que llegue a encontrar a nadie en aquellas montañas, rechaza la voz del agotamiento, que le incita a tirarse al suelo y renunciar. El animal sólo soporta el agotamiento cuando está espoleado por impulsos básicos, como el miedo; sin embargo el hombre ha multiplicado los motivos para sobreponerse y aguantar: los valores que influyen en su conciencia pueden ser sentidos, como sucede a los animales, pero también pueden ser pensados. Cuando los sentimos, sólo experimentamos su atracción o su repulsión; cuando los pensamos, podemos ver lo valioso aunque casi no sintamos nada.
Lo innovador del hombre es que puede regir su comportamiento por valores pensados, y no sólo por valores sentidos. Si sólo pudiéramos acomodar nuestra conducta a lo que sentimos, no podríamos hablar de libertad, porque no podríamos dirigir libremente nuestros sentimientos. A pesar de la angustiosa protesta de sus músculos, y de que sólo siente cansancio, Guillaumet puede pensar en otros valores, o recuperar de su memoria los valores vividos en otras ocasiones, y ajustar a ellos su comportamiento. Una vez más, lo espiritual se introduce en lo corporal, lo amplía y lo enriquece.
Hace un par de días alguien me escribió diciéndome que yo no tenía remedio. Pienso que remedio se debe de poner a una enfermedad que yo no tengo, porque a un problema se le da una solución… que siempre tiene.
No creo que la tenacidad y la constancia sean enfermedades, más bien siempre entendí, o así me lo enseñaron, que son virtudes. Hay un proverbio árabe que dice que quien se empeña en pegarle una pedrada a la luna no lo conseguirá, pero terminará sabiendo manejar la honda. Por eso puede que no consiga lo que pretendo pero aprenderé mucho en el camino.
Soy tenaz y constante, lo sé muy bien, y es posible que con mi tenacidad aburra a más de uno y como resultado obtenga el silencio, pero yo nunca me doy por vencido, si tengo un objetivo en la cabeza, y espero que siga siendo así, llegaré, más tarde o más temprano, pero llegaré a él.
Dicen que la muerte blanca —la muerte por congelación— es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista... y entre dos sueños se escapa el alma. Aquel hombre, Guillaumet, lo sabía. No le costaba nada dejarse estar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo.
La historia, la cual leí hace muchos años y en francés, es de Antoine de Saint-Exupéry, en "Terre des hommes", donde narra la aventura de un piloto cuyo avión se había estrellado en Los Andes, y que tras una increíble travesía apareció destrozado pero vivo, cuando todo el mundo había perdido la esperanza.
Aquel hombre tenía un montón de razones para dejar de luchar por salvarse: no conocía el camino, era casi seguro que todo aquel sobrehumano esfuerzo no serviría para nada. Estaba solo, perdido, roto de golpes, de fatiga, de cansancio. Derribado a cada paso por la tormenta, en una zona de la que se decía: «Los Andes en invierno, no devuelve a los hombres».
«He hecho lo que he podido y ya no tengo esperanzas, ¿por qué obstinarse en este martirio?» Le bastaba cerrar los ojos para borrar del mundo las rocas, los hielos y las nieves. Y ya no habría golpes, ni caídas, ni músculos desgarrados, ni hielos abrasadores, ni ese peso de la vida que tenía que arrastrar tan pesadamente.
Pero Guillaumet piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les podía fallar. Ellos le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría si supieran que estaba vivo? «Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí, y soy un canalla si no camino.» Cuando volvía a caerse, repetía esas palabras. Cuando las piernas se negaban a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el frío y el cansancio; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo: «si creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo».
Cuando lo encontraron, su primera frase fue como resumen de su tenacidad extraordinaria: «Lo que hice, te lo juro, ningún animal lo hubiera hecho». Saint-Exupéry lo comenta así en su obra: Ésta es la frase más noble que conozco, una frase que sitúa al hombre, que le honra, que restablece las jerarquías verdaderas.
Cuando Guillaumet está exhausto y le abruma saber que es casi imposible que llegue a encontrar a nadie en aquellas montañas, rechaza la voz del agotamiento, que le incita a tirarse al suelo y renunciar. El animal sólo soporta el agotamiento cuando está espoleado por impulsos básicos, como el miedo; sin embargo el hombre ha multiplicado los motivos para sobreponerse y aguantar: los valores que influyen en su conciencia pueden ser sentidos, como sucede a los animales, pero también pueden ser pensados. Cuando los sentimos, sólo experimentamos su atracción o su repulsión; cuando los pensamos, podemos ver lo valioso aunque casi no sintamos nada.
Lo innovador del hombre es que puede regir su comportamiento por valores pensados, y no sólo por valores sentidos. Si sólo pudiéramos acomodar nuestra conducta a lo que sentimos, no podríamos hablar de libertad, porque no podríamos dirigir libremente nuestros sentimientos. A pesar de la angustiosa protesta de sus músculos, y de que sólo siente cansancio, Guillaumet puede pensar en otros valores, o recuperar de su memoria los valores vividos en otras ocasiones, y ajustar a ellos su comportamiento. Una vez más, lo espiritual se introduce en lo corporal, lo amplía y lo enriquece.
Es curioso. Me reitero.
ResponderEliminarCasi todos tenemos justo aquello que nos merecemos.
Tenaz, perseverante, pasional, siempre en sentido racional, con perspectiva de futuro y con un granito de pasión e ilusión.
No importa donde vivas, donde trabajes, quienes de conozcan, a quien ames, siempre, y digo siempre, serás tu allí donde te encuentres.
Considero que las personas por dentro (hombres y mujeres), estamos hechos de una misma pócima unisex:
- Sentimiento
- Racionalidad
- Positivismo
- Pasión
- Emoción y más y más.
Y somos nosotros mismos, los que vamos añadiendo al frasquito de nuestra vida:
- Malos sentimientos
- Irracionalidad
- Rencores
- Odios
- Maldad y más y más.
Claro, si las mezclas no estan en su justa medida, cualquier coktel puede ser una bomba, para lo bueno o para lo malo.
El cuerpo se rige por la mente, y la mente, la rige nuestro propio yo.
Si yo quiero estar triste, encasilla y pesimista lo estaré.
Si yo quiero ser más, tener más, saborear más y vivir más, lo conseguiré.
Mi yo si quiere, lo puedo conseguir casi todo.
Apodérate de tu yo y ábrete al mundo.
Un beso
Tu sentido de la vida y de los valores humanos están muy por encima de la media, más bien rozas esa cumbre que cualquiera quisiera alcanzar.
ResponderEliminarCreo sinceramente que deberías reiniciar ese Blog que un día cerraste.
Aquí tendrías un apasionado lector de él.
Besos
!Gracias! ;)
ResponderEliminarBuapps!!, quizás algún día vuelva a renacer ese blog, quizas, quizas ...
Mientras tanto, me deleito sumergida entre tus letras, que albergan sobredosis de pasión y sentimiento.
Un beso