“Cuando hay un exceso de amor, el hombre pierde su honor y su valía"
¿Crees que esta frase de Eurípides es cierta?
Eurípides, como ya sabéis era un filósofo de la Grecia clásica, pero no por eso tenía que tener razón. Yo creo que más bien se refiere a que no se debe de dar más de lo que corresponde para que el otro, en este caso la mujer que poco valor le daban entonces, no se vuelva cómoda sentada en el sillón y “aquí me las traigan todas” Para que veáis el valor que le daban a las mujeres estos filósofos, he aquí una muestra en unas palabras de Platón; "Doy gracias a Dios por haber nacido griego y no bárbaro, hombre y no mujer, libre y no esclavo”. En aquel tiempo creo que AMAR con mayúsculas a una mujer no debía estar demasiado bien visto o por lo menos había que disimularlo.
Pero lo que verdaderamente me preocupa es esto; ¿Un hombre que ama en exceso pierde su honor y su valía? ¿Y qué es amar en exceso? ¿Se puede amar en exceso o simplemente se ama y punto?
Hubo un tiempo en que, como escribió Julie de Lespinasse, se amaba «como hay que amar: con exceso, con locura, con desesperación». En Palabras de amor, su último libro, el filósofo José Antonio Marina ha buceado en más de 1.000 cartas de enamorados escritas a lo largo de 4.000 años para contestar la pregunta que lleva siglos haciéndose el hombre: cómo hacer que la pasión perdure. Aquí extracto las cinco epístolas que más me han impresionado.
¿Crees que esta frase de Eurípides es cierta?
Eurípides, como ya sabéis era un filósofo de la Grecia clásica, pero no por eso tenía que tener razón. Yo creo que más bien se refiere a que no se debe de dar más de lo que corresponde para que el otro, en este caso la mujer que poco valor le daban entonces, no se vuelva cómoda sentada en el sillón y “aquí me las traigan todas” Para que veáis el valor que le daban a las mujeres estos filósofos, he aquí una muestra en unas palabras de Platón; "Doy gracias a Dios por haber nacido griego y no bárbaro, hombre y no mujer, libre y no esclavo”. En aquel tiempo creo que AMAR con mayúsculas a una mujer no debía estar demasiado bien visto o por lo menos había que disimularlo.
Pero lo que verdaderamente me preocupa es esto; ¿Un hombre que ama en exceso pierde su honor y su valía? ¿Y qué es amar en exceso? ¿Se puede amar en exceso o simplemente se ama y punto?
Hubo un tiempo en que, como escribió Julie de Lespinasse, se amaba «como hay que amar: con exceso, con locura, con desesperación». En Palabras de amor, su último libro, el filósofo José Antonio Marina ha buceado en más de 1.000 cartas de enamorados escritas a lo largo de 4.000 años para contestar la pregunta que lleva siglos haciéndose el hombre: cómo hacer que la pasión perdure. Aquí extracto las cinco epístolas que más me han impresionado.
1.- SAFO Y ANACTORIA. La voz de Safo nos llega desde un paisaje de olivos, pámpanos y dioses. Poco sabemos de ella, salvo que nació en Lesbos, en el siglo VII a.C., se casó con un hombre rico, tuvo una hija, y murió en Sicilia, rodeada de muchachas amantes de la poesía y, tal vez, también de ella. Sabemos que Eros la arrastraba hacia corazones femeninos. Cada vez que hablamos de «amor sáfico» o de «amor lésbico» la estamos recordando. Fue una mujer arrebatada por la pasión, ante la que «su alma enloquecida» no podía hacer nada. Conocemos el nombre de una de sus amantes, Anactoria, a quien dirige una patética queja:

«De veras quisiera estar muerta. Al dejarme, vertiste muchas lágrimas, y decías: ‘¡Ay! qué pena tan grande, Safo, créeme, dejarte me pesa’. Y yo te contesté: ‘¡Ve en paz y recuérdame!’. Pues sabes el ansia con que te he amado. Y cuánto gozamos. A mi lado, muchas coronas de violetas y rosas te ceñiste al cuerpo, y alrededor de tu cuello suave, muchas guirnaldas entretejidas que hicimos con flores. Y con un perfume precioso y propio de una reina, frotabas tu cuerpo. Y en blandas camas pudiste saciar tu deseo».
