domingo, 14 de febrero de 2010

14 de Febrero San Valentín- Cuento a Celia

En cada crepúsculo dos amantes visitan la playa .Confunden sus miradas, al mismo tiempo cargadas de deseo y de angustia, justo cuando el sol se oculta a lo lejos, en el Mar. Están tan cercanos y tan distantes que creen vivir en un universo irreal como perpetuos prisioneros del deleite.

Caminan con lentitud; él rodeando las caderas de ella con su brazo fornido, habituado a las herramientas de albañilería; ella, con el rostro erguido y los ojos fijos, perdidos en algún punto del horizonte, adivinando en la lejanía los recuerdos de su infancia, pasada entre comodidades; ambos, susurrando esperanzas en un diálogo entrecortado por largos lapsos de silencio. Arrastran los pies por la arena húmeda y en cada tramo se detienen para entregarse un beso.

Luego se tienden. Se dejan cubrir por el manto de las olas y antes de que la oscuridad sea absoluta, regresan a sus hogares, no muy lejos de allí. Tanto tiempo transcurrido en aquellas citas no les hace sospechar lo poco secreto de las mismas. Y así es.
También con cada puesta de sol, una mirada experta en el arte de matar los sigue entre las dunas de la playa. Dos oídos espías la acompañan, negándose a escuchar el murmullo marino de la orilla para retener de los labios lejanos palabras imaginadas por el celo y por el rencor.

A los amantes no les importa dejarse ver. Esperan anhelantes el próximo encuentro, se pierden en los periódicos contactos de su relación con el mundo banal e inveterado, poco dado a ensoñaciones y espiritualidades, idóneo para incentivar rencores de fulanos lastimados en su hombría. Y la mirada acechante los veía amándose aún en medio de las penumbras, enloquecida por una irritación que la hacía jurar venganza. Tenía que pulir su oficio para acabar con la afrenta.
Llegó el último de los crepúsculos.
Los amantes debían separarse por motivos de trabajo y de compromisos anteriores. Habían sido infieles a todo menos al verano que presintieron lleno de emociones. Lamentaron no haberse conocido mucho tiempo antes, prometieron mantenerse juntos a pesar de las distancias, se juraron un recuerdo eterno y resumieron sus “decíres” en lágrimas de angustia.
Centenares de enamorados y de amantes recorrieron la playa junto con ellos aquella puesta de sol. Bebían, comían, reían, cantaban, bromeaban...
Pronto oscureció.
Al estallar los fuegos de artificio, todos los rostros se dirigieron, sorprendidos y satisfechos, hacia ese festival de colores desparramado espontáneamente sobre la negra superficie de una de las últimas noches del estío. Dos detonaciones de pólvora, separadas por breves intervalos, aprovecharon el ruido de las detonaciones festivas; dos proyectiles, guiados por el ojo censor de gozos, atravesaron los corazones de los dos amantes.
Cayeron a la orilla del Mar, besándose, recibiendo en pleno rostro la intermitencia de luces.
Murieron abrazados y sonrientes. Al retirar sus cadáveres, sus siluetas quedaron grabadas en la arena. Las mareas no las borran todavía. El Mar mismo, considerando que no ha dejado de besar la tierra durante milenios, ha reconocido en esos cuerpos confundidos la verdad de su propia historia...

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