La leyenda ha sido muy benévola con Guillermo Tell. Porque se sabe que la flecha disparada con la ballesta se desvió unos milímetros fatales, y atravesó el cráneo del niño, partiéndolo en dos mitades admirablemente simétricas. La manzana, colocada sobre la mata de pelo, cayó al suelo, intacta. Estos son los hechos incuestionables.
Un padre que astilla la cabeza de su hijo por un error de cálculo (¡pero un mal día lo tiene cualquiera!) No es una historia muy edificante. Por eso los cuentacuentos apresuraron a aligerarla, a enderezarla, a suavizarla: a tergiversarla. Los primeros narradores mencionaban la imprudencia del niño: se había movido en el momento trascendental (así la puntería del ballestero insigne quedaba fuera de duda). Pero poco satisfechos con esta versión que llevaba a un desenlace trágico hicieron circular una variante más compasiva: la manzana sí había recibido el impacto de la flecha y el niño había salido malherido. A lo largo de generaciones la herida del niño Tell se convirtió sucesivamente una brecha, un rasguño y un rasguño superficial. Finalmente (¡oh, milagros de la oralidad!) El hijo del héroe suizo salió ileso del atolladero.
Pero la evolución de la historia no acaba aquí. En una época dominada por la corrección política, no es de extrañar que últimamente expliquen que, superado el trance, a Guillermo Tell le retiraron la tutela de la criatura: ¿quién va a confiar en un hombre tan alocado capaz de arriesgar la cabeza de un hijo?

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