2.- ELOÍSA Y ABELARDO. Reconozco mi debilidad por Eloísa, una figura que ilumina el ya luminoso siglo XII. Siendo una jovencita se enamora de Abelardo, de quien tiene un hijo. Él quiere casarse. Ella accede a regañadientes. «El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mí la palabra más dulce es la de amiga y, si no te molesta, la de concubina o meretriz». A pesar de la boda, los familiares de Eloísa quieren vengarse y castran a Abelardo, quien convence a su mujer para que se separen y ella entre en un convento. Desde allí, siendo ya abadesa, le escribe cartas que sorprenden por su violencia y apasionamiento, que llega a ser blasfemo. Abelardo le responde con breves tratados teológicos que la enfurecen todavía más:
«Por mi parte, he de confesar que aquellos placeres de los amantes me fueron tan dulces, que no pueden borrarse de mi mente. Adonde quiera que miro se presentan a mis ojos con sus vanos deseos. Ni siquiera en sueños dejan de ofrecerme sus fantasías. Durante la misma celebración de la misa –cuando la oración debe ser más pura– de tal manera acosan mi desdichadísima alma, que giro más en torno a esas torpezas que a la oración. Debería gemir por los pecados cometidos y, sin embargo, suspiro por lo que he perdido (...) Dios sabe que en todas las ocasiones de mi vida temí ofenderte a ti más que a Dios».

3.- JULIE DE LESPINASSE Y EL CONDE DE GUIBERT. En 1754, una jovencita llega a París para trabajar como dama de compañía de la marquesa de Deffand, en cuyo salón se reúne lo más granado de la intelectualidad ilustrada. Se llama Julie de Lespinasse, y su atractivo causa admiración y estragos. Se enamora del conde de Guibert, un joven petulante y engreído que quiere trepar literariamente.
Julie comienza a escribirle. Son cartas apasionadas que revelan un amor loco, irracional. Siente una angustia permanente: « ¡Si pudiera, al menos, distraerme!», gime. Mientras su amante está en París, le envía diariamente cartas tiernas o ardientes, a cualquier hora: «Todos los momentos de mi vida sufro, os amo, os espero». El tormento termina bruscamente. El conde de Guibert escribe a Julie para comunicarle su casamiento. Ella muere poco después.
«Escrita a las ocho y media de la mañana. Amigo mío, no os veré, y vos diréis que no es culpa vuestra. Pero si tuvieseis una milésima parte del deseo que yo tengo de veros, estaríais aquí. Yo sería feliz. No me equivoco, sufriría, pero no envidiaría los placeres del cielo. Amor mío, os amo como hay que amar, con exceso, con locura, arrebato y desesperación. Los pasados días habéis sometido mi alma a una tortura. Os he visto esta mañana y he olvidado todo, y me pareció que no hacía lo suficiente por vos al amaros con toda mi alma, estando en disposición de vivir o morir por vos. Valéis más que todo eso. Sí, si sólo supiera amaros, no valdría nada: porque, ¿hay algo más dulce y más natural que amar con locura lo que es absolutamente amable? Pero, amor mío, sé hacer algo mejor que amar: sé sufrir. Sabría renunciar a mi placer por vuestra felicidad».
4.- JULIETTE DROUET Y VICTOR HUGO. En la noche del 16 al 17 de febrero de 1833, a la una de la madrugada, Victor Hugo y Juliette Drouet hacen el amor por primera vez. Victor Hugo no lo olvidó nunca. Durante casi medio siglo mantuvieron una fascinante correspondencia. Juliette le escribió 18.000 cartas (a mi se me han quejado por escribir 1.500) de una deliciosa expresividad: «Te amo porque te amo, te amo porque sería imposible no amarte. Necesito escribírtelo como necesito pensar y respirar. Eres mi vida, mi alegría, mi alma, mi religión».
