Hoy madrugué para acompañar a un amigo al hospital para que le practicasen una intervención quirúrgica de baja importancia, aunque para mí que te abran con un bisturí y te arreglen algo dentro de tu cuerpo, no me parece de baja importancia. El caso es que lo dejé tumbado en la cama del hospital a las 8 de la mañana y debía esperar hasta más o menos las 10 menos un cuarto pues me dijeron que me avisarían sobre las 10. Lo digo porque habiendo aparcado cerca de la puerta y no queriendo mover el coche de allí, decidí comprar la prensa y con algún café hacer tiempo hasta las 10, y si no hubiera acompañado a mi amigo, nunca hubiera descubierto que podía ser invisible.
Efectivamente soy invisible. No me ven. Ya hace rato que estoy aquí en la barra esperando que me sirvan sin que me hagan caso. La camarera pasa de largo y después atiende a los de detrás de mí. Deben ser más altos y más guapos. Este que se ha puesto a mi lado, le han servido nada más llegar.
─ Eh, eh! Xssst!
Nada, ni caso. Invisible. La chica esta ni me siente ni me mira. ¡Ah!, mira por donde, otro que se «cuela» y le atienden. Claro, un chaval alto y forzudo. ¡Vaya!, le ha llamado por su nombre. La camarera se llama Laura ..
─ ¡Eh, Laura! ¡Un café! ─ llamo.
No me escucha o hace que no me oye. Después de servirle una cerveza con una sonrisa al forzudo, va directo a la cafetera. Ya era hora… me espero.
¡Eh!, el café pasa de largo, se lo lleva a la señora del final de la barra.
─ Oiga, Laura...
Saluda a unos que acaban de entrar levantando la mano. Estoy perdido, aquí no tomo el café. Me voy cabreado. Cuando salgo, me lo tomo con calma. Camino. Al final de la calle veo una terraza. Hay una mesa vacía. Mejor que me siente y me sereno. El café hay que saborearlo.
Las otras mesas las ocupan tres hombres vestidos con ropa de trabajo. Toman café y copas relajados en la silla y, fumando, hablan gritando. En otra mesa, tres mujeres de edad indefinida se susurran animadas: cafés con leche y ensaimadas de esas que te dejan el azúcar glasé en la camisa. En otra mesa una pareja joven. No han iniciado unas «coca-colas" que tienen servidas: están en su faena, están abrazados. No reparan en mí.
Efectivamente soy invisible. No me ven. Ya hace rato que estoy aquí en la barra esperando que me sirvan sin que me hagan caso. La camarera pasa de largo y después atiende a los de detrás de mí. Deben ser más altos y más guapos. Este que se ha puesto a mi lado, le han servido nada más llegar.
─ Eh, eh! Xssst!
Nada, ni caso. Invisible. La chica esta ni me siente ni me mira. ¡Ah!, mira por donde, otro que se «cuela» y le atienden. Claro, un chaval alto y forzudo. ¡Vaya!, le ha llamado por su nombre. La camarera se llama Laura ..
─ ¡Eh, Laura! ¡Un café! ─ llamo.
No me escucha o hace que no me oye. Después de servirle una cerveza con una sonrisa al forzudo, va directo a la cafetera. Ya era hora… me espero.
¡Eh!, el café pasa de largo, se lo lleva a la señora del final de la barra.
─ Oiga, Laura...
Saluda a unos que acaban de entrar levantando la mano. Estoy perdido, aquí no tomo el café. Me voy cabreado. Cuando salgo, me lo tomo con calma. Camino. Al final de la calle veo una terraza. Hay una mesa vacía. Mejor que me siente y me sereno. El café hay que saborearlo.
Las otras mesas las ocupan tres hombres vestidos con ropa de trabajo. Toman café y copas relajados en la silla y, fumando, hablan gritando. En otra mesa, tres mujeres de edad indefinida se susurran animadas: cafés con leche y ensaimadas de esas que te dejan el azúcar glasé en la camisa. En otra mesa una pareja joven. No han iniciado unas «coca-colas" que tienen servidas: están en su faena, están abrazados. No reparan en mí.
Miro impaciente la entrada del establecimiento esperando que salga un camarero. No hay puertas y se accede directamente. No me quiero alarmar, el lugar es bueno. El sol que me toca se agradece y espero. En vano, no sale nadie. Sigo siendo transparente. Me río yo mismo de la situación. Los trabajadores se levantan y se van. Supongo que ya habían pagado. Ahora saldrá el camarero a limpiar la mesa, pienso. Pues, no.
A final se me echara el tiempo encima. Será mejor que el café me lo tome tranquilamente en el hospital haciéndome perder el paladar con el gusto fenicio de la máquina expendedora. Decididamente, me levanto y me voy. Miro de reojo la entrada de la cafetería: un camarero está dentro de pie con la mirada dirigida al edificio de enfrente. Mi cruce no le estorba. Sigue plantado observando. A mí no me ha visto.
En esta hora de la mañana, abren los supermercados. Un hombre desgreñado y barbudo está al acecho y, tan pronto como el encargado abre, se coloca junto a la entrada, se sienta en el suelo y despliega un cartel. Seguidamente, pide dinero a dos mujeres que en este momento pasan delante de mí. No lo hacen caso, entonces la mirada del pobre se dirige detrás de mí buscando otra oportunidad. Es un hombre que lo tengo detrás. Quizás pongo cara de no dejarme convencer. Pero, no. Estoy seguro que no me ha visto.
Espero el semáforo que se ponga verde. Se pone y paso en el momento justo que me sale por el lado un ciclista que se gira y me increpa:
A final se me echara el tiempo encima. Será mejor que el café me lo tome tranquilamente en el hospital haciéndome perder el paladar con el gusto fenicio de la máquina expendedora. Decididamente, me levanto y me voy. Miro de reojo la entrada de la cafetería: un camarero está dentro de pie con la mirada dirigida al edificio de enfrente. Mi cruce no le estorba. Sigue plantado observando. A mí no me ha visto.
En esta hora de la mañana, abren los supermercados. Un hombre desgreñado y barbudo está al acecho y, tan pronto como el encargado abre, se coloca junto a la entrada, se sienta en el suelo y despliega un cartel. Seguidamente, pide dinero a dos mujeres que en este momento pasan delante de mí. No lo hacen caso, entonces la mirada del pobre se dirige detrás de mí buscando otra oportunidad. Es un hombre que lo tengo detrás. Quizás pongo cara de no dejarme convencer. Pero, no. Estoy seguro que no me ha visto.
Espero el semáforo que se ponga verde. Se pone y paso en el momento justo que me sale por el lado un ciclista que se gira y me increpa:
─ No pases sin mirar, ¡imbécil!
Reacciono inmediatamente, le cojo el brazo y lo hago detener.
─ Gracias, muchacho. Tú sí que me has visto.
Reacciono inmediatamente, le cojo el brazo y lo hago detener.
─ Gracias, muchacho. Tú sí que me has visto.

Qué sincronia!!Justo hace unos dias hablaba con una amiga sobre la visibilidad y la invisibilidad.Animé a mi amiga a realizar un experimento:Ser por un dia invisible y experimentar lo que se siente con ello.
ResponderEliminarElla me decia que es imposible ser invisible.Pero no es asi,hay dias que por algún motivo y de forma consciente o inconsciente,decidimos que no nos vean.
Por eso te digo,que tu no eres invisible,es solo que ese dia decidistes que no te viesen.
Gracias por compartir estos trocitos de tu vida.Besos
Se siente bien el saber que no soy la unica que le ha sucedido, buscaba encontrar la mirada, veia a sus ojos y es estresante que no hagan contacto con uno.
ResponderEliminarSaludos :D