miércoles, 21 de julio de 2010

Mi bicicleta compartida


¿Qué niño en algún momento de su vida no ha soñado con tener una bicicleta? Los niños de ahora todos tienen una para cada uno, pero cuando yo era niño no era así ni mucho menos; antes poseer una “dos ruedas” era un sueño a veces casi inalcanzable. Había que luchar mucho por tener una, sacar muy buenas notas y portarte muy bien para que los reyes o en tu cumpleaños o alguna abuela o tía generosa te la regalaran; y cuando al fin la conseguías, no era para ti solo ni mucho menos, era para compartir con tus hermanos. Todo era para cada uno y para todos, como ocurría con los mosqueteros: uno para todos y todos para uno. Por ejemplo juguetes como los juegos reunidos Geyper, el Walky-Talky y ni que decir la bici, eran para los cuatro. Porque éramos cuatro para jugar, reñir y hacerse compañía. Había que establecer rigurosos turnos para evitar peleas a la hora de darse un paseo por las calles de Navajas –pueblo en el que pasábamos el verano- o pedalear con ella hasta la ermita o hasta el río. Hay que tener en cuenta que yo era el menor de cuatro hermanos y el resto eran chicas. A ellas les gustaban mis juguetes pero a mi las muñecas solo me servían para blanco de mi tirachinas.
En aquella época me daba rabia no ser rico y no tener una bici para mi solo, pero de otra forma, tal vez, no hubiese aprendido otros valores como el de compartir o ser paciente a la hora de esperar la tanda, que me llevaría a disfrutar de aquella Orbea de color verde, y que me ofrecía mis primeras alas de libertad y de independencia, cada vez que me sentaba sobre su sillín de cuero y comenzaba a pedalear sin rumbo fijo, por los mejores parajes del ayer.

Una observación; mi bici, como podréis suponer, no llevaba barra, era de chica y eso a veces por la crueldad de los niños, me hacía blanco de burlas… pero ese día y en ese momento era mía que por no llevar barra impedía llevar paquete lo que de alguna manera me hacía sentir más libre.

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