Hugo escribe: «Repaso en este instante, en mi memoria, nuestros dulces comienzos. Hará pasado mañana veintidós años que te vi por primera vez, ¿te acuerdas? Desde ese momento, es el 2 de enero (y no el uno) cuando comienza para mí el año. Digo más: la vida. El 2 de enero, nuestra primera mirada; el 17 de febrero, nuestro primer beso. Desde esos dos días, tu belleza ilumina mi vida». Más de 20 años después, cuando Hugo está a punto de cumplir los 80, rememora una vez más sus comienzos:
«Recuerdo profundo y dulce, noche sagrada. Hace cuarenta y ocho años te entregaste a mí. Te poseí a placer, a ti, la belleza, a ti, la gracia, a ti, la mujer de tu siglo. Que ese día sea grande para siempre, querida mía».
5.- SIMONE DE BEAUVOIR Y NELSON ALGREN. Siendo muy jóvenes, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir hicieron un pacto. Su amor sería «esencial», los demás serían «contingentes». Para hacerlos compatibles deberían tener una absoluta transparencia. Simone no contó con que uno de sus amores no iba a ser tan contingente como pensaba. Durante un viaje a EEUU conoce al escritor Nelson Algren, y tiene que reconocer su sorpresa:
«Te amo tan cálidamente, tan profundamente que estoy estupefacta.
Desde ahora estaré siempre contigo, en las calles tristes de Chicago, en el metro aéreo, en tu habitación solitaria, estaré contigo como una esposa amante está con su marido amado. No habrá un despertar, porque esto no es un sueño; es una maravillosa historia real que no ha hecho más que comenzar. Te siento junto a mí, allá donde yo vaya tú vendrás, no sólo tu mirada, tú entero. Te amo y no hay nada más que añadir.
Querido mío, noche y día me siento rodeada de tu amor, me protege de todo mal; cuando hace calor me refresca, cuando el viento frío sopla me da calor; mientras me ames no envejeceré jamás, no moriré».
Bueno, amar en exceso o simplemente amar, no importa, por lo leído… eso ES AMAR…

amar es doloroso cuando es amor... pero cada segundo que vives amando, así sea amando solo...es un momento eterno que te demuestra que estás vivo. Me ha encantado las citas que has colocado, hay mucha pasión en las historias, pero para mi, el amor más grande que he podido presenciar es el que vivió Amadeo Modigliani...tuvo mucha suerte de querer a una mujer que lo amó tanto...
ResponderEliminarbesitos.
Cuando hay un exceso de amor, nuestro corazón se hace sensible, muy sensible y cualquier minimo detalle nos hace ser más vulnerables.
ResponderEliminarNuestras neuronas fluyen a un ritmo vertiginoso y los pensamientos se enlazan frenéticamente.
Por ello, sin querer, perdemos en exceso, aquello que sentimos que nos sobra para llegar a conquistar lo que añoramos.
Solo el exceso de amor sabe lo que nos oprime dentro de nosotros y se libera de ello, para andar a sus anchas por nuestro cuerpo.
El amor nos nubla la vista, nos nubla el pensamiento, nos nubla la razón. Nos absorbe.
Bendita absorción cuando es plenamente correspondido.
El amor nos despeja con perspicacia lo irracional, la chispa, lo temperamental.
Nos deja a corazón descubierto.
Nos despeja el deseo, nos incrementa el ansia del disfrute.
Un placer vivir eternamente enamorada, no importa de que o de quien ...
Siempre un placer vivir en exceso enamorada del ansia de vivir.
Un beso
Todo aquello que daña de algún modo ya no es amor...aunque asi pretendan llamarlo. Ni con exceso ni sin el...podrá ser obsesión o cientos de cosas más, pero no este.
ResponderEliminarSaludos. Amunt :)