domingo, 20 de junio de 2010

La pieza del ajedrez


Si me detengo a reflexionar en lo que es propio decir a ésta o aquella persona, pronto dudaré que exista una parte de mi relato que con propiedad pueda contarse.
Thomas De Quincey

En un momento dado la tecnología me arrastró a conocer un mundo cruel y autócrata que devoró la vulnerabilidad, que mi alma exponía de sentimientos frenados. Me había enamorado del amor, le puse rostro, alma y cuerpo dejando que el destino me hiciera una mala jugada con intercambio de frases, cartas, voces y promesas que llenaron un vacío construyendo un camino que me llevó a recorrer caminos de piedra y fango.

Siempre nos han dicho que la apariencia es el aspecto o parecer exterior de alguien o algo, cuando en realidad es cosa que parece y no es. Esa ambigüedad es real que por razones de entorno, desilusiones, fracasos, bebidas tóxicas y hasta depresiones hacen perderle el rumbo a muchos, envolviendo a otros con nieblas que alejan la autenticidad de sus propósitos fríamente calculados.

A veces pienso que los seres humanos podrían compararse con ciertos animales, camaleones y serpientes que cambian su piel de colores como arma de defensa y supervivencia para confundirse con el entorno y poder así atrapar a sus víctimas, atrayéndolos con fachadas falsas. ¡Cuántos hemos vivido con reptiles como estos que cambian de tonos exhibiendo valores y virtudes ilusorias para ocultar la veracidad de sus intenciones y como estrategia se muestran como victimas mendigando ser sanados con amor! Solo la realidad vivida de cerca y en la intimidad se descubre la dolorosa verdad, sin fantasías, ni promesas, ni amores virtuales. Son tácticas de comportamiento sin conciencia, solo domina el interés de recibir sin dar. Es un proceso lento, como la digestión de un reptil que disfruta comiendo su victima de a poco como trofeo de todo ególatra.

Como reloj de tiempo descubres que fuiste manipulado como pieza en una tabla de ajedrez, donde tu adversario/a era un experto/a reteniendo convenientes jugadas con intereses ulteriores, jugadas de gran habilidad para destruirte con engaños que sigilosamente había planeado de antemano para terminar con un jaque mate que desintegra autoestimas.

El juego conmigo terminó con lo que se conoce en la jerga de ajedrez “tabla.” Mis movidas fueron casuales y sinceras, quizás por eso con fortuna logré levantarme y recuperar con creces las piezas que me habían conquistado. Creo que el error de mi adversaria fue que no supo aparentar y la lástima sustituyo el sentimiento que falsamente solicitaba. Mi contrincante poseía piezas talladas con angustia, rabia, resentimiento, impotencia y todas salpicadas de sustancias tóxicas. Mis piezas resaltaban por su lucimiento en sobriedad, resignación, esperanza, confianza, ánimo y belleza. Es por eso que me permito obsequiarle un nuevo juego de ajedrez para jugar en una tabla pintada con perdón por cada uno de sus extravios. He conseguido sobrevivir y creo que hasta gracias a la vida debo darle por premiar mi paciencia y tolerancia con un estuche de valores que desarmó la pesada mochila que llevaba.

¡Cuidado, no recogerla!

1 comentario:

  1. Solo me cabe pensar que ella fue como una gran culebra que con la largura de su cuerpo cubrio toda tu alma, apretó y apretó hasta dejarte sin respiración, y ahora que te librastes de esa "mala
    bicha" vuelves a respirar aire puro y fresco.

    Si es así, ¿por que te sigue rondando por la cabeza aquella full experiencia?.

    Olvida y vive, solo déjate llevar por el maravilloso presente, nada más.

    Un beso